LÓGICA DEL
SENTIDO
Guilles Deleuze
Traducción de Miguel Morey
Edición Electrónica de
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ÍNDICE
PRÓLOGO ......................................................................................................................................- 6 -
de Lewis Carroll a los estoicos
PRIMERA SERIE DE PARADOJAS .............................................................................................- 7 -
del puro devenir
Distinción platónica de las cosas medidas y del devenir-loco · La identidad indefinida · Las
aventuras de Alicia o «acontecimientos»
SEGUNDA SERIE DE PARADOJAS .............................................................................................- 9 -
de los efectos de superficie
Distinción estoica de los cuerpos o estados de las cosas, y de los efectos incorpóreos o
acontecimientos · Separación de la relación causal · Hacer subir a la superficie... · Descubrimiento
de la superficie en Lewis Carroll.
TERCERA SERIE .........................................................................................................................- 15 -
de la proposición
Designación, manifestación, significación: sus relaciones y su circularidad · ¿Existe una cuarta
dimensión de la proposición? Sentido, expresión y acontecimiento · Doble naturaleza del sentido: lo
expresable o expresado de la proposición y atributo del estado de cosas, insistencia y extra-ser.
CUARTA SERIE............................................................................................................................- 23 -
de las dualidades
Cuerpo-lenguaje, comer hablar · Dos clases de palabras · Dos dimensiones de la proposición: las
designaciones y las expresiones, las consumiciones y el sentido · Las dos series.
QUINTA SERIE .............................................................................................................................- 27 -
del sentido
La proliferación indefinida · El desdoblamiento estéril · La neutralidad o tercer estado de la esencia
· El absurdo o los objetos imposibles.
SEXTA SERIE...............................................................................................................................- 33 -
sobre la serialización
La forma serial y las series heterogéneas · Su constitución · ¿Hacia qué convergen esas series? ·
La paradoja de Lacan: el elemento extraño (lugar vacío u ocupante sin lugar) · La tienda de la
oveja.
SÉPTIMA SERIE...........................................................................................................................- 37 -
de las palabras esotéricas.
Síntesis de contracción sobre una serie (conexión) · Síntesis de coordinación de dos series
(conjunción) · Síntesis de disyunción o de ramificación de las series: el problema de las palabras
valija.
OCTAVA SERIE............................................................................................................................- 41 -
de la estructura
Paradoja de Lévi-Strauss · Condiciones de una estructura Función de las singularidades.
-2-
Sumario
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NOVENA SERIE ...........................................................................................................................- 44 -
de lo problemático
Singularidades y acontecimientos · Problema y acontecimiento · Las matemáticas recreativas ·
Punto aleatorio y puntos singulares.
DÉCIMA SERIE.............................................................................................................................- 48 -
del juego ideal
Reglas de los juegos ordinarios · Un juego extraordinario · Las dos lecturas del tiempo: Aión y
Cronos · Mallarmé.
UNDÉCIMA SERIE .......................................................................................................................- 54 -
del sinsentido
Carácter del elemento paradójico · De qué forma es sinsentido; las dos figuras del sinsentido · Las
dos formas del absurdo (sin significado) que de él derivan · Presencia simultánea del sinsentido en
el sentido · El sentido como «efecto».
DUODÉCIMA SERIE ....................................................................................................................- 59 -
sobre la paradoja
Naturaleza del sentido y paradoja · Naturaleza del sentido común y paradoja · Sinsentido, sentido y
organización del lenguaje llamado secundario.
DECIMOTERCERA SERIE...........................................................................................................- 64 -
del esquizofrénico y de la niña
Antonin Artaud y Lewis Carroll · Comer-hablar y el lenguaje esquizofrénico · Esquizofrenia y
quiebre de la superficie · La palabra-pasión y sus valores literales manifiestos, la palabra-acción y
sus valores tónicos inarticulados · Distinción del sinsentido de profundidad y del sinsentido de
superficie, del orden primario y de la organización secundaria del lenguaje.
DECIMOCUARTA SERIE .............................................................................................................- 72 -
de la doble causalidad
Los acontecimientos-efecto incorporales, su causa y su cuasi causa · Impasibilidad y génesis ·
Teoría de Husserl · Las condiciones de una verdadera génesis: un campo trascendental sin Yo ni
centro de individuación.
DECIMOQUINTA SERIE ..............................................................................................................- 77 -
de las singularidades
La batalla · El campo trascendental no puede conservar la forma de una conciencia · Las
singularidades impersonales y preindividuales · Campo trascendental y superficie · Discurso del
individuo, discurso de la persona, discurso sin fondo: ¿hay un cuarto discurso?
DECIMOSEXTA SERIE ................................................................................................................- 83 -
de la génesis estática ontológica
Génesis del individuo: Leibniz · Condición de la «composibilidad» de un mundo o de la
convergencia de las series (continuidad) · Transformación del acontecimiento en predicado · Del
individuo a la persona · Personas, propiedades y clases.
DECIMOSÉPTIMA SERIE ............................................................................................................- 89 -
de la génesis estática lógica
Paso a las dimensiones de la proposición · Sentido y proposición · Neutralidad del sentido ·
Superficie y doblez.
DECIMOCTAVA SERIE................................................................................................................- 95 -
de las tres imágenes de filósofos
Filosofía y altura · Filosofía y profundidad · Un nuevo tipo de filósofo: el estoico · Hércules y las
superficies.
-3-
Sumario
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DECIMONOVENA SERIE.............................................................................................................- 99 -
del humor
De la significación a la designación · Estoicismo y Zen · El discurso clásico y el individuo, el
discurso romántico y la persona: la ironía · El discurso sin fondo · El discurso de las singularidades:
el humor o la «cuarta persona del singular».
VIGÉSIMA SERIE .......................................................................................................................- 104 -
sobre el problema moral en los estoicos
Los dos polos de la moral: adivinación de las cosas y uso lógico de las representaciones ·
Representación, uso y expresión · Comprender, querer, representar el acontecimiento.
VIGÉSIMO PRIMERA SERIE .....................................................................................................- 108 -
del acontecimiento
Verdad eterna del acontecimiento · Efectuación y contra-efectuación: el actor · Los dos aspectos de
la muerte como acontecimiento · Lo que quiere decir querer el acontecimiento.
VIGÉSIMO SEGUNDA SERIE....................................................................................................- 112 -
porcelana y volcán
La «grieta» (Fitzgerald) · Los dos procesos y el problema de su distinción · Alcoholismo, manía
depresiva · Homenaje a la psicodelia.
VIGÉSIMO TERCERA SERIE ....................................................................................................- 118 -
del Aión
Los caracteres de Cronos y su subversión por un devenir de las profundidades · Aión y la superficie
· La organización que procede del Aión y sus diferencias con el Cronos.
VIGÉSIMO CUARTA SERIE.......................................................................................................- 123 -
de la comunicación de los acontecimientos
Problema de las incompatibilidades alógicas · Leibniz · Distancia positiva y síntesis afirmativa de
disyunción · El eterno retorno, el Aión y la línea recta: un laberinto más terrible.
VIGÉSIMO QUINTA SERIE ........................................................................................................- 129 -
de la univocidad
El individuo y el acontecimiento · Más allá del eterno retorno · Los tres significados de la
univocidad.
VIGÉSIMO SEXTA SERIE..........................................................................................................- 132 -
del lenguaje
Lo que hace posible el lenguaje · Recapitulación de la organización del lenguaje · El verbo y el
infinitivo.
VIGÉSIMO SÉPTIMA SERIE......................................................................................................- 135 -
de la oralidad
Problema de la génesis dinámica: de la profundidad a la superficie · Las «posiciones» según
Mélanie Klein · Esquizofrenia y depresión, profundidad y altura. Simulacro e ídolo.
VIGÉSIMO OCTAVA SERIE.......................................................................................................- 141 -
de la sexualidad
Las zonas erógenas · Segunda etapa de la génesis dinámica: la formación de las superficies y su
conexión · Imagen · Naturaleza del complejo de Edipo, papel de la zona genital.
VIGÉSIMO NOVENA SERIE ......................................................................................................- 146 -
las buenas intenciones son forzosamente castigadas
La empresa edípica en su relación con la constitución de la superficie · Repasar y hacer venir · La
castración · La intención como categoría · Tercera etapa de la génesis: de la superficie física a la
superficie metafísica (la doble pantalla).
-4-
Sumario
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TRIGÉSIMA SERIE.....................................................................................................................- 151 -
del fantasma
Fantasma y acontecimiento · Fantasma, yo y singularidades · Fantasma, verbo y lenguaje.
TRIGÉSIMA PRIMERA SERIE ...................................................................................................- 156 -
del pensamiento
Fantasma, «paso» y comienzo · La pareja y el pensamiento · La superficie metafísica · La
orientación en la vida psíquica, la boca y el cerebro.
TRIGÉSIMA SEGUNDA SERIE..................................................................................................- 161 -
sobre las diferentes clases de series
Las series y la sexualidad: serie conectiva y zona erógena, serie conjuntiva y conexión · La tercera
forma de serie sexual, disyunción y divergencia · Fantasma y resonancia · Sexualidad y lenguaje:
los tres tipos de series y las palabras correspondientes · De la voz a la palabra.
TRIGÉSIMA TERCERA SERIE ..................................................................................................- 168 -
de las aventuras che Alicia
Vuelta a las tres clases de palabras esotéricas de Lewis Carroll · Resumen comparado de Alicia y
de Al otro lado del espejo · Psicoanálisis y literatura, novela neurótica familiar y novela-obra de
arte.
TRIGÉSIMA CUARTA SERIE ....................................................................................................- 172 -
del orden primario y de la organización secundaria
La estructura pendular del fantasma: resonancia y movimiento forzado · De la palabra al verbo · Fin
de la génesis dinámica · Represión primaria y secundaria · Satírica, irónica, humorística.
APÉNDICES.
I. SIMULACRO Y FILOSOFÍA ANTIGUA ..................................................................................- 180 -
1. Platón y el simulacro............................................................................................................- 180 -
2. Lucrecio y el simulacro ........................................................................................................- 189 -
II. FANTASMA Y LITERATURA MODERNA .............................................................................- 199 -
1. Klossowski o los cuerpos-lenguaje......................................................................................- 199 -
2. Michel Tournier y el mundo sin el otro.................................................................................- 214 -
3. Zola y la grieta .....................................................................................................................- 227 -
-5-
Sumario
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PRÓLOGO
(de Lewis Carroll a los estoicos)
La obra de Lewis Carroll tiene de todo para satisfacer al lector actual: libros para niños,
preferentemente para niñas; espléndidas palabras insólitas, esotéricas; claves, códigos y
desciframientos; dibujos y fotos; un contenido psicoanalítico profundo, un formalismo
lógico y lingüístico ejemplar. Y más allá del placer actual algo diferente, un juego del
sentido y el sinsentido, un caoscosmos. Pero las bodas del lenguaje y el inconsciente se
han enlazado y celebrado ya de tantas maneras que es preciso buscar lo que fueron
precisamente en Lewis Carroll, qué han reanudado y lo que han celebrado en él, gracias a
él.
Presentamos unas series de paradojas que forman la teoría del sentido. El que esta teoría
no pueda separarse de las paradojas se explica fácilmente: el sentido es una entidad
inexistente, incluso tiene relaciones muy particulares con el sinsentido. El lugar
privilegiado de Lewis Carroll se debe a que ha realizado el primer gran balance, la primera
gran escenificación de las paradojas del sentido, unas veces recogiéndolas, otras
renovándolas, o inventándolas, o preparándolas. El lugar privilegiado de los estoicos se
debe a que fueron los iniciadores de una nueva imagen del filósofo, en ruptura con los
presocráticos, con el socratismo y el platonismo: y esta nueva imagen está ya
estrechamente ligada a la constitución paradójica de una teoría del sentido. A cada serie
corresponden pues unas figuras que son no solamente históricas, sino tópicas y lógicas.
Como sobre una superficie pura, algunos puntos de tal figura en una serie remiten a otros
puntos de tal otra: el conjunto de constelaciones-problemas con las tiradas de dados
correspondientes, las historias y los lugares, un lugar complejo, una «historia
embrollada». Este libro es un ensayo de novela lógica y psicoanalítica.
Presentamos en el apéndice cinco artículos ya publicados. Los retomamos
modificándolos, aunque el tema permanece, y desarrolla algunos puntos que no están
más que brevemente indicados en las series precedentes (señalamos cada vez el vínculo
mediante una nota). Son: 1o) «Renverser le platonisme», Revue de metaphysique et de
morale, 1967; 2°) «Lucrèce et le naturalisme», Etudes philosophiques, 1967; 3°)
«Klossowski et les corps-langage», Critique, 1965; 4o) «Une théorie d'autrui» (Michel
Tournier), Critique, 1967; 5°) «Introduction á la Bèse humaine de Zola», Cercle précieux
du livre, 1967. Agradecemos a los editores el permiso para esta reproducción.
-6-
Prólogo
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PRIMERA SERIE DE PARADOJAS
DEL PURO DEVENIR
Tanto en Alicia como en Al otro lado del espejo, se trata de una categoría de cosas muy
especiales: los acontecimientos, los acontecimientos puros. Cuando digo «Alicia crece»
quiero decir que se vuelve mayor de lo que era. Pero por ello también, se vuelve más
pequeña de lo que es ahora. Por supuesto no es a la vez más grande y más pequeña.
Pero es a la vez que ella lo deviene. Ella es mayor ahora, era más pequeña antes. Pero
es a la vez, al mismo tiempo, que se vuelve mayor de lo que era, y que se hace más
pequeña de lo que se vuelve. Tal es la simultaneidad de un devenir cuya propiedad es
esquivar el presente. En la medida en que se esquiva el presente, el devenir no soporta la
separación ni la distinción entre el antes y el después, entre el pasado y el futuro.
Pertenece a la esencia del devenir avanzar, tirar en los dos sentidos a la vez: Alicia no
crece sin empequeñecer, y a la inversa. El buen sentido es la afirmación de que, en todas
las cosas, hay un sentido determinable; pero la paradoja es la afirmación de los dos
sentidos a la vez.
Platón nos invita a distinguir dos dimensiones: 1.o) la de las cosas limitadas y medidas, de
las dualidades fijas, sean permanentes o temporales, pero suponiendo siempre paradas
como reposos, establecimientos presentes asignaciones de sujetos: tal sujeto tiene tal
grandor, tal pequeñez en tal momento; 2.o) y luego un puro devenir sin medida, un puro
devenir-loco que no se detiene jamás, en los dos sentidos a la vez, esquivando siempre el
presente, haciendo coincidir el futuro y el pasado, el más y el menos, lo demasiado y lo
insuficiente en la simultaneidad de una materia indócil («más caliente y más frío avanzan
siempre y nunca permanecen, mientras que la cantidad definida es parada, y no puede
avanzar sin dejar de ser»; «lo más joven se vuelve más viejo que lo más viejo, y lo más
viejo, más joven que lo más joven, pero acabar este devenir, es precisamente aquello de
lo que no son capaces, pues si lo acabaran, dejarían de devenir, serían...).1
Reconocemos esta dualidad platónica. No es en absoluto la de lo inteligible y lo sensible,
la Idea y la materia, Ideas y cuerpos. Es una dualidad más profunda, más secreta,
enterrada en los cuerpos sensibles y materiales mismos: dualidad subterránea entre lo
que recibe la acción de la Idea, y lo que se sustrae a esa acción. No es la distinción del
Modelo y la copia, sino de las copias y los simulacros. El puro devenir, lo ilimitado, es la
materia del simulacro en tanto que esquiva la acción de la Idea, en tanto que impugna a la
vez el modelo y la copia. Las cosas medidas están bajo las Ideas; pero bajo las cosas
mismas, ¿no hay también este elemento loco que subsiste, que subviene, fuera del orden
impuesto por las Ideas y recibido por las cosas? Incluso Platón llega a preguntarse si este
puro devenir no podría tener una relación muy particular con el lenguaje: éste nos parece
uno de los sentidos principales del Cratilo. ¿Será esta relación esencial tal vez al
lenguaje, como en un «flujo» de palabras, un discurso enloquecido que no cesaría de
deslizarse sobre aquello a lo que remite, sin detenerse jamás? O bien, ¿podrían existir
dos lenguajes y dos clases de «nombres», unos designando las paradas y descansos que
1
Platón, Filebo, 24d; Parménides, 154-155.
-7-
Primera Serie, Del Puro Devenir
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recogen la acción de la Idea, pero expresando los otros los movimientos y los devenires
rebeldes?2 O incluso, ¿podrían ser dos dimensiones distintas interiores al lenguaje en
general, una recubierta siempre por la otra, pero «subviniendo» y subsistiendo bajo la
otra?
La paradoja de este puro devenir, con su capacidad de esquivar el presente, es la
identidad infinita: identidad infinita de los dos sentidos a la vez, del futuro y el pasado, de
la víspera y del día después, del más y del menos, de lo demasiado y lo insuficiente, de lo
activo y lo pasivo, de la causa y el efecto. El lenguaje es quien fija los límites (por ejemplo,
el momento en el que empieza los demasiado) pero es también él quien sobrepasa los
límites y los restituye a la equivalencia infinita de un devenir ilimitado («no sostenga un
atizador al rojo demasiado tiempo, le quemaría, no se corte demasiado profundamente, le
haría sangrar»). De ahí los trastocamientos que constituyen las aventuras de Alicia.
Trastocamiento del crecer y el empequeñecer: «¿en qué sentido, en qué sentido?»
pregunta Alicia, presintiendo que es siempre en los dos sentidos a la vez, hasta el punto
de que por una vez permanece igual, por un efecto óptico. Trastocamiento de la víspera y
del mañana, esquivando siempre el presente: «mermelada ayer y mañana, pero nunca
hoy». Trastocamiento del más y el menos: cinco noches son cinco veces más calurosas
que una sola, «pero por la misma razón, deberían ser también cinco veces más frías». De
lo activo y lo pasivo: «¿se comen los gatos a los murciélagos?» equivale a «¿se comen
los murciélagos a los gatos?». De la causa y el efecto: ser castigado antes de haber
cometido una falta, gritar antes de haberse pinchado, volver a partir antes de haber
partido por primera vez.
Todos estos trastocamientos tal como aparecen en la identidad infinita tienen una misma
consecuencia: la impugnación de la identidad personal de Alicia, la pérdida del nombre
propio. La pérdida del nombre propio es la aventura que se repite a través de todas las
aventuras de Alicia. Porque el nombre propio o singular está garantizado por la
permanencia de un saber. Este saber se encarna en nombres generales que designan
paradas y descansos, sustantivos y adjetivos, con los cuales el propio mantiene una
relación constante. Así, el yo personal tiene necesidad de Dios y del mundo en general.
Pero cuando los sustantivos y adjetivos comienzan a diluirse, cuando los nombres de
parada y descanso son arrastrados por los verbos de puro devenir y se deslizan en el
lenguaje de los acontecimientos, se pierde toda identidad para el yo, el mundo y Dios. Es
la prueba del saber y de la recitación, en la que las palabras vienen de través, arrastradas
al bies por los verbos, y que destituye a Alicia de su identidad. Como si los
acontecimientos gozaran de una irrealidad que se comunica al saber y a las personas, a
través del lenguaje. Porque la incertidumbre personal no es una duda exterior a lo que
ocurre, sino una estructura objetiva del acontecimiento mismo, en tanto que va siempre en
dos sentidos a la vez, y que descuartiza al sujeto según esta doble dirección. La paradoja
es primeramente lo que destruye al buen sentido como sentido único, pero luego es lo
que destruye al sentido común como asignación de identidades fijas.
2
Platón, Cratilo, 437 y sigs. Sobre todo lo que precede, véase Apéndice I.
-8-
Primera Serie, Del Puro Devenir
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SEGUNDA SERIE DE PARADOJAS
DE LOS EFECTOS DE SUPERFICIE
Los estoicos, a su vez, distinguían dos clases de cosas: 1.o) Los cuerpos, con sus
tensiones, sus cualidades, sus relaciones, sus acciones y pasiones, y los «estados de
cosas» correspondientes. Estos estados de cosas, acciones y pasiones, están
determinados por las mezclas entre cuerpos. En el límite, hay una unidad de todos los
cuerpos en función de un Fuego primordial en el que se reabsorben y a partir del cual se
desarrollan según su tensión respectiva. El tiempo único de los cuerpos o estados de
cosas es el presente. Porque el presente vivo es la extensión temporal que acompaña al
acto, que expresa y mide la acción del agente, la pasión del paciente. Pero, a la medida
de la unidad de los cuerpos entre sí, a la medida de la unidad del principio activo y el
principio pasivo, un presente cósmico abarca el universo entero: únicamente los cuerpos
existen en el espacio y sólo el presente en el tiempo. No hay causas y efectos en los
cuerpos: todos los cuerpos son causas, causas unos en relación con lo otros unos para
otros. La unidad de las causas entre sí se llama Destino, en la extensión del presente
cósmico.
2.o) Todos los cuerpos son causas unos para otros, los unos en relación con los otros,
pero ¿de qué? Son causas de ciertas cosas, de una naturaleza completamente diferente.
Estos efectos no son cuerpos, sino «incorporales» estrictamente hablando. No son
cualidades y propiedades físicas, sino atributos lógicos o dialécticos. No son cosas o
estados de cosas, sino acontecimientos. No se puede decir que existan, sino más bien
que subsisten o insisten, con ese mínimo de ser que convienen a lo que no es una cosa,
entidad inexistente. No son sustantivos ni adjetivos, sino verbos. No son agentes ni
pacientes, sino resultados de acciones y de pasiones, unos «impasibles»: impasibles
resultados. No son presentes vivos, sino infinitivos: Aión ilimitado, devenir que se divide
hasta el infinito en pasado y futuro, esquivando siempre el presente. Hasta el punto de
que el tiempo debe ser captado dos veces, de dos modos complementarios, exclusivos el
uno de otro: enteramente como presente vivo en los cuerpos que actúan y padecen, pero
enteramente también como instancia infinitamente divisible en pasado-futuro, en los
efectos incorporales que resultan de los cuerpos, de sus acciones y de sus pasiones. Sólo
existe el presente en el tiempo, y recoge, reabsorbe el pasado y el futuro; pero sólo el
pasado y el futuro insisten en el tiempo, y dividen hasta el infinito cada presente. No son
tres dimensiones sucesivas, sino dos lecturas simultáneas del tiempo.
Como dice Emile Bréhier en su bella reconstrucción del pensamiento estoico: «Cuando el
escalpelo corta la carne, el primer cuerpo produce sobre el segundo no una propiedad
nueva, sino un nuevo atributo, el de ser cortado, expresado siempre por un verbo, lo que
quiere decir que no es un ser, sino una manera de ser... Esta manera de ser se encuentra
en algún modo en el límite, en la superficie del ser y no puede cambiar la naturaleza de
éste: no es, a decir verdad, ni activa ni pasiva, ya que la pasividad supondría una
naturaleza corporal que sufre una acción. Es pura y simplemente un resultado, un efecto
que no puede clasificarse entre los seres... (Los estoicos distinguen) radicalmente, y nadie
lo había hecho antes que ellos, dos planos de ser: por una parte el ser profundo y real, la
-9-
Segunda Serie, De los Efectos de Superficie
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fuerza; y por otra, el plano de los hechos, que se juegan en la superficie del ser, y que
constituyen una multiplicidad sin fin de seres incorporales.»1
Sin embargo, ¿qué puede haber de más íntimo, más esencial a los cuerpos que
acontecimientos como crecer, empequeñecer o ser cortado? ¿Qué quieren decir los
estoicos cuando oponen al espesor de los cuerpos estos acontecimientos incorporales
que tienen lugar únicamente en la superficie, como un vapor en la pradera (menos incluso
que un vapor, ya que un vapor es un cuerpo)? Lo que hay en los cuerpos, en la
profundidad de los cuerpos, son mezclas: un cuerpo penetra a otro y coexiste con él en
todas sus partes, como una gota de vino en el mar o el fuego en el hierro. Un cuerpo se
retira de otro, como el líquido de un vaso. Las mezclas en general determinan estados de
cosas cuantitativos y cualitativos: las dimensiones de un conjunto, o el rojo del hierro, lo
verde de un árbol. Pero lo que queremos decir mediante «crecer», «disminuir»,
«enrojecer», «verdear», «cortar», «ser cortado», etc., es de una clase completamente
diferente: no son en absoluto estados de cosas o mezclas en el fondo de los cuerpos, sino
acontecimientos incorporales en la superficie, que son resultado de estas mezclas. El
árbol verdea...2 El genio de una filosofía se mide en primer lugar por las nuevas
distribuciones que impone a los seres y a los conceptos. Los estoicos están trazando,
haciendo pasar una frontera allí donde nunca se había visto ninguna: en este sentido,
desplazan toda reflexión.
Lo que están operando, ante todo, es una separación completamente nueva de la relación
causal. Desmiembran esta relación, rehaciendo esta unidad en cada lado. Remiten las
causas a las causas, y afirman una relación de las causas entre sí (destino). Remiten los
efectos a los efectos, y establecen ciertas relaciones de los efectos entre sí. Pero no de la
misma manera: los efectos incorporales nunca son causas lo unos en relación a los otros,
sino solamente «casi-causas», según leyes que expresan quizás en cada caso la unidad
relativa o la mezcla de los cuerpos de los que dependen como de sus causas reales.
Hasta el punto de que la libertad se preserva de dos modos complementarios: una vez en
la interioridad del destino como relación de las causas, y otra en la exterioridad de los
acontecimientos como vínculo de los efectos. Por ello, los estoicos pueden oponer destino
y necesidad.3 Los epicúreos operan otra separación de la causalidad, que también funda
la libertad: conservan la homogeneidad de la causa y el efecto, pero dividen la causalidad
en series atómicas cuya independencia respectiva queda garantizada por el clinamen,
que no es destino sin necesidad, sino causalidad sin destino.4 En ambos casos se
comienza por disociar la relación causal, en lugar de distinguir tipos de causalidad como
hacía Aristóteles o como hará Kant. Y esta disociación nos remite siempre al lenguaje, ya
sea a la existencia de una declinación de las causas, o bien, como veremos, a la
existencia de una conjugación de los efectos.
1
Emile Bréhier, La Théorie des incorporels dans l’ancien stoïcisme, Vrin, 1928, págs. 11-13.
Véanse los comentarios de Bréhier sobre este ejemplo, pág. 20.
3
Sobre la distinción de las causas reales internas, y de las causas exteriores que entran en relaciones
limitadas de «confatalidad», véase Cicerón, De fato, 9, 13,15 y 16.
4
Los epicúreos tienen también una idea del acontecimiento muy próximo a la de los estoicos: Epicuro, Carta a
Herodoto, 39-40, 68-73; y Lucrecio I, 449 y sigs. Lucrecio analiza el acontecimiento: «la hija de Tíndaro es
raptada...». Él opone los eventa (servidumbre-libertad, pobreza-riqueza, guerra-concordia) a los conjuncta
(cualidades reales inseparables de los cuerpos). Los acontecimientos no parecen exactamente incorporales,
pero son presentados, sin embargo, como no existentes por sí mismos, impasibles, puros resultados de los
movimientos de la materia, de las acciones y pasiones de los cuerpos. No obstante no parece que los
epicúreos hayan desarrollado esta teoría del acontecimiento; quizá porque la subordinan a las exigencias de
una causalidad homogénea, y la hacen depender de su concepción particular del simulacro. Véase Apéndice
II.
2
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Segunda Serie, De los Efectos de Superficie
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Esta nueva dualidad entre cuerpos o estados de cosas y los efectos o acontecimientos
incorporales entraña una conmoción de la filosofía. Por ejemplo, en Aristóteles, todas las
categorías se dicen en función del Ser; y la diferencia pasa en el ser entre la sustancia
como sentido primero y las demás categorías que se le remiten como accidentes. Para los
estoicos, al contrario, los estados de cosas, cantidades y cualidades, no son menos seres
(o cuerpos) que la sustancia; forman parte de la sustancia; y en esa medida se oponen a
un extra-ser que constituye lo incorporal como entidad no existente. El término más alto
no es pues el Ser, sino alguna cosa, aliquid, en tanto subsume al ser y al no-ser, las
existencias y las insistencias.5 Pero, además, los estoicos llevan a cabo la primera gran
inversión del platonismo, la inversión radical. Porque si los cuerpos, con sus estados,
cualidades y cantidades, asumen todos los caracteres de la sustancia y de la causa, a la
inversa los caracteres de la Idea caen del otro lado, en este extra-ser impasible, estéril,
ineficaz, en la superficie de las cosas: lo ideal, lo incorporal no puede ser más que un
«efecto».
La consecuencia tiene una importancia extrema. Porque, en Platón, se mantenía un
oscuro debate en la profundidad de las cosas, en la profundidad de la tierra, entre lo que
se sometía a la acción de la Idea lo que se hurtaba a esta acción (las copias y los
simulacros). Resuena un eco de este debate cuando Sócrates pregunta: ¿Existe Idea de
todo, incluso del pelo, de la mugre y del lodo, o bien hay algo que, siempre y
obstinadamente, esquiva a la Idea? Pero, en Platón, este algo nunca estaba lo
suficientemente hundido, reprimido, repelido en la profundidad de los cuerpos, ahogado
en el océano. Y he aquí que ahora todo sube a la superficie. Es el resultado de la
operación estoica: lo ilimitado sube. El devenir-loco, el devenir-ilimitado ya no es un fondo
que gruñe, sube a la superficie de las cosas y se vuelve impasible. Ya no se trata de
simulacros que se sustraen al fondo y se insinúan por doquier, sino de efectos que se
manifiestan y juegan en su lugar. Efectos en el sentido causal, pero también «efectos»
sonoros, ópticos o de lenguaje; o menos aún, o mucho más, en tanto ya no tiene nada de
corporal y son ahora toda la idea... Lo que se sustraía a la Idea ha subido a la superficie,
límite incorporal, y representa ahora toda la idealidad posible, destituida ahora de su
eficacia causal y espiritual. Los estoicos han descubierto los efectos de superficie. Los
simulacros dejan de ser estos rebeldes subterráneos, hacen valer sus efectos (lo que se
podría llamar «fantasmas», independientemente de la terminología estoica). Lo más
oculto se ha vuelto lo más manifiesto, toas la viejas paradojas del devenir deben recobrar
el rostro en una nueva juventud: transmutación.
El devenir-ilimitado se vuelve el acontecimiento mismo, ideal, incorporal, con todos los
trastocamientos que le son propios, del futuro y el pasado, de lo activo y lo pasivo, de la
causa y el efecto. El futuro y el pasado, el más y el menos, lo excesivo y lo insuficiente, el
ya y el aún-no: pues el acontecimiento infinitamente divisible es siempre los dos a la vez,
eternamente lo que acaba de pasar y lo que va a pasar pero nunca lo que pasa (cortar
demasiado profundamente y no lo suficiente). Lo activo y lo pasivo: pues el
acontecimiento, al ser impasible, los cambia tanto más cuanto que no es no lo uno ni lo
otro, sino su resultado común (cortar-ser-cortado). La causa y el efecto: pues los
acontecimientos, al no ser sino efectos, pueden, los unos con los otros, entrar mucho
mejor en funciones de casi-causas o en relaciones de casi-causalidad siempre reversibles
(la herida y la cicatriz).
5
Véase Plotino, VI, I, 25: la exposición de las categorías estoicas (y Bréhier, pág. 43).
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Segunda Serie, De los Efectos de Superficie
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Los estoicos aficionados a las paradojas e inventores. Hay que releer el sorprendente
retrato de Crisipo, en pocas páginas, por Diógenes Laercio. Quizá los estoicos utilizan la
paradoja de un modo completamente nuevo: a la vez como instrumento de análisis del
lenguaje y como medio de síntesis para los acontecimientos. La dialéctica es
precisamente esta ciencia de los acontecimientos incorporales tal como se expresan en
las proposiciones, y de los vínculos de acontecimientos tal como se expresan en las
relaciones entre proposiciones. La dialéctica es sin duda el arte de la conjugación (véanse
los confatalia, o series de acontecimientos que dependen unos de otros). Pero es propio
del lenguaje, a la vez, establecer límites y sobrepasar los límites establecidos: también
contiene términos que no cesan de desplazar su extensión, y de hacer posible un
trastocamiento de la relación en una serie determinada (como demasiado e insuficiente,
mucho y poco). El acontecimiento es coextensivo al devenir, y el devenir mismo,
coextensivo al lenguaje; la paradoja es pues esencialmente «sorites», es decir, serie de
proposiciones interrogativas que proceden según el devenir por adiciones y recortes
sucesivos. Todo ocurre en la frontera entre las cosas y las proposiciones. Crisipo enseña:
«si dices algo, esto pasa por la boca; dices un carro, luego un carro pasa por tu boca.»
Hay un uso ahí de la paradoja que no tiene equivalente sino en el budismo zen por una
parte, y en el non-sense inglés o americano por otra. Por una parte, lo más profundo es lo
inmediato; por otra, lo inmediato está en el lenguaje. La paradoja aparece como
destitución de la profundidad, exposición de los acontecimientos en la superficie,
despliegue del lenguaje a lo largo de este límite. El humor es este arte de la superficie,
contra la vieja ironía, arte de las profundidades o de las alturas. Los sofistas y los cínicos
ya habían hecho del humor un arma filosófica contra la ironía socrática, pero con los
estoicos el humor encuentra su Dialéctica, su principio dialéctico y su lugar natural, su
puro concepto filosófico.
Esta operación inaugurada por los estoicos, Lewis Carroll la efectúa por su cuenta, la
recupera. En toda la obra de Carroll, se trata de los acontecimientos en su diferencia con
los seres, las cosas y estados de cosas. Pero el principio de Alicia (toda la primera mitad)
busca todavía el secreto de los acontecimientos, y del devenir ilimitado que implican, en la
profundidad de la tierra, pozos y madrigueras que se cavan, que se hunden por debajo,
mezcla de cuerpos que se penetran y coexisten. A medida que se avanza en el relato, sin
embargo, los movimientos laterales de deslizamiento, de izquierda a derecha y de
derecha a izquierda. Los animales de las profundidades se vuelven secundarios, ceden su
lugar a figuras de cartas, sin espesor. Se diría que la antigua profundidad se ha
desplegado, se ha convertido en anchura. El devenir ilimitado se sostiene enteramente
ahora en esta anchura recobrada. Profundo ha dejado de ser un cumplido. Sólo los
animales son profundos; y aún no los más nobles, que son los animales planos. Los
acontecimientos son como los cristales, no ocurren no crecen sino por los bordes, sobre
los bordes. Ahí reside el primer secreto del tartamudo y el zurdo: dejar de hundirse,
deslizarse a lo largo, de modo que la antigua profundidad no sea ya nada, reducida al
sentido inverso de la superficie. Es a fuerza de deslizarse que se pasará del otro lado, ya
que el otro lado no es sino el sentido inverso. Y si no hay nada que ver detrás del telón, es
que todo lo visible, o más bien toda la ciencia posible está a lo largo del telón, que basta
con seguir lo bastante lejos y lo bastante estrechamente, lo bastante superficialmente,
para invertir lo derecho, para hacer que la derecha se vuelva izquierda e inversamente.
No hay pues unas aventuras de Alicia, sino una aventura: su subida a la superficie, su
repudio de la falsa profundidad, su descubrimiento de que todo ocurre en la frontera. Por
ello, Carroll renuncia al primer título que tenía previsto, «Las aventuras subterráneas de
Alicia».
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Segunda Serie, De los Efectos de Superficie
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Con mayor motivo en Al otro lado del espejo. Allí, los acontecimientos, en su diferencia
radical con las cosas, ya no son buscados en profundidad, sino en la superficie, en este
tenue vapor incorporal que se escapa de los cuerpos, película sin volumen que los rodea,
espejo que los refleja, tablero que los planifica. Alicia no puede hundirse ya, ella deja libre
su doble incorporal. Es siguiendo la frontera, costeando la superficie, como se pasa de los
cuerpos a lo incorporal. Paul Valéry tuvo una frase profunda: lo más profundo, es la piel.
Descubrimiento estoico que supone mucha sabiduría y entraña toda una ética. Es el
descubrimiento de la niña, que no crece ni disminuye sino por los bordes, superficie para
enrojecer y verdear. Ella sabe que los acontecimientos conciernen tanto más a los
cuerpos, los cortan y los maltratan, en la medida en que recorren su extensión sin
profundidad. Más tarde, las personas mayores son atrapadas por el fondo, caen y ya no
comprenden, porque son demasiado profundas. ¿Por qué los mismos ejemplos del
estoicismo continúan inspirando a Lewis Carroll? El árbol verdea, es escalpelo corta, ¿la
batalla tendrá lugar o no? Es ante los árboles que Alicia pierde su nombre, es a un árbol
que Humpty Dumpty habla, sin mirar a Alicia. Y los recitados anuncian las batallas. Y por
doquier, heridas, cortes. Pero ¿son eso ejemplos? O bien, ¿todo acontecimiento es de
este tipo, bosque, batalla y herida, tanto más profundo cuanto que ello que ocurre en la
superficie, incorporal a fuerza de extenderse a lo largo de los cuerpos? La historia nos
enseña que las buenas rutas no tienen fundación y la geografía, que la tierra no es fértil
sino en una delgada capa.
Este redescubrimiento del sabio estoico no está reservado a la niña. Es verdad que Lewis
Carroll detesta en general a los chicos. Tienen demasiada profundidad, una falsa
profundidad, falsa sabiduría y animalidad. El bebé masculino en Alicia se transforma en
cerdo. Por lo general, sólo las niñas comprenden el estoicismo, tienen el sentido del
acontecimiento y liberan un doble incorporal. Pero a veces sucede que un niño sea
tartamudo y zurdo, y conquiste así el sentido como sentido de la superficie. El odio de
Lewis Carroll hacia los chicos no debe achacarse a una ambivalencia profunda, sino más
bien a una inversión superficial, concepto estrictamente carrolliano. En Silvia y Bruno, es
el niño quien tiene el papel inventivo, aprendiendo sus lecciones de cualquier modo, del
revés, del derecho, por encima, por debajo, pero nunca a «fondo». La gran novela Silvia y
Bruno lleva el extremo la evolución que se esbozaba en Alicia, y que se prolongaba en Al
otro lado del espejo. La conclusión admirable de la primera parte celebra la gloria del
Este, de donde viene todo lo bueno, «y la sustancia de las cosas esperadas, y la
existencia de las cosas invisibles». Incluso el barómetro ni sube ni baja, sino que va a lo
largo, de lado, y da el tiempo horizontal. Una máquina de estirar alarga incluso las
canciones. Y la bolsa de Fortunatus, presentada como un anillo de Moebius, está hecha
con pañuelos cosidos in the wrong way, de tal modo que su superficie interna: envuelve el
mundo entero y se hace que lo que está dentro esté fuera, y lo que está fuera dentro.6 En
Silvia y Bruno, la técnica del paso de lo real al sueño, y de los cuerpos a lo incorporal,
está multiplicada, renovada completamente, llevada a su perfección. Pero es siempre
costeando la superficie, la frontera, como se pasa al otro lado, por la virtud de un anillo. La
continuidad del revés y el derecho sustituye a todos los niveles de profundidad; y los
efectos de superficie en un solo y mismo Acontecimiento, que vale por todos los
acontecimientos, hacen que todo el devenir y sus paradojas aflore en el lenguaje.7 Como
6
Esta descripción de la bolsa forma parte de una de las páginas más hermosas de Lewis Carroll, Sylvie and
Bruno concluded, cap. VII.
7
Este descubrimiento de la superficie, esta crítica de la profundidad, forman una constante de la literatura
moderna. Inspiran la obra de Robbe-Grillet. De otra manera, se encuentran en Klossowski, en la relación entre
la epidermis y el guante de Roberte: véanse las observaciones de Klossowski a este respecto, en el
«posfacio» a Lois de l’hospitalité, pág. 344. o bien, Michel Tournier, en Vendredi ou les limbes du Pacifique,
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Lewis Carroll en un artículo titulado The dynamics of a particle, «Superficie plana es el
carácter de un discurso...».
págs. 58-59: «Extraña postura, sin embargo, la que valora ciegamente la profundidad a expensas de la
superficie y que quiere que superficial signifique no de vasta dimensión, sino de poca profundidad, mientras
que profundo signifique por el contrario de gran profundidad y no de débil superficie. Y sin embargo, un
sentimiento como el amor se mide mucho mejor, me parece de ser posible medirlo, por la importancia de su
superficie que por su grado de profundidad...» Véanse Apéndices III y IV.
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TERCERA SERIE
DE LA PROPOSICIÓN
Entre estos acontecimientos-efectos y el lenguaje, o incluso la posibilidad del lenguaje,
hay una relación esencial: pertenece a los acontecimientos el ser expresados o
expresables, enunciados o enunciables por proposiciones cuando menos posibles. Pero
hay muchas relaciones en la proposición; ¿cuál es la que conviene a los efectos de
superficie, a los acontecimientos?
Muchos autores están de acuerdo en reconocer tres relaciones distintas en la proposición.
La primera se denomina designación o indicación: es la relación de la proposición con un
estado de cosas exterior (datum). El estado de cosas es individuado, implica tal o cual
cuerpo, mezclas de cuerpos, cualidades y cantidades, relaciones. La designación opera
mediante la asociación de las palabras mismas con imágenes particulares que deben
«representar» el estado de cosas: entre todas aquellas que se asocian a la palabra, a tal
o cual palabra en la proposición, hay que escoger, seleccionar las que corresponden al
complejo dado. La intuición designadora se expresa entonces bajo la forma: «es esto»,
«no es esto». La cuestión de saber si la asociación de palabras a imágenes es primitiva o
derivada, necesaria o arbitraria, no puede ser planteada todavía. Por el momento, lo que
cuenta es que ciertas palabras en la proposición, ciertas partículas lingüísticas, sirven de
formas vacías para la selección de imágenes siempre, es decir para la designación de
cada estado de cosas: sería erróneo tratarlas como conceptos universales; son singulares
formales, que tienen un papel de puros «designantes» o, como dice Benveniste, de
indicadores. Estos indicadores formales son: esto, aquello; el aquí, allá; ayer, hoy, etc.
Los nombres propios son también indicadores o designantes, pero de una importancia
especial ya que son los únicos que forman singularidades propiamente materiales.
Lógicamente, la designación tiene por criterio y por elemento lo verdadero y lo falso.
Verdadero significa que una designación está efectivamente cumplida por el estado de
cosas, que los indicadores están efectuados, o la buena imagen seleccionada.
«Verdadero en todos los casos» significa que el cumplimiento se da para la infinidad de
imágenes particulares asociables con las palabras, sin que haya necesidad de selección.
Falso significa que la designación no se cumple, sea por un defecto de las imágenes
seleccionadas, sea por la imposibilidad radical de producir una imagen asociable con las
palabras.
Una segunda relación de la proposición se denomina a menudo manifestación. Se trata
de la relación de la proposición con el sujeto que habla y se expresa. Así pues, la
manifestación se presenta como el enunciado de los deseos y las creencias que
corresponden a la proposición. Deseos y creencias son inferencias causales, no
asociaciones. El deseo es la causalidad interna de una imagen con respecto a la
existencia del objeto o del estado de cosas correspondiente; correlativamente, la creencia
es la expectativa de este objeto o estado de cosas, en tanto que su existencia debe ser
producida por una causalidad externa. De ello no debe concluirse que la manifestación es
segunda respecto a la designación: al contrario, ella la posibilita, y las inferencias forman
una unidad sistemática de la que derivan las asociaciones. Hume lo percibió de un modo
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Tercera Serie, De la Proposición
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profundo: en la asociación de causa a efecto, es la «inferencia según la relación» la que
precede a la relación misma. Este primado de la manifestación se confirma por el análisis
lingüístico. Porque hay en la proposición unos «manifestantes» como partículas
especiales: yo, tú; mañana, siempre; en otra parte, en todas partes, etc. Y del mismo
modo como el nombre propio es un indicador privilegiado, Yo es el manifestante de base.
Pero no son sólo los otros manifestantes quienes dependen del Yo, sino que es el
conjunto de indicadores los que se relacionan con él.1 La indicación o designación
subsumía los estados de cosas individuales, las imágenes particulares y los designantes
singulares; pero los manifestantes, a partir del Yo, constituyen el dominio de lo personal
que sirve de principio a toda designación posible. En definitiva, de la designación a la
manifestación, se produce un desplazamiento de valores lógicos representado por el
Cógito: no ya lo verdadero y lo falso, sino la veracidad y el engaño. En el célebre análisis
del pedazo de cera, Descartes no busca en ningún modo lo que permanece en la cera,
problema que ni siquiera se plantea en este texto, sino que muestra cómo el Yo
manifestado en el Cógito funda el juicio de designación según el cual la cera es
identificada.
Debemos reservar el nombre de significación para una tercera dimensión de la
proposición: se trata esta vez de la relación de la palabra con conceptos universales o
generales y de las relaciones sintácticas con implicaciones de concepto. Desde el punto
de vista de la significación, consideraremos siempre los elementos de la proposición como
«significando» implicaciones de conceptos que pueden remitir a otras proposiciones,
capaces de servir de premisas a la primera. La significación se define por este orden de
implicación conceptual en el que la proposición considerada no interviene sino como
elemento de una «demostración», en el sentido más general del término, sea como
premisa, sea como conclusión. Los significantes lingüísticos son entonces esencialmente
«implica» y «luego». La implicación es el signo que define la relación entre las premisas y
la conclusión; «luego» es el signo de la aserción que define la posibilidad de afirmar la
conclusión por sí misma como resultado de las implicaciones. Cuando hablamos de
demostración en el sentido más general, queremos decir que la significación de la
proposición se encuentra así siempre en el procedimiento indirecto que le corresponde, es
decir, en su relación con otras proposiciones de las que es concluida o, inversamente, de
las que posibilita la conclusión. La designación remite, por el contrario, al procedimiento
directo. La demostración no debe entenderse en sentido restringido, silogístico o
matemático, sino también en el sentido físico de las probabilidades, o en el sentido moral
de las promesas y compromisos, estando representada la aserción de la conclusión en
este primer caso por el momento en el que la promesa se cumple de modo efectivo2 El
valor lógico de la significación o demostración entendida de este modo no es ya la verdad,
como lo muestra el modo hipotético de las implicaciones, sino la condición de verdad, el
conjunto de condiciones bajo las que una proposición «sería» verdadera. La proposición
condicionada o concluida puede ser falsa, en tanto que designa actualmente un estado de
cosas inexistente, o no directamente verificado. La significación no funda la verdad sin
hacer también posible el error. Por ello, la condición de verdad no se opone a lo falso,
sino a lo absurdo: lo que no tiene significación, lo que no puede ser ni verdadero ni falso.
1
Véase la teoría de los «embrayeurs» [engranajes, acopladores], tal y como es presentada por Benveniste,
Problèmes de linguistique générale, Gallimard, cap. 20. Separamos «mañana» de ayer o de ahora porque
«mañana» es, en principio, expresión de creencia y sólo tiene valor indicativo secundario.
2
Por ejemplo, cuando Brice Parain opone la denominación (designación) y la demostración (significación),
entiende demostración de una manera que engloba el sentido moral de un programa por realizar, de una
promesa por cumplir, de un posible a realizar, como en una «demostración de amor» o en «te amaré
siempre». Véase Recherches sur la nature et les fonctions du langage, Gallimard, cap. V.
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Tercera Serie, De la Proposición
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La pregunta: ¿es la significación a su vez primera respecto a la manifestación y la
designación? requiere una respuesta compleja. Porque si la manifestación misma es
primera respecto a la designación, si es fundadora, es desde un punto de vista muy
particular. Retomando una distinción clásica, diremos que es desde el punto de vista del
habla, aunque sea un habla silenciosa. En el orden del habla es el Yo quien empieza, y
quien empieza de modo absoluto. En este orden, es pues primero, no sólo respecto a
toda designación posible que funda, sino también respecto a las significaciones que
envuelve. Pero, precisamente, desde este punto de vista, las significaciones conceptuales
ni valen ni se despliegan por sí mismas: permanecen sobreentendidas por el Yo, que se
presenta como dotado de una significación inmediatamente comprendida, idéntica a su
propia manifestación. Por ello, Descartes puede oponer la definición del hombre como
animal razonable a su determinación como Cógito: pues la primera exige un desarrollo
explícito de los conceptos significados (¿qué significa animal?, ¿qué significa razonable?),
mientras que la segunda se supone comprendida nada más dicha3
Este primado de la manifestación, no sólo respecto a la designación, sino respecto a la
significación, debe entenderse pues en un orden del «habla» en el que las significaciones
permanecen naturalmente implícitas. Sólo ahí el yo es primero respecto a los conceptos:
respecto al mundo y a Dios. Pero si existe otro orden en el que las significaciones valen y
se desarrollan por sí mismas, entonces, allí ellas son primeras y fundan la manifestación.
Este orden es precisamente el de la lengua: una proposición no puede aparecer en ésta
sino como premisa o conclusión, significando conceptos antes de manifestar un sujeto o,
incluso, de signar un estado de cosas. Por ello, desde este punto de vista, conceptos
significados, tales como Dios o el mundo, son siempre primeros respecto del yo como
persona manifestada, y de las cosas como objetos designados. Más generalmente,
Benveniste ha mostrado que la relación de la palabra (o mejor, de su propia imagen
acústica) con el concepto sólo era necesaria, y no arbitraria. Únicamente la relación de la
palabra con el concepto goza de una necesidad que las otras relaciones no tienen,
aquellas que permanecen en lo arbitrario en tanto que se las considera directamente, y
sólo salen cuando se las relaciona con esta primera relación. Así pues, la posibilidad de
hacer variar las imágenes particulares asociadas a la palabra, de sustituir una imagen por
otra bajo la forma de «no es esto, es esto», no se explica sino por la constancia del
concepto significado. Igualmente, los deseos no formarían un orden de exigencias o
incluso de deberes, distintos de una simple urgencia de las necesidades, y las creencias
no formarían un orden de inferencias distinto de las simples opiniones, si las palabras en
las que se manifiestan no remitieran en primer lugar a conceptos e implicaciones de
conceptos que hacen significativos estos deseos y estas creencias.
Sin embargo, el supuesto primado de la significación sobre la designación todavía plantea
un problema delicado. Cuando decimos «luego», cuando consideramos una proposición
como concluida, la hacemos objeto de una aserción, es decir, dejamos de lado las
premisas y la afirmamos por sí misma, independientemente. La remitimos al estado de
cosas que designa, independientemente de las implicaciones que constituyen su
significación. Pero, para ello, son precisas dos condiciones. Es preciso, en primer lugar,
que las premisas sean enunciadas como verdaderas efectivamente; lo que ya nos obliga
a salir del puro orden de implicación para relacionarlas con un estado de cosas designado
que se presupone. Pero luego, incluso suponiendo que las premisas A y B sean
verdaderas, de ellas no podemos concluir la proposición Z en cuestión, no podemos
3
Descartes, Príncipes, 1, 10.
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Tercera Serie, De la Proposición
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desligarla de sus premisas y afirmarla por sí con independencia de la implicación, más
que admitiendo que es, a su vez, verdadera si A y B son verdaderas: lo que constituye
una proposición C que continúa dentro del orden de la implicación, que no alcanza a salir
de él, ya que remite a una proposición D, que dice que Z es verdadera si A, B y C son
verdaderas... hasta el infinito. Esta paradoja, central en la lógica y que tuvo una
importancia decisiva para toda la teoría de la implicación y la significación simbólicas, es
la paradoja de Lewis Carroll, en el célebre texto «Lo que la tortuga dice a Aquiles».4 En
resumen: con una mano se desliga la conclusión de las premisas, pero a condición de
que, con la otra mano, se añadan siempre otras premisas de las que la conclusión no
puede desligarse. Lo que equivale a decir que la significación no es nunca homogénea; o
que los dos signos «implica» y «luego» son completamente heterogéneos; o que la
implicación nunca alcanza a fundar la designación si no es dándosela enteramente hecha,
una vez en las premisas y otra vez en la conclusión.
De la designación a la manifestación, y luego a la significación, pero también de la
significación a la manifestación y a la designación, estamos atrapados en un círculo que
es el círculo de la proposición. La cuestión de saber si debemos contentarnos con estas
tres dimensiones, o si es preciso añadir una cuarta que sería la del sentido, es una
cuestión económica o estratégica. No es que debamos construir un modelo a posteriori
que corresponda a unas dimensiones previas; sino porque el modelo mismo debe ser
apto para funcionar a priori desde el interior, debe introducir una dimensión suplementaria
que no habría podido ser reconocida, a causa de su evanescencia, desde el exterior en la
experiencia. Es pues una cuestión de derecho, y no solamente de hecho. Sin embargo,
hay una cuestión de hecho, y es preciso empezar por ella: ¿puede ser localizado el
sentido en una de estas tres dimensiones, designación, manifestación o significación? Se
contestará en primer lugar que ello parece imposible para la designación. La designación
es aquello que, si se cumple, hace que la proposición sea verdadera; y si no, falsa. Ahora
bien, el sentido no puede consistir evidentemente en lo que hace verdadera o falsa a una
proposición, ni en la dimensión en la que estos valores se efectúan. Y lo que es más, la
designación no podría soportar el peso de la proposición si no es en la medida en que
pudiera mostrarse una correspondencia entre las palabras y las cosas o estados de cosas
designados: Brice Parain, ha contabilizado las paradojas que una hipótesis tal hace surgir
en la filosofía griega.5 ¿Cómo evitar, por ejemplo, que un carro pase por tu boca? Más
directamente aún, Lewis Carroll pregunta: ¿cómo podrían tener los nombres un
«respondedor», y qué significa para algo responder a su nombre? Y si las cosas no
responden a su nombre, ¿qué les impide perder su nombre? ¿Qué permanecería
entonces –excepto lo arbitrario de las designaciones a las que nada responde, y el vacío
de los indicadores o designantes formales del tipo «esto»-, desprovistos unos y otros de
sentido? Es seguro que toda designación supone el sentido, y que hay que instalarse de
golpe en el sentido para operar cualquier designación.
Identificar el sentido con la manifestación tiene más posibilidades de éxito, ya que los
designantes mismos no tienen sentido sino en función de un Yo que se manifiesta en la
proposición. Este Yo es sin duda primero, ya que hace empezar el habla; como dice
Alicia, «si sólo hablarais cuando se os habla, nadie diría nunca nada». Se concluirá de
4
Véase en Logique sans peine, ed. Hermann, trad. Gattegno et Coumet. Sobre la abundante bibliografía,
literaria, lógica y científica, concerniente a la paradoja de Carroll, nos remitimos a los comentarios de Ernest
Coumet, págs. 281-288. [Una versión castellana del texto citado «Lo que la Tortuga dijo a Aquiles» se
encuentra en www.philosophia.cl en la sección Biblioteca. N. de E.]
5
Brice Parain, op. cit., cap. III.
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Tercera Serie, De la Proposición
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ello que el sentido reside en las creencias (o deseos) de quien se expresa.6 «Cuando
empleo una palabra -dice también Humpty Dumpty significa lo que yo quiero que
signifique, ni más ni menos... La cuestión es saber quién manda, y basta.» Pero hemos
visto que el orden de las creencias y los deseos estaba fundado sobre el orden de las
implicaciones conceptuales de la significación, e incluso que la identidad del yo que habla,
o que dice Yo, no estaba garantizada más que por la permanencia de ciertos significados
(conceptos de Dios, del mundo...). El Yo no es primero y suficiente en el orden de la
palabra sino en tanto que envuelve significaciones que deben ser desarrolladas por sí
mismas en el orden de la lengua. Si estas significaciones se derrumban, o no están
establecidas en sí, la identidad personal se pierde, experiencia dolorosa que hace Alicia,
en condiciones en las que Dios, el mundo y el yo se vuelven los personajes indecisos del
sueño de alguien mal determinado. Por ello, el último recurso parece ser identificar el
sentido con la significación.
De nuevo nos vemos remitidos al círculo, conducidos a la paradoja de Carroll, en la que la
significación no puede ejercer nunca su papel de último fundamento, y presupone una
designación irreductible. Pero hay quizás una razón muy general por la que la
significación fracasa, y el fundamento hace círculo con lo fundado. Cuando definimos la
significación como la condición de verdad, le damos un carácter que le es común con el
sentido, que es ya el del sentido. Pero ¿cómo asume la significación este carácter, cómo
lo usa? Al hablar de condición de verdad, nos elevamos por encima de lo verdadero y lo
falso ya que una proposición falsa tiene un sentido o una significación. Pero, a la vez,
definimos esta condición superior sólo como la posibilidad para la proposición de ser
verdadera7. La posibilidad para una proposición de ser verdadera no es sino la forma de
posibilidad de la proposición misma. Hay muchas formas de posibilidad de las
proposiciones: lógica, geométrica, algebraica, física, sintáctica...; Aristóteles define la
forma de posibilidad lógica por la relación de los términos de la proposición con los
«lugares» que conciernen al accidente, el propio, el género o la definición; Kant inventa
incluso dos nuevas formas de posibilidad: la posibilidad trascendental y la posibilidad
moral. Pero, de cualquier modo como se defina la forma, es un extraño trámite que
consiste en elevarse de lo condicionado a la condición para concebir la condición como
simple posibilidad de lo condicionado. Es cierto que nos elevamos a un fundamento, pero
lo fundado sigue siendo lo que era, independientemente de la operación que lo funda no
afectado por ella: así la designación sigue siendo exterior al orden que la condiciona, lo
verdadero y lo falso permanecen indiferentes al principio que no determina la posibilidad
del uno si no es dejándolo subsistir en su antigua relación con el otro. Hasta el punto de
que perpetuamente nos remitimos de lo condicionado a la condición, pero también de la
condición a lo condicionado. Para que la condición de verdad escape a este defecto,
debería disponer de un elemento propio distinto de la forma de lo condicionado, debería
tener algo incondicionado capaz de asegurar una génesis real de la designación y de las
otras dimensiones de la proposición: entonces la condición de verdad se definiría, no ya
como forma de posibilidad conceptual, sino como materia o «estrato» ideal, es decir, no
ya como significación, sino como sentido.
El sentido es la cuarta dimensión de la proposición. Los estoicos la descubrieron con el
acontecimiento: el sentido es lo expresado de la proposición, este incorporal en la
superficie de las cosas, entidad compleja irreductible, acontecimiento puro que insiste o
subsiste en la proposición. Por segunda vez en el siglo XIV, se hizo este descubrimiento
6
Véase Russell, Signification et vérité, ed. Flammarion, trad. Devaux, Págs. 213-224.
Russell, op. cit., pág. 198: «Podemos decir que todo lo que es afirmado por un enunciado provisto de sentido
posee una cierta especie de posibilidad.»
7
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Tercera Serie, De la Proposición
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en la escuela de Ockham, por Gregorio de Rimini y Nicolas de Autrecourt. Una tercera
vez, a fines del XIX, por el gran filósofo y lógico Meinong.8 Hay sin duda razones para
estos momentos: hemos visto que el descubrimiento estoico suponía una inversión del
platonismo; del mismo modo, la lógica ockhamiana reaccionaba contra el problema de los
Universales; y Meinong, contra la lógica hegeliana y su descendencia. La cuestión es la
siguiente: ¿hay algo, aliquid, que no se confunde ni con la proposición o los términos de la
proposición, ni con el objeto o estado de cosas que ésta designa, ni con la vivencia, la
representación o la actividad mental de quien se expresa en la proposición, ni con los
conceptos, o, incluso las esencias significadas? El sentido, lo expresado de la
proposición, sería entonces irreductible a los estados de cosas individuales, y a las
imágenes particulares, y a las creencias personales, y a los conceptos universales y
generales. Los estoicos supieron decirlo: ni palabra, ni cuerpo, ni representación sensible,
ni representación racional9. E incluso puede que el sentido fuera «neutro», completamente
indiferente tanto a lo particular como a lo general, a lo singular como a lo universal, a lo
personal y a lo impersonal. Tendría una naturaleza completamente diferente. Pero ¿es
preciso reconocer una instancia tal, suplementaria; o debemos arreglárnoslas con las que
ya tenemos, la designación, la significación y la manifestación? En cada época se
reanuda la polémica (André de Neufchâteau y Pierre d'Ailly contra Rimini, Brentano y
Russell contra Meinong). Y es que, verdaderamente, el intento de hacer aparecer esta
cuarta dimensión es un poco como la caza del Snark de Lewis Carroll. Puede que sea la
caza misma, y el sentido sea el Snark. Es difícil contestar a quienes quieren bastarse con
palabras, cosas, imágenes e ideas. Porque ni siquiera puede decirse del sentido que
exista: ni en las cosas ni en el espíritu, ni con una existencia física ni con una existencia
mental. ¿Puede decirse al menos que es útil, que hay que admitirlo en razón de su
utilidad? Ni siquiera, ya que está dotado de un esplendor ineficaz, impasible y estéril. Por
ello decimos que de hecho no puede ser inferido sino indirectamente, a partir del círculo al
que nos arrastran las dimensiones ordinarias de la proposición. Solamente hendiendo el
círculo, como se hace con el anillo de Moebius, desplegándolo en su longitud,
destorciéndolo, la dimensión del sentido aparece por sí misma y en su irreductibilidad,
pero también con su poder de génesis, animando entonces un modelo interior a priori de
la proposición.10 La lógica del sentido está enteramente inspirada por el empirismo; pero
precisamente sólo el empirismo sabe superar las dimensiones experimentales de lo
visible sin caer en las Ideas, y acosar, invocar, y tal vez producir un fantasma en el límite
de una experiencia alargada; desplegada.
Husserl denomina a esta dimensión última expresión: se distingue de la designación, de la
manifestación y dé la demostración.11 El sentido es lo expresado. Husserl, no menos que
Meinong, reencuentra las fuentes vivas de una inspiración estoica. Cuando Husserl se
interroga, por ejemplo, por el «noema perceptivo» o «sentido de la percepción», lo
8
Hubert Elie, en un excelente libro (Le Complexe significabile, Vrin, 1936), expone y comenta las doctrinas de
Gregorio de Rimini y de Nicolas d'Autrecourt. Muestra su extrema semejanza con las teorías de Meinong, y
cómo una misma polémica se reproduce en el siglo XIX y en el siglo XIV; aunque no indica el origen estoico
del problema.
9
Sobre la diferencia estoica entre los incorporales y las representaciones racionales, compuestas de trazos
corporales, véase E. Bréhier, op. cit., págs. 16-18.
10
Véanse las observaciones de Albert Lautman sobre el anillo de Moebius: tiene «nada más que un lado, y
ésa es una propiedad esencialmente extrínseca, puesto que para dar cuenta de ella es necesario partir el
anillo y destorcerlo, lo que supone una rotación en torno de un eje exterior a la superficie del anillo. Es sin
embargo posible caracterizar esta unilateralidad por una propiedad puramente intrínseca...», etc. Essai sur les
notions de structure et d'existence en mathématiques, ed. Hermann, 1938, tomo 1, pág. 51.
11
No tenemos en cuenta el empleo particular que Husserl hace de «significación» en su terminología, ya sea
para identificarla, ya para unirla a «sentidos».
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Tercera Serie, De la Proposición
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distingue a la vez del objeto físico, de la vivencia psicológica, de las representaciones
mentales y de los conceptos lógicos. Lo presenta como un impasible, un incorporal, sin
existencia física ni mental, que ni hace ni padece, puro resultado, pura «apariencia»: el
árbol real (lo designado) puede arder, ser sujeto y objeto de acción, entrar en mezclas;
pero no el noema de árbol. Hay muchos noemas o sentidos para un mismo designado:
lucero de la mañana y lucero de la tarde son dos noemas, es decir, dos modos que tiene
de presentarse un mismo designado en unas expresiones. Pero cuando Husserl dice que
el noema es lo percibido tal como aparece en presencia, «lo percibido como tal» o la
apariencia, no debemos por ello entender que se trata de un dato sensible o de una
cualidad, sino al contrario de una unidad ideal objetiva como correlato intencional del acto
de percepción. Un noema cualquiera no está dado en una percepción (ni en un recuerdo o
en una imagen), tiene un estatuto completamente diferente que consiste en no existir
fuera de la proposición que lo expresa, proposición perceptiva, de recuerdo o de
representación. Del verde como color sensible o cualidad, distinguimos el «verdear» como
color noemático o atributo. El árbol verdea, ¿no es acaso, finalmente, éste el sentido del
color del árbol, y el árbol arborifica, su sentido global? ¿Qué es el noema sino un
acontecimiento puro, el acontecimiento árbol (aunque Husserl no hable así por razones
terminológicas)? Y lo que se denomina apariencia, ¿qué es sino un efecto de superficie?
Entre los noemas de un mismo objeto, o incluso de objetos diferentes, se elaboran lazos
complejos, análogos a los que la dialéctica estoica establece entre los acontecimientos.
¿Será la fenomenología esa ciencia rigurosa de los efectos de superficie?
Consideremos el estatuto complejo del sentido o de lo expresado. Por una parte, no existe
fuera de la proposición que lo expresa. Lo expresado no existe fuera de su expresión. Por
ello, no puede decirse que el sentido exista, sino solamente que insiste o subsiste. Pero
por otra parte, no se confunde en absoluto con la proposición, tiene una «objetividad»
completamente distinta. Lo expresado no se parece en nada a la expresión. El sentido se
atribuye, pero no es en modo alguno atributo de la proposición, es atributo de la cosa o
del estado de cosas. El atributo de la proposición es el predicado, por ejemplo un
predicado cualitativo como verde. Se atribuye al sujeto de la proposición. Pero el atributo
de la cosa es el verbo, verdear por ejemplo, o mejor el acontecimiento expresado por este
verbo; y se atribuye a la cosa designada por el sujeto, o al estado de cosas designado por
la proposición en su conjunto. Inversamente, este atributo lógico, a su vez, no se
confunde en ningún modo con el estado de cosas físico, ni con una cualidad o relación de
este estado. El atributo no es un ser, y no cualifica a un ser; es un extra-ser. Verde
designa una cualidad, una mezcla de cosas, una mezcla de árbol y de aire donde la
clorofila coexiste con todas las partes de la hoja. Verdear, por el contrario, no es una
cualidad en la cosa, sino un atributo que se dice de la cosa, y que no existe fuera de la
proposición que la expresa al designar la cosa. Y de nuevo hemos regresado a nuestro
punto de partida: el sentido no existe fuera de la proposición... etcétera.
Pero ahora no se trata de un círculo. Es más bien la coexistencia de dos caras sin
espesor, de modo que se pasa de la una a la otra siguiendo su longitud. De modo
inseparable, el sentido es lo expresable o lo expresado de la proposición, y el atributo del
estado de cosas. Tiende una cara hacia las cosas, y otra hacia las proposiciones. Pero no
se confunde ni con la proposición que la expresa ni con el estado de cosas o la cualidad
que la proposición designa. Es exactamente la frontera entre las proposiciones y las
cosas. En este aliquid, a la vez extra-ser e insistencia, este mínimo de ser que conviene a
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Tercera Serie, De la Proposición
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las insistencias.12 Es «acontecimiento» en este sentido: la condición de no confundir el
acontecimiento con su efectuación espacio-temporal en un estado de cosas. Así pues, no
hay que preguntar cuál es el sentido de un acontecimiento: el acontecimiento es el sentido
mismo. El acontecimiento pertenece esencialmente al lenguaje, está en relación esencial
con el lenguaje; pero el lenguaje es lo que se dice de las cosas. Jean Gattegno señaló
claramente la diferencia entre los cuentos de Carroll y los cuentos de hadas clásicos: en
Carroll, todo lo que pasa, pasa en el lenguaje y pasa por el lenguaje; «no nos cuenta una
historia, nos dirige un discurso, un discurso en varios trozos...».13 En este mundo plano
del sentido-acontecimiento, o de lo expresable-atributo, es en donde Lewis Carroll instala
toda su obra. De ahí se desprende la relación entre la obra fantástica firmada Carroll y la
obra matemático-lógica firmada Dodgson. Nos parece difícil afirmar, como se ha hecho,
que la obra fantástica presenta simplemente la recopilación de trampas y dificultades en
las que caemos cuando no observamos las reglas y las leyes formuladas por la obra
lógica. No sólo porque muchas de estas trampas subsisten en la obra lógica misma; sino
también porque nos parece que la distribución es de otra clase. Es sorprendente constatar
que toda la obra lógica concierne directamente a la significación, las implicaciones y las
conclusiones, y no concierne al sentido más que indirectamente, precisamente por
mediación de las paradojas que la significación no resuelve, o que crea incluso. Por el
contrario, la obra fantástica concierne inmediatamente al sentido, y la remite directamente
la potencia de la paradoja. Lo que corresponde muy bien a los dos estados del sentido, de
hecho y de derecho, a posteriori y a priori, según si se lo infiere indirectamente del círculo
de la proposición, o si se hace aparecer por sí mismo, desplegando el círculo a lo largo de
la frontera entre las proposiciones y las cosas.
12
Estos términos, insistencia y extra-ser, tienen su equivalente en la terminología de Meinong como en la de
los estoicos.
13
En Logique sans peine, op. cit., prefacio, págs. 13-20.
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Tercera Serie, De la Proposición
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CUARTA SERIE
DE LAS DUALIDADES
La primera gran dualidad era la de las causas y los efectos, de las cosas corporales y los
acontecimientos incorporales. Pero, en la medida en que los acontecimientos-efectos no
existen fuera de las proposiciones que los expresan, esta dualidad se prolonga en la de
las cosas y las proposiciones, los cuerpos y el lenguaje. De aquí la alternativa que
atraviesa toda la obra de Lewis Carroll: comer o hablar. En Silvia y Bruno, la alternativa es
«bits of things» o «bits of Shakespeare». En la cena cortesana de Alicia, comer lo que se
os presenta o ser presentado a lo que se come. Comer, ser comido, es el modelo de la
operación de los cuerpos, el tipo de su mezcla en profundidad, su acción y pasión, su
modo de coexistencia del uno en el otro. Pero hablar es el movimiento de la superficie, de
los atributos ideales o de los acontecimientos incorporales. Nos preguntamos qué es más
grave, hablar de comida o comerse las palabras. En sus obsesiones alimenticias, Alicia
está atravesada por pesadillas relativas a absorber o ser absorbida. Ella comprueba que
los poemas que escucha tratan de peces comestibles. Y si se habla de alimento, ¿cómo
evitar hablar de él delante de quien debe servir de alimento? De ahí las pifias de Alicia
ante el ratón. ¿Cómo no comer el pudding que se nos ha presentado? Además, las
palabras de los recitados llegan de través, como atraídas por la profundidad de los
cuerpos, con alucinaciones verbales, como las que se presentan en aquellas
enfermedades en las que los trastornos de lenguaje se acompañan de comportamientos
orales desenfrenados (llevárselo todo a la boca, comer cualquier objeto, rechinar los
dientes). «Estoy segura de que ésas no son verdaderas palabras», dice Alicia resumiendo
el destino de aquel que habla de alimento. Pero comerse las palabras es justamente lo
contrario: se eleva la operación de los cuerpos a la superficie del lenguaje, se hacen subir
los cuerpos destituyéndolos de su antigua profundidad, aun a riesgo de perder todo el
lenguaje en este desafío. Esta vez los trastornos son de superficie, laterales, extendidos
de derecha a izquierda. El tartamudeo ha sustituido a la pifia, los fantasmas de la
superficie han sustituido a la alucinación de las profundidades, los sueños de
deslizamiento acelerado sustituyen a las pesadillas de hundimiento y absorción difíciles.
De este modo, la niña ideal, incorporal y anoréxica, el niño ideal, tartamudo y zurdo,
deben desprenderse de sus imágenes reales, voraces, glotonas y torpes.
Pero esta segunda dualidad, cuerpo-lenguaje, comer-hablar, no es suficiente. Hemos
visto que, aunque el sentido no existía fuera de la proposición que lo expresa, sin
embargo era atributo de los estados de cosas y no de la proposición. El acontecimiento
subsiste en el lenguaje, pero sobreviene a las cosas. Las cosas y las proposiciones están
menos en una dualidad radical que a uno y otro lado de una frontera representada por el
sentido. Esta frontera no los mezcla, no los reúne (no hay monismo ni dualismo), es más
bien como la articulación de su diferencia: cuerpo/lenguaje. Según la comparación del
acontecimiento con un vapor en la pradera, este vapor se eleva precisamente en la
frontera, en la bisagra de las cosas y las proposiciones. Hasta el punto de que la dualidad
se refleja de los dos lados, en cada uno de los dos términos. Del lado de la cosa, están
por una parte las cualidades físicas y relaciones reales, constitutivas del estado de cosas;
por otra parte, los atributos lógicos ideales que señalan los acontecimientos incorporales.
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Cuarta Serie, De las Dualidades
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Y, del lado de la proposición, están por una parte los nombres y adjetivos que designan el
estado de cosas; por la otra, los verbos que expresan los acontecimientos o atributos
lógicos. Por una parte, los nombres propios singulares, los sustantivos y adjetivos
generales que señalan medidas, paradas, descensos, presencias; por otra parte, los
verbos que arrastran con ellos al devenir y su tren de acontecimientos reversibles, y cuyo
presente se divide hasta el infinito en pasado y futuro. Humpty Dumpty distingue con
fuerza las dos clases dé palabras: «Algunas tienen carácter, especialmente los verbos:
son los más orgullosos. Con los adjetivos puede hacerse lo que se quiere, pero no con los
verbos. Y sin embargo, ¡yo puedo utilizarlos todos a mi gusto! ¡Impenetrabilidad! Esto es
lo que digo.» Y cuando Humpty Dumpty explica la insólita palabra «impenetrabilidad», da
una razón demasiado modesta («quiero decir que ya hemos hablado bastante de este
tema»). De hecho, impenetrabilidad quiere decir otra cosa muy distinta. Humpty Dumpty
opone la impasibilidad de los acontecimientos a las acciones y pasiones de los cuerpos, la
inconsumibilidad del sentido a la comestibilidad de las cosas, la impenetrabilidad de los
incorporales sin espesor a las mezclas y penetraciones recíprocas de las sustancias, la
resistencia de la superficie a la molicie de las profundidades, en una palabra, el «orgullo»
de los verbos a las complacencias-de sustantivos y adjetivos. E impenetrabilidad quiere
decir también la frontera entre los dos; y que quien está sentado en la frontera, como
Humpty Dumpty está sentado sobre su estrecha pared, dispone de ambos, amo
impenetrable de la articulación de su diferencia («sin embargo, yo puedo utilizarlos a
todos a mi gusto»).
Pero todavía no es suficiente. La última palabra de la dualidad no está en este regreso a
la hipótesis del Cratilo. La dualidad en la proposición no se da entre dos clases de
nombres, nombres de parada y nombres de devenir, nombres de sustancias o de
cualidades y nombres de acontecimientos, sino entre dos dimensiones de la proposición
misma: la designación y la expresión, la designación de cosas y la expresión de sentido.
Hay aquí como dos lados del espejo, pero lo que está a un lado no se parece a lo que
está del otro («todo el resto era lo más diferente posible...»). Pasar al otro lado del espejo
es pasar de la relación de designación a la relación de expresión: sin detenerse en los
intermediarios, manifestación y significación. Es llegar a una región en la que el lenguaje
ya no tiene relación con unos designados, sino solamente con unos expresados, es decir,
con el sentido. Este es el último desplazamiento de la dualidad: pasa ahora al interior de
la proposición.
El ratón cuenta que, cuando los señores planearon ofrecer la corona a Guillermo el
Conquistador, «el arzobispo encontró esto razonable». El pato pregunta: «¿Encontró
qué?» - Encontró esto -replicó el ratón muy irritado-, usted sabe perfectamente lo que esto
quiere decir» - «Por supuesto que sé lo que esto quiere decir cuando encuentro algo -dijo
el pato-; generalmente, es una rana o un gusano. La pregunta es: ¿qué encontró el
arzobispo?» Es evidente que el pato emplea y entiende esto como un término de
designación para todas las cosas, estados de cosas y cualidades posibles (indicador).
Añade incluso que lo designado es esencialmente lo que se come o se puede comer.
Cualquier designable o designado es en principio consumible, penetrable; Alicia señala
por otra parte que no puede «imaginar» sino alimentos. Pero el ratón empleaba esto de
un modo completamente diferente: como el sentido de una proposición previa, como el
acontecimiento expresado por la proposición (ir a ofrecer la corona a Guillermo). El
equívoco a propósito de esto se distribuye, pues, según la dualidad de la designación y la
expresión. Las dos dimensiones de la proposición se organizan en dos series que no
convergen sino en el infinito, en un término tan ambiguo como esto, ya que se encuentran
solamente en la frontera que no cesan de costear. Y una de las series recoge a su modo
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Cuarta Serie, De las Dualidades
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«comer», mientras que la otra extrae la esencia de «hablar». Por ello, en muchos poemas
de Carroll se asiste al desarrollo autónomo de dos dimensiones simultáneas, remitiendo la
una a unos objetos designados siempre consumibles o recipientes de consumo, y la otra a
sentidos siempre expresables, o por lo menos a objetos portadores de lenguaje y de
sentido, convergiendo las dos dimensiones tan sólo en una palabra esotérica, en un
aliquid no identificable. Como el estribillo del Snark: «Puedes acosarlo con dedales, y
también acosarlo con cuidado. Puedes cazarlo con tenedores y esperanza»; donde el
dedal y el tenedor se remiten a instrumentos designados, pero la esperanza y el cuidado a
consideraciones de sentido y acontecimientos (el sentido se presenta a menudo, en Lewis
Carroll, como aquello con lo que hay que «tener cuidado», el objeto de un «cuidado»
fundamental). La palabra extraña, el Snark, es la frontera perpetuamente costeada, a la
vez que trazada por las dos series. Más típica todavía, la admirable canción del jardinero
en Silvia y Bruno. Cada estrofa pone en juego dos términos de género muy diferente, que
se ofrecen a dos miradas distintas: «Pensaba que veía... Miró de nuevo y se dio cuenta
de que era...» El conjunto de estrofas desarrolla así dos series heterogéneas, hecha la
una de animales, seres u objetos consumidores o consumibles, descritos según sus
cualidades físicas, sensibles y sonoras, y la otra hecha de objetos o personajes
eminentemente simbólicos, definidos por atributos lógicos o, a veces, apelaciones de
parentesco, y portadores de acontecimientos, de noticias, mensajes o sentidos. En la
conclusión de cada estrofa, el jardinero traza un camino melancólico, bordeado a un lado
y otro por las dos series; pues esta canción, sepámoslo, es su propia historia.
«Creía ver un elefante,
un elefante que tocaba el pífano;
mirando mejor, vio que era
una carta de su esposa.
De esta vida, finalmente, dijo,
siento la amargura...
Creía ver un albatros
revoloteando en torno a la lámpara;
mirando mejor, vio que era
un sello de diez céntimos.
Debería volver a casa, dijo,
las noches son muy húmedas...
Creía ver un silogismo
demostrando que él era Papa;
mirando mejor, vio que era
un pedazo de jabón de mármol.
¡Dios mío, dijo, un hecho tan funesto
consuene toda esperanza!»1
1
La canción del jardinero, en Silvia y Bruno, está formada por nueve estrofas, de las que ocho están
dispersas en el primer tomo, la novena aparece en Sylvie and Bruno concluded (cap. 20). Una traducción del
conjunto está dada por Henri Parisot en Lewis Carroll, ed. Seghers, 1952, y por Robert Benayoun en su
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Cuarta Serie, De las Dualidades
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Anthologie du nonsense, Pauvert ed., 1957, págs. 180-182. [Para la traducción de los fragmentos de Lewis
Carroll, nos hemos apoyado en la traducción de Luis Maristany, Plaza y Janés, Barcelona, 1986. Nota del
Traductor de esta edición castellana]
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Cuarta Serie, De las Dualidades
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QUINTA SERIE
DEL SENTIDO
Ya que el sentido nunca está solamente en uno de los dos términos de una dualidad que
opone las cosas y las proposiciones, los sustantivos y los verbos, las designaciones y las
expresiones, ya que es también la frontera, el filo o la articulación de la diferencia entre
los dos, ya que dispone de una impenetrabilidad que le es propia y en la que se refleja,
debe desarrollarse en sí mismo en una serie de paradojas, esta vez interiores.
Paradoja de la regresión, o de la proliferación indefinida. Cuando designo algo, siempre
supongo que el sentido está comprendido, que está ya ahí. Como dice Bergson, no se va
de los sonidos a las imágenes, y de las imágenes al sentido: uno se instala «de golpe» en
el sentido. El sentido es como la esfera en la que ya estoy instalado para operar las
designaciones posibles, e incluso para pensar sus condiciones. El sentido está siempre
presupuesto desde el momento en que yo empiezo a hablar; no podría empezar sin este
presupuesto. En otras palabras, nunca digo el sentido de lo que digo. Pero, en cambio,
puedo siempre tomar el sentido de lo que digo como el objeto de otra proposición de la
que, a su vez, no digo el sentido. Entro entonces en la regresión infinita del presupuesto.
Esta regresión atestigua a la vez la mayor impotencia de aquel que habla, y la más alta
potencia del lenguaje: mi impotencia para decir el sentido de lo que digo, para decir a la
vez algo y su sentido, pero también el poder infinito del lenguaje de hablar sobre las
palabras. En resumen: dada una proposición que designa un estado de cosas, siempre
puede tomarse su sentido como lo designado de otra proposición. Si convenimos en
considerar la proposición como un nombre, sucede que todo nombre que designa un
objeto puede convertirse a su vez en objeto de un nuevo nombre que designe su sentido:
dado n1 remite a n2 que designa el sentido de n1, n2 a n3, etc. Para cada uno de estos
nombres, el lenguaje debe contener un nombre para el sentido de este nombre. Esta
proliferación infinita de entidades verbales es conocida como paradoja de Frege.1 Pero
también es la paradoja de Lewis Carroll. Aparece rigurosamente al otro lado del espejo,
en el encuentro de Alicia con el caballero. El caballero anuncia el título de la canción que
va a cantar: «El nombre que le dan es Ojos de Besugo.» - «Ah, ¿es ése el nombre de la
canción?» -dijo Alicia. - «No, no lo entiendes -dijo el caballero-. Ese es el nombre que le
dan. Pero su nombre, en realidad, es El hombre viejo viejo.» - «Entonces yo debería
haber dicho: "Así es como se llama la canción" -se autocorrigió Alicia. - « ¡No; eso ya es
otra cosa! La canción se llama Vías y medios: pero esto es sólo cómo se llama, no la
canción en sí misma, ¿lo ves?» - «Bien, ¿cuál es entonces la canción?» - «A eso iba
-concluyó el caballero- la canción es propiamente Sentado en una cerca.»
Este texto, que hemos traducido torpemente para ser fieles a la terminología de Carroll,
distingue una serie de entidades nominales. No sigue una regresión infinita sino,
precisamente para limitarse, procede según una progresión convencionalmente finita. Así
pues, debemos partir del final, restableciendo su regresión natural. 1°) Carroll dice: la
1
Véase G. Frege, Ueber Sinn und Bedeutung, Zeitschrift f. Ph. und Ph. Kr. 1892. El principio de una
proliferación infinita de las entidades ha suscitado en muchos lógicos contemporáneos resistencias poco
justificadas, por ejemplo en Carnap, Meaning and Necessity, Chicago, 1947, págs. 130-138.
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Quinta Serie, Del Sentido
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canción es en realidad «Sentado en una cerca». Porque la canción misma es una
proposición, un nombre (n1). «Sentado en una cerca» es este nombre, este nombre que
es la canción, y que aparece ya en la primera estrofa. 2°) Pero no es el nombre de la
canción: puesto que ella misma es un nombre, la canción se designa mediante otro
nombre. Este segundo nombre (n2), es «Vías y medios», que forma el tema de las 2.a, 3.a,
4.a y 5.a estrofas. «Vías y medios» es, pues, el nombre que designa a la canción o lo que
la canción es llamada. 3°) Pero el nombre real, añade Carroll, es «El hombre viejo viejo»,
que en efecto aparece en el conjunto de la canción. Porque el nombre designador tiene a
su vez un sentido que forma un nuevo nombre (n3). 4°) Pero este tercer nombre debe ser
designado a su vez por un cuarto. Es decir: el sentido de n2, o sea n3, debe ser designado
por n4. Este cuarto nombre, es lo que el nombre de la canción se llama: «Ojos de
besugo», que aparece en la 6a estrofa.
Hay pues cuatro nombres en la clasificación de Carroll: el nombre como realidad de la
canción; el nombre que designa esta realidad, que designa pues la canción, o que
representa lo que se llama la canción; el sentido de este nombre, que forma un nuevo
nombre o una nueva realidad; el nombre que designa esta nueva realidad, que designa
pues el sentido del nombre de la canción, o que representa lo que se llama el nombre de
la canción. Hemos de hacer varias observaciones: en primer lugar, Lewis Carroll se ha
limitado voluntariamente, dado que ni siquiera tiene en cuenta cada estrofa en particular, y
puesto que su presentación progresiva de la serie le permite un punto de partida
arbitrario, «Ojos de besugo». Pero es obvio que la serie, tomada en su sentido regresivo,
puede prolongar hasta el infinito la alternancia de un nombre real y de un nombre que
designa esta realidad. Se observará por otra parte que la serie de Carroll es mucho más
compleja que la que indicábamos hace un momento. Anteriormente, en efecto, sólo se
trataba de lo siguiente: un nombre que designa algo remite a otro nombre que designa su
sentido, hasta el infinito. En la clasificación de Carroll, esta situación precisa está
representada sólo por n2 y n4: n4 es el nombre que designa el sentido de n2. Ahora bien,
Lewis Carroll añade otros dos nombres: el primero, porque trata la cosa primitiva
designada como siendo ella misma un nombre (la canción); el tercero porque trata el
sentido del nombre designado como siendo él mismo un nombre, independientemente del
nombre que a su vez va a designarlo. Lewis Carroll forma pues la regresión con cuatro
entidades nominales que se desplazan hasta el infinito. Es decir: descompone cada
pareja, fija cada pareja, para sacar de ella una pareja suplementaria. Más adelante
veremos por qué. Pero podemos contentarnos con una regresión de dos términos
alternantes: el nombre que designa algo y el nombre que designa el sentido de este
primer nombre. Esta regresión de dos términos es la condición mínima de la proliferación
indefinida.
Esta expresión más simple aparece en un texto de Alicia, en el que la Duquesa encuentra
siempre la moral, la moraleja que hay que sacar de todas las cosas. Al menos de
cualquier cosa que sea una proposición. Porque, cuando Alicia no habla, la Duquesa se
queda sin recursos: «Estás pensando en algo, querida, y eso hace que te olvides de
hablar. Ahora mismo podría decirte cuál es la moraleja.» Pero, en cuanto Alicia habla, la
Duquesa encuentra las moralejas: «El juego marcha mejor ahora, ¿no?», dice Alicia. «Así
es -dijo la duquesa y la moraleja de eso es: "¡Ah, el amor, el amor, pone en marcha el
mundo!"» - «Alguien dijo -susurró Alicia- "¡que marcharía mucho mejor si cada cual se
ocupara de sus propios asuntos!"» - «¡Ah, bueno! Viene a ser lo mismo -dijo la
Duquesa..., y la moraleja de esto es: "Tú cuida el sentido, y los sonidos ya cuidarán de sí
mismos."» No se trata de asociaciones de ideas, de una frase a otra, es todo este pasaje:
la moraleja de cada proposición consiste en otra proposición que designa el sentido de la
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Quinta Serie, Del Sentido
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primera. Hacer del sentido el objeto de una nueva proposición, esto es, «tener cuidado del
sentido», en condiciones tales que las proposiciones proliferan, «los sonidos se cuidan de
sí mismos». Se confirma así la posibilidad de un vínculo profundo entre la lógica del
sentido, la ética y la moral o la moralidad.
Paradoja del desdoblamiento estéril o de la reiteración seca. Hay sin duda un medio de
evitar esta regresión hasta el infinito: se trata de fijar la proposición, de inmovilizarla, justo
el tiempo para extraer su sentido como esta fina película en el límite de las cosas y de las
palabras. (De ahí el desdoblamiento que acabamos de constatar en Carroll en cada etapa
de la regresión.) Pero ¿acaso es el destino del sentido que no se pueda prescindir de esta
dimensión, y que no se sepa qué hacer con ella en cuanto se la alcanza? ¿Qué se ha
hecho sino desprender un doble neutralizado de la proposición, seco fantasma, fantasma
sin espesor? Por ello, siendo expresado el sentido por un verbo en la proposición, se
expresa este verbo bajo una forma infinitiva, o participativa, o interrogativa: Dios-ser, o el
siendo-azul del cielo, o ¿es el cielo azul? El sentido opera la suspensión tanto de la
afirmación como de la negación. ¿Es éste el sentido de las proposiciones «Dios existe, el
cielo es azul»? Como atributo de los estados de cosas, el sentido es extra-ser, no es el
ser, sino un aliquid que conviene al no-ser. Como lo expresado de la proposición, el
sentido no existe, sino que insiste o subsiste en la proposición. Y esta esterilidad del
sentido-acontecimiento era uno de los puntos más destacables de la lógica estoica:
únicamente los cuerpos actúan y padecen, pero no los incorporales, que son solamente
resultado de las acciones y las pasiones. Esta paradoja podemos llamarla pues paradoja
de los estoicos. Hasta en Husserl resuena la declaración de una espléndida esterilidad de
lo expresado, que viene a confirmar el estatuto del noema: «El nivel de la expresión y éste
es su originalidad- si no confiere precisamente una expresión a todas las otras
intencionalidades, no es productivo. O si se prefiere: su productividad, su acción
noemática, se agotan en el expresar.»2
Extraído de la proposición, el sentido es independiente de ésta, ya que suspende su
afirmación o negación, y, sin embargo, no es sino su doble evanescente: exactamente la
sonrisa sin gato de Carroll, o la llama sin vela. Y las dos paradojas, de la regresión infinita
y del desdoblamiento estéril, forman los términos de una alternativa: o una u otra. La
primera nos fuerza a conjugar el más alto poder y la más alta impotencia, la segunda nos
impone una tarea análoga, que habrá que cumplir más tarde: conjugar la esterilidad del
sentido respecto a la proposición de la que se extrae, con su potencia de génesis en
cuanto a las dimensiones de la proposición. En todo caso, parece que Lewis Carroll fue
perfectamente consciente de que las dos paradojas formaban sin duda una alternativa. En
Alicia, los personajes sólo tienen dos posibilidades para secarse del baño de lágrimas en
el que han caído: o bien escuchar la historia del ratón, la historia más «seca» que
conocerse pueda, ya que aísla el sentido de una proposición en un esto fantasma; o bien,
lanzarse en una carrera de conjurados, en la que se da vueltas de proposición en
proposición, deteniéndose cuando uno quiere, sin vencedor ni vencido, en el circuito de
una proliferación infinita. De todos modos, la sequedad es lo que más tarde será llamado
impenetrabilidad. Y las dos paradojas representan las formas esenciales del tartamudeo,
la forma coreica o clónica de una proliferación convulsiva en círculo, y la forma tetánica o
tónica de una inmovilización entrecortada. Como se dice en «Poeta fit non nascitur»,
espasmo o silbido, las dos reglas del poema.
2
Husserl, Idées, § 124, ed. Gallimard, trad. Ricoeur, Pág. 421.
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Paradoja de la neutralidad, o del tercer estado de la esencia. A su vez, la segunda
paradoja nos empuja necesariamente a una tercera. Porque si el sentido como doble de la
proposición es indiferente tanto a la afirmación como a la negación, si no es ni activo ni
pasivo, ningún modo de la proposición puede afectarlo. El sentido permanece
estrictamente el mismo para proposiciones que se oponen, sea desde el punto de vista de
la cualidad, sea desde el punto de vista de la cantidad, desde el punto de vista de la
relación, o desde el de la modalidad. Porque todos estos puntos de vista conciernen a la
designación y a los diversos aspectos de su efectuación o cumplimiento por unos estados
de cosas, pero no al sentido o expresión. En primer lugar, la cualidad, afirmación y
negación «Dios existe» y «Dios no existe» deben tener el mismo sentido, en virtud de la
autonomía del sentido respecto a la existencia de lo designado. Esta es, en el siglo XIV, la
paradoja fantástica de Nicolas de Autrecourt, paradoja tantas y tantas veces objeto de
reprobación: contradictoria ad invicem idem significant.3
Luego, la cantidad: todos los hombres son blancos, ningún hombre no es blanco, algún
hombre no es blanco... Y la relación: el sentido debe seguir siendo el mismo para la
relación inversa, ya que la relación respecto a él se establece siempre en los dos sentidos
a la vez, en tanto que hace aflorar todas las paradojas del devenir loco. El sentido es
siempre doble sentido, y excluye que haya un buen sentido de la relación. Los
acontecimientos no son nunca causas unos de otros, pero entran en relaciones de
casi-causalidad, causalidad irreal y fantasmal que no deja de volverse en los dos sentidos.
No es a la vez ni en relación a la misma cosa que yo soy a la vez más joven y más viejo,
pero me vuelvo tal al mismo tiempo, y por la misma relación. De ahí los ejemplos
innumerables que recorren la obra de Carroll, en los que se muestra que «los gatos se
comen a los murciélagos» y «los murciélagos se comen a los gatos», «digo lo que
pienso» y «pienso lo que digo», «me gusta lo que me dan» y «me dan lo que me gusta»,
«respiro cuando duermo» y «duermo cuando respiro» tienen un único y mismo sentido.
Hasta el ejemplo final de Silvia y Bruno, en el que la joya roja que lleva la proposición
«Todo el mundo amará a Silvia» y la joya azul que lleva la proposición «Silvia amará a
todo el mundo» son los dos lados de una y la misma joya, que no se puede proferir nunca
más que a sí misma, según la ley del devenir (to chose a thing from itself).
Por último, la modalidad: ¿cómo la posibilidad, la realidad o la necesidad del objeto
designado podrían afectar a su sentido? Porque el acontecimiento por su lado debe tener
una sola y la misma modalidad, en el futuro y en el pasado según los cuales divide hasta
el infinito su presencia. Y si el acontecimiento es posible en el futuro, y real en el pasado,
es preciso que sea los dos a la vez, ya que se divide en ellos al mismo tiempo. ¿Quiere
esto decir que es necesario? Recordemos la paradoja de los futuros contingentes, y la
importancia que tuvo en todo el estoicismo. Ahora bien, la hipótesis de la necesidad
reposa sobre la aplicación del principio de contradicción a la proposición que enuncia un
futuro. Desde esta perspectiva, los estoicos hacen prodigios para escapar a la necesidad,
y para afirmar lo «fatal», pero no lo necesario.4 Conviene más bien salir de esta
perspectiva, aunque podamos encontrarnos la tesis estoica en otro plano. Porque el
principio de contradicción concierne, por una parte, a la imposibilidad de una efectuación
de designación, y por otra, al mínimo de una condición de significación. Pero tal vez no
concierna al sentido: ni posible, ni real, ni necesario, sino fatal... A la vez, el
acontecimiento subsiste en la proposición que lo expresa, y sobreviene a las cosas en la
3
Véase Hubert Elle op. cit., y Maurice de Gandillac, Le Mouvement doctrinal du IX- au XIVsècle, Blod et Gay,
1951.
4
Sobre la paradoja de los futuros contingentes y su importancia en el pensamiento estoicó, véase el estudio
de P. M. Schuhl, Le Dominateur et les possibles, PUF, 1960.
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superficie, en el exterior del ser: es esto lo «fatal», como veremos. También corresponde
al acontecimiento el ser dicho como futuro por la proposición, pero no corresponde menos
a la proposición el decir el acontecimiento como pasado. Precisamente porque todo pasa
por el lenguaje, y pasa en el lenguaje, una técnica general de Carroll consiste en
presentar el acontecimiento dos veces: una vez en la proposición en la que subsiste, y
otra en el estado de cosa en cuya superficie sobreviene. Una vez en la estrofa de una
canción que lo remite a la proposición, otra vez en el efecto de superficie que lo remite a
los seres, a las cosas, y los estados de cosas (por ejemplo, la batalla de Tweedledum y
Tweedledee, o la del león y el unicornio; y en Silvia y Bruno, donde Carroll pide al lector
que adivine si ha construido las estrofas de la canción del jardinero según los
acontecimientos, o los acontecimientos según las estrofas). Pero ¿es preciso decir dos
veces, ya que es siempre a la vez, ya que son las dos caras simultáneas de una misma
superficie cuyo interior y exterior, la «insistencia» y el «extra-ser», el pasado y el futuro,
están en continuidad siempre reversible?
¿Cómo podríamos resumir estas paradojas de la neutralidad que, todas, muestran al
sentido inafectado por los modos de la proposición? El filósofo Avicena distinguía tres
estados de la esencia: universal respecto al intelecto que la piensa en general; singular
respecto a las cosas particulares en las que se encarna. Pero ninguno de estos dos
estados es la esencia en sí misma: animal no es otra cosa que animal tan sólo, «animal
non est nisi animal tantum», indiferente tanto a lo universal como a lo singular, a lo
particular como a lo general5. El primer estado de la esencia es la esencia como
significada por la proposición, en el orden del concepto y de las implicaciones de
concepto. El segundo estado es la esencia como designada por la proposición en las
cosas particulares en las que se encarna. Pero el tercero es la esencia como sentido, la
esencia como expresado: siempre en esta sequedad, animal tantum, esta esterilidad o
neutralidad espléndidas. Indiferente a lo universal y a lo singular, a lo general y a lo
particular, a lo personal y a lo colectivo, pero también a la afirmación y a la negación, etc.
En una palabra: indiferente a todos los opuestos. Porque todos estos opuestos son
solamente modos de la proposición considerada en sus relaciones de designación y
significación, y no caracteres del sentido que ella expresa. ¿Es éste acaso el estatuto del
acontecimiento puro, y del fatum que lo acompaña, remontar así todas las oposiciones: ni
privado ni público, ni colectivo ni individual..., tanto más terrible y potente en esta
neutralidad cuanto que lo es todo a la vez?
Paradoja del absurdo, o de los objetos imposibles. De esta paradoja se desprende aún
otra: las proposiciones que designan objetos contradictorios tienen también un sentido.
Sin embargo, su designación no puede efectuarse en ningún caso; y no tienen ninguna
significación, que definiera el género de posibilidad de una tal efectuación. No tienen
significación, es decir, son absurdas. Pero no por ello dejan de tener un sentido, y las dos
nociones de absurdo y de sinsentido no deben confundirse. Y es que los objetos
imposibles -círculo cuadrado, materia inextensa, perpetuum mobile, montaña sin valle,
etc. son objetos «sin patria», en el exterior del ser, pero que tienen una posición precisa y
distinta en el exterior: son el «extra-ser», puros acontecimientos ideales inefectuables en
un estado de cosas. Debemos llamar a esta paradoja de Meinong, que supo extraer sus
efectos más bellos y brillantes. Si distinguimos dos clases de seres, el ser de lo real como
materia de las designaciones, y el ser de lo posible como forma de las significaciones,
debemos añadir todavía este extra-ser que define un mínimo común a lo real y a lo
posible y a lo imposible. Porque el principio de contradicción se aplica a lo posible y a lo
5
Véanse los comentarios de Etienne Gilson, L'Etre et l'essence, ed. eran, 1948, págs. 120-123.
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real, pero no a lo imposible: los imposibles son extraexistentes, reducidos a este mínimo,
y como tales insisten en la proposición.
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SEXTA SERIE
SOBRE LA SERIALIZACIÓN
La paradoja de la que derivan todas las demás es la de la regresión indefinida. Ahora
bien, la regresión tiene necesariamente una forma serial: cada nombre tiene un sentido
que debe ser designado por otro nombre, n1 → n2 → n3 → n4 ... Si consideramos
solamente la sucesión de los nombres, la serie opera una síntesis de lo homogéneo, no
distinguiéndose cada nombre del precedente más que por su rango, su grado o su tipo: de
acuerdo con la teoría de los «tipos», en efecto, cada nombre que designa el sentido de
otro anterior es de un grado superior a este nombre y a lo que él designa. Pero si
consideramos, no ya la simple sucesión de nombres, sino lo que se alterna en esta
sucesión, veremos que cada nombre se toma en primer lugar en la designación que
opera, y luego en el sentido que expresa, ya que es este sentido quien sirve de designado
para el otro nombre: la ventaja de la presentación de Lewis Carroll consistía precisamente
en hacer aparecer esta diferencia de naturaleza. Esta vez se trata de una síntesis de lo
heterogéneo; o, más bien, la forma serial se realiza necesariamente en la simultaneidad
de dos series por lo menos. Cualquier serie única, cuyos términos homogéneos se
distingan solamente por el tipo o el grado, subsume necesariamente dos series
heterogéneas, constituida cada serie por términos del mismo tipo o grado, pero que
difieren por naturaleza de los de la otra serie (por supuesto, también pueden diferir en
grado). La forma serial es pues esencialmente multiserial. Esto ya ocurre así en
matemáticas, en las que una serie construida en la vecindad de un punto no tiene interés
más que en función de otra serie, construida alrededor de otro punto, y que converge o
diverge con la primera. Alicia es la historia de una regresión oral; pero «regresión» debe
entenderse primeramente en un sentido lógico, el de la síntesis de los nombres; y la forma
de homogeneidad de esta síntesis subsume dos series heterogéneas de la oralidad,
comer-hablar, cosas consumibles-sentidos expresables. De este modo, es la forma serial
misma la que nos remite a las paradojas de la dualidad que acabamos de describir, y nos
obliga a retomarlas desde este nuevo punto de vista.
En efecto, las dos series heterogéneas pueden ser determinadas de diversas maneras.
Podemos considerar una serie de acontecimientos, y una serie de cosas en las que estos
acontecimientos se efectúan o no; o bien, una serie de proposiciones designadoras y una
serie de cosas designadas; o bien, una serie de verbos y una serie de adjetivos y
sustantivos; o bien, una serie de expresiones y de sentidos y una serie de designaciones
y de designados. Estas variaciones no tienen importancia ninguna, ya que solamente
representan grados de libertad para la organización de series heterogéneas: es la misma
dualidad, como hemos visto, la que pasa en el exterior entre los acontecimientos y los
estados de cosas, en la superficie entre las proposiciones y los objetos designados, y en
el interior de la proposición entre las expresiones y las designaciones. Pero, lo que es
más importante, podemos construir las dos series bajo una forma aparentemente
homogénea: podemos considerar entonces dos series de cosas o de estados de cosas; o
bien, dos series de acontecimientos; o bien, dos series de proposiciones, de
designaciones; o bien, dos series de sentidos o de expresiones. ¿Quiere con ello decirse
que la constitución de series está confiada a lo arbitrario?
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Sexta Serie, Sobre la Serialización
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La ley de las dos series simultáneas es que nunca son iguales. Una representa el
significante, la otra el significado. Pero, a causa de nuestra terminología, estos dos
términos toman una acepción particular. Llamamos «significante» a cualquier signo en
tanto que presenta en sí mismo un aspecto cualquiera del sentido; «significado», al
contrario, es lo que sirve de correlato a este aspecto del sentido, es decir, lo que se define
en dualidad relativa con este aspecto. Lo que es significado, nunca es el sentido mismo.
Lo que es significado, en una acepción restringida, es el concepto; y en una acepción
amplia, es todo lo que puede ser definido por la distinción que tal o cual aspecto del
sentido mantiene con él. De este modo, el significante es primeramente el acontecimiento
como atributo lógico ideal de un estado de cosas, y el significado es el estado de cosas
con sus cualidades y relaciones reales. Luego, el significante es la proposición en su
conjunto en tanto que entraña dimensiones de designación, manifestación y significación
en sentido estricto; y el significado es el término independiente que corresponde a estas
dimensiones, es decir, el concepto, pero también la cosa designada o el sujeto
manifestado. Finalmente, el significante es la única dimensión de expresión que posee
efectivamente el privilegio de no ser relativa a un término independiente, puesto que el
sentido como expresado no existe fuera de la expresión; y entonces, el significado es así
la designación, la manifestación o incluso la significación en sentido estricto, es decir, la
proposición en tanto que el sentido o lo expresado se distingue de ella. Ahora bien,
cuando se extiende el método serial, considerando dos series de acontecimientos, o bien
dos series de cosas, o bien dos series de proposiciones, o bien dos series de
expresiones, la homogeneidad sólo es aparente: siempre una tiene el papel de
significante, y la otra un papel de significado, incluso si estos papeles se intercambian
cuando cambiamos de punto de vista.
Jacques Lacan puso de manifiesto la existencia de dos series en un relato de Edgar Poe.
Primera serie: el rey que no ve la carta comprometedora recibida por su mujer; la reina,
aliviada por haberla escondido tan bien al dejarla a la vista; el ministro que lo ve todo, y se
apodera de la carta.1 Es evidente que las diferencias entre series pueden ser más o
menos grandes: muy grandes en algunos autores, muy pequeñas en otros que no
introducen sino variaciones infinitesimales, pero no por ello menos eficaces. Es también
evidente que la relación de las series, lo que remite la significante a la significada, lo que
pone en relación a la significada con la significante, puede ser asegurado del modo más
simple, mediante la continuación de una historia, la semejanza de situaciones, la identidad
de los personajes. Pero nada de todo ello es esencial. Por el contrario, lo esencial
aparece cuando las diferencias pequeñas o grandes prevalecen sobre las semejanzas,
cuando son primeras, es decir, cuando dos historias completamente diferentes se
desarrollan simultáneamente, cuando los personajes tienen una identidad vacilante y mal
determinada.
Podemos citar varios autores que han sabido crear técnicas seriales de un formalismo
ejemplar. Joyce asegura la relación de la serie significante Bloom con la serie significante
Ulises gracias a múltiples formas que implican una arqueología de los modos del relato,
un sistema de correspondencias entre números, un prodigioso empleo de palabras
esotéricas, un método de preguntas-respuestas, una instauración de corrientes de
pensamiento, de trenes de pensamiento múltiples (¿el double thinking de Carroll?).
Raymond Roussel funda la comunicación de las series en una relación fonemática («las
bandas del viejo pillard» [saqueador], «las bandas del viejo billard» [billar]= b/p), y colma
1
Jacques Lacan, Ecrits, ed. du Seuil, 1966, «Le Séminaire sur la Lettre volée».
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Sexta Serie, Sobre la Serialización
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toda la diferencia con una historia maravillosa en la que la serie significante p se junta con
la historia significada b: historia tanto más enigmática cuanto, en este procedimiento en
general, la serie significada puede permanecer oculta.2 Robbe-Grillet establece sus series
de descripciones de estados de cosas, de designaciones rigurosas con pequeñas
diferencias, haciéndolas girar alrededor de temas inmóviles, pero prestos a modificarse y
a desplazarse en cada serie de modo imperceptible. Pierre Klossowski cuenta con el
nombre propio Roberte, no para designar un personaje y manifestar su identidad, sino al
contrario para expresar una «intensidad primera», para distribuir su diferencia y producir
su desdoblamiento según dos series: la primera, significante, que remite al «marido que
no se imagina a su mujer de otro modo que sorprendida por dejarse sorprender», la
segunda, significada, que remite a la mujer «entregándose a iniciativas que deberían
convencerla de su libertad, cuando no hacen sino confirmar la visión de su esposo».3
Witold Gombrowicz establece una serie significante de animales ahorcados (pero
¿significando qué?) y una serie significada de bocas femeninas (pero ¿significadas en
qué?), desarrollando cada serie un sistema de signos, a veces por exceso, a veces por
defecto, y comunicando con la otra por medio de extraños objetos que se interfieren, y por
las palabras esotéricas que pronuncia León.4
Tres caracteres permiten precisar la relación y la distribución de las series en general. En
primer lugar, los términos de cada serie están en perpetuo desplazamiento relativo
respecto a los de la otra (por ejemplo, el lugar del ministro en las dos series de Poe). Hay
un desfase esencial. Este desfase, este desplazamiento, no es en absoluto un disfraz
para encubrir u ocultar la semejanza de las series, introduciendo en ellas variaciones
secundarias. Este desplazamiento relativo es, al contrario, la variación primaria sin la cual
cada serie no se desdoblaría en la otra, constituyéndose en este desdoblamiento y
relacionándose con la otra sólo mediante esta variación. Hay pues un doble deslizamiento
de una serie sobre la otra, o bajo la otra, que las constituye a las dos en perpetuo
desequilibrio de una respecto de la otra. En segundo lugar, este desequilibrio mismo debe
ser orientado: una de las dos series, precisamente la determinada como significante,
presenta un exceso sobre la otra; siempre hay un exceso de significante por en medio.
Finalmente, el punto más importante, lo que asegura el desplazamiento relativo de las dos
series y el exceso de una sobre otra, es una instancia muy especial y paradójica que no
puede reducirse a ningún término de las series, a ninguna relación entre estos términos.
Por ejemplo: la carta, según el comentario que Lacan hace del relato de Edgar Poe. O
también el comentario del mismo Lacan al caso freudiano del Hombre de los lobos,
cuando señala la existencia de series en el inconsciente, la serie paterna. significada y la
serie filial significante, y muestra el papel particular en ambas de un elemento especial: la
deuda.5 En Finnegan's Wake, también es una carta lo que hace comunicar a todas las
series del mundo en un caos-cosmos. En Robbe-Grillet, las series de designación son
tanto más rigurosas, y rigurosamente descriptivas, cuanto que convergen en la expresión
de objetos indeterminados, o sobredeterminados, como la goma, la cuerdecilla o la
mancha del insecto. Según Klossowski, el nombre Roberte expresa una «intensidad», es
decir, una diferencia de intensidad, antes que designar o manifestar «unas» personas.
2
Véase Michel Foucault, Raymond Roussel, Gallimard, 1963, cap. 2 (y, particularmente sobre las series, en
págs. 78 y sigs.).
3
Pierre Klossowski, Les Lois de I'hospitalité, Gallimard, 1965.
4
Witold Gombrowicz, Cosmos, Denoél, 1966. Sobre todo lo que precede, véase Apéndice I.
5
Véase el texto de Lacan, esencial para un método serial, pero que no está recogido en los Ecrits: «Le Mythe
individuel du névrosé», CDU.
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Sexta Serie, Sobre la Serialización
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¿Cuáles son los caracteres de esta instancia paradójica? Que no cesa de circular en las
dos series. Por ello, asegura su comunicación. Es una instancia de dos caras, igualmente
presente en la serie significante y en la serie significada. Es el espejo. Del mismo modo,
también es a la vez palabra y cosa, nombre y objeto, sentido y designado, expresión y
designación, etc. Así asegura la convergencia de las dos series que recorre, pero con la
condición precisamente de hacerlas divergir sin cesar. Y es que tiene como propiedad
estar siempre desplazada respecto de sí misma. Si los términos de cada serie están
relativamente desplazados, unos en relación a otros, es ante todo por que contienen un
lugar absoluto, pero este lugar absoluto se encuentra siempre determinado por su
distancia con este elemento que no cesa de desplazarse respecto de sí mismo en las dos
series. De la instancia paradójica hay que decir que nunca está donde se la busca, y que,
inversamente, no se la encuentra donde está. Falta a su lugar, dice Lacan6 Y, del mismo
modo, falta a su propia identidad, falta a su propia semejanza, falta a su propio equilibrio,
falta a su propio origen. De las dos series que anima no debe decirse pues que una es la
originaria y la otra derivada. Ciertamente, pueden ser originaria o derivada una en relación
a la otra. Pueden ser sucesivas una en relación a la otra. Pero son estrictamente
simultáneas respecto de la instancia en la que se comunican. Son simultáneas sin ser
nunca iguales, ya que la instancia tiene dos caras, una de las cuales siempre falta a la
otra. Le es propio, pues, estar en exceso en la serie que constituye como significante pero
también en defecto en la otra que constituye como significado: desapareada,
desemparejada por naturaleza, o por su relación consigo misma. Su exceso remite
siempre a su propio defecto, e inversamente. Hasta el punto de que estas determi-
naciones son todavía relativas. Porque lo que está en exceso por un lado, ¿qué es sino
un lugar vacío extremadamente móvil? Y lo que está en defecto del otro lado, ¿no es
acaso un objeto muy móvil, ocupante sin lugar, siempre supernumerario y siempre
desplazado?
En verdad, no hay elemento más extraño que esta cosa de dos caras, con dos «mitades»
desiguales o impares. Como en un juego, asistimos a la combinación de la casilla vacía y
el desplazamiento perpetuo de una pieza. O mejor, como en la tienda de la oveja: allí,
Alicia experimenta la complementariedad del «estante vacío» y de «la cosa brillante que
siempre está encima», del lugar sin ocupante y del ocupante sin lugar. «Lo que más
extraño (oddest: lo más desapareado, lo más desemparejado) era que, cada vez que
Alicia observaba un estante cualquiera para contar exactamente lo que había, este
estante en particular estaba absolutamente vacío, mientras que los otros estaban llenos a
reventar. Cómo se desvanecen las cosas aquí, dijo finalmente con un tono pesaroso, tras
haber pasado alrededor de un minuto persiguiendo inútilmente a una gran cosa brillante
que tan pronto parecía una muñeca como un costurero, y que siempre se encontraba en
el estante superior al que ella miraba. Voy a seguirla hasta la estantería más alta.
Supongo que no se atreverá a atravesar el techo. Pero incluso este plan fracasó: la cosa
pasó tan tranquila a través del techo, como si estuviera muy acostumbrada a ello.»
6
Ecrits, pág. 25. La paradoja que describimos aquí debe ser llamada paradoja de Lacan. Testimonia una
inspiración carrolliana frecuentemente presente en sus escritos.
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Sexta Serie, Sobre la Serialización
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SÉPTIMA SERIE
DE LAS PALABRAS ESOTÉRICAS
Lewis Carroll es el explorador, el instaurador de un método serial en literatura. En él se
encuentran varios procedimientos de desarrollos en series. En primer lugar, dos series de
acontecimientos con pequeñas diferencias internas, reguladas por un objeto extraño: por
ejemplo, en Silvia y Bruno, el accidente de un joven ciclista se encuentra desplazado de
una serie a otra (capítulo 23). Y sin duda estas dos series son sucesivas, una respecto de
la otra, pero simultáneas respecto del objeto extraño, en este caso un reloj con ocho
manecillas y clavija inversa, que no va con el tiempo, sino al revés, el tiempo con él. Hace
que vuelvan los acontecimientos de dos modos, a la inversa en un devenir-loco, o con
pequeñas variaciones en un fatum estoico. El joven ciclista, que se cae en una caja en la
primera serie, pasa ahora indemne. Pero cuando las manecillas vuelven a su posición,
yace de nuevo herido sobre el carro que le conduce al hospital: como si el reloj hubiera
sabido conjurar el accidente, es decir la efectuación temporal del acontecimiento, pero no
el Acontecimiento mismo, el resultado, la herida en tanto que verdad eterna... O bien, en
la segunda parte de Silvia y Bruno (capítulo 2), una escena que reproduce una escena de
la primera parte, con muy pocas diferencias (el lugar variable del anciano, determinado
por la «bolsa», objeto extraño que se encuentra desplazado respecto de sí mismo, puesto
que, para ponerla en su lugar, la heroína se ve obligada a correr a una velocidad
fantástica).
En segundo lugar, dos series de acontecimientos con grandes diferencias internas
aceleradas, reguladas por proposiciones, o por lo menos por ruidos, onomatopeyas. Es la
ley del espejo, tal como la describía Lewis Carroll: «Todo lo que podía verse de la antigua
habitación era muy corriente y sin interés, pero todo lo demás era absolutamente
diferente.» Las series sueño-realidad de Silvia y Bruno están construidas según esta ley
de divergencia, con los desdoblamientos de personajes de una serie a otra, y sus
redesdoblamientos en cada una. En el prefacio de la segunda parte, Carroll dibuja un
cuadro detallado de estados, humanos y mágicos, que garantiza la correspondencia de
las dos series en cada pasaje del libro. Los pasos entre series, sus comunicaciones, están
asegurados generalmente por una proposición que empieza en una y acaba en la otra, o
por una onomatopeya, un ruido del que participan las dos. (No comprendemos por qué los
mejores comentadores de Carroll, especialmente los franceses, ponen tantas reservas y
críticas ligeras a Silvia y Bruno, obra maestra que muestra técnicas enteramente
renovadas respecto de Alicia y el Espejo.)
En tercer lugar, dos series de proposiciones (o bien, una serie de proposiciones y una
serie de «consumiciones», o bien una serie de expresiones puras y una serie de
designaciones) con una fuerte disparidad, reguladas por una palabra esotérica. Pero
primeramente debemos considerar que las palabras esotéricas de Carroll son de tipos
muy diferentes. Un primer tipo se contenta con contraer los elementos silábicos de una
proposición o de varias que se siguen: así, en Silvia y Bruno (capítulo 1), «y'reince» en
lugar de Your royal Highness. Esta contracción pretende extraer el sentido global de la
proposición entera para nombrarlo con una sola sílaba, «Monosílabo impronunciable»,
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Séptima Serie, De las Palabras Esotéricas
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como dice Carroll. Se conocen otros procedimientos, ya en Rabelais y Swift: por ejemplo,
el alargamiento silábico con sobrecarga de consonantes, o bien la simple desvocalización,
conservando solamente las consonantes (como si fueran ellas las que expresaran el
sentido, y las vocales no fueran sino elementos de designación), etc.1 De cualquier forma,
las palabras esotéricas de este primer tipo forman una conexión, una síntesis de sucesión
que remite a una sola serie.
Las palabras esotéricas propias de Lewis Carroll son de otro tipo. Se trata de una síntesis
de coexistencia, que se propone asegurar la conjunción de dos series de proposiciones
heterogéneas, o de dimensiones de proposiciones (lo que es lo mismo, ya que siempre se
pueden construir las proposiciones de una serie haciéndolas encarnar particularmente en
una dimensión). Hemos visto que el gran ejemplo era la palabra Snark: circula a través de
las dos series de la oralidad, alimenticia y semiológica, o las dos dimensiones de la
proposición, designadora y expresiva. Silvia y Bruno nos da otros ejemplos: el Phlizz, fruto
sin sabor, o el Azzigoom-Pudding. La variedad de estos nombres se explica fácilmente:
ninguno de ellos es la palabra circulante misma, sino más bien un nombre para designarla
(«lo que la palabra se llama»). La palabra circulante misma es de otra naturaleza: en
principio, es la casilla vacía, la estantería vacía, la palabra blanca, como Lewis Carroll en
ocasiones aconseja a los tímidos que dejen en blanco ciertas palabras en las cartas que
escriben. Esta palabra también se «llama» nombres que señalan evanescencias y
desplazamientos: el Snark es invisible y el Phlizz es casi una onomatopeya de lo que se
desvanece. O bien, se llama con nombres completamente indeterminados: aliquid, it, esto,
cosa, chisme o trasto (véase el esto en la historia del ratón, o la cosa en la tienda de la
oveja). O, finalmente, no tiene nombre en absoluto, sino que es nombrado por todo el
estribillo de una canción que circula a través de las estrofas y las hace comunicar; o,
como en la canción del jardinero, por una conclusión de cada estrofa que pone en
comunicación a los dos géneros de premisas.
En cuarto lugar, series de gran ramificación, reguladas por palabras-valija, y constituidas
en su caso por palabras esotéricas de un tipo precedente. En efecto, las palabras-valija
son también palabras esotéricas de un nuevo tipo: se las define en primer lugar diciendo
que contraen varias palabras y envuelven varios sentidos («frumioso» = fumante +
furioso). Pero, todo el problema consiste en saber cuándo las palabras-valija se hacen
necesarias. Porque siempre se pueden encontrar palabras-valija; casi todas las palabras
esotéricas pueden interpretarse de este modo. A fuerza de buena voluntad, a fuerza de
arbitrariedad, también. Pero, en verdad, la palabra-valija sólo está fundada y formada
necesariamente si coincide con una función particular de la palabra esotérica que
pretende designar. Por ejemplo, una palabra esotérica con una simple función de
contracción sobre una sola serie (y'reince) no es una palabra-valija; por ejemplo también,
en el célebre Jabberwocky, gran número de palabras dibujan una zoología fantástica,
toves
pero
no
forman
necesariamente
palabras-valija:
así,
los
(tejones-lagartos-sacacorchos), los borogoves (pájaros-escobas), los raths (cerdos
verdes); o el verbo out gribe (mugir-estornudar-silbar)2 Por ejemplo, finalmente, una
1
Sobre los procedimientos de Rabelais y de Swift, véase la clasificación de Emile Pons, en las OEuvres de
Swift, Pléiade, págs. 9-12.
2
Henri Parisot y Jacques B. Brunius, han dado dos bellas traducciones del Jabbenvocky. La de Parisot está
reproducida en su Lewis Carroll, ed. Seghers; la de Brunius, con comentarios sobre las palabras, en los
Cahiers du Sud, 1948, n. 287. Los dos citan también versiones del Jabberwocky en diversos idiomas.
Nosotros tomamos prestados los términos de los que nos servimos tanto de Parisot como de Brunius.
Tendremos que considerar más adelante la transcripción que Antonin Artaud hizo de la primera estrofa: ese
admirable texto plantea problemas que no son ya los de Carroll.
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Séptima Serie, De las Palabras Esotéricas
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palabra esotérica que subsume dos series heterogéneas no es necesariamente una
palabra-valija: acabamos de ver que esta doble función de subsunción era cumplida
suficientemente por palabras del tipo Phlizz, cosa, esto...
Sin embargo, ya a estos niveles, pueden aparecer palabras-valija. Snark es una
palabra-valija, que designa simplemente a un animal fantástico o compuesto: shark +
snake, tiburón + serpiente. Pero sólo secundaria o accesoriamente es una palabra-valija,
porque su contenido como tal no coincide con su función como palabra esotérica. Por su
contenido remite a un animal compuesto, mientras que por su función connota dos series
heterogéneas, de las que solamente una concierne a un animal, aunque compuesto, y la
otra concierne a un sentido incorporal. No es pues por su aspecto de «valija» que cumple
su función. En cambio, Jabberwock es sin duda un animal fantástico, pero es también una
palabra-valija cuyo contenido coincide esta vez con la función. En efecto, Carroll sugiere
que está formada por wocer o wocor, que significa retoño, fruto, y por Jabber, que
expresa una discusión voluble, animada, charlatana. Es, pues, en tanto que palabra-valija
que Jabberwock connota dos series análogas a las del Snark, la serie de la descendencia
animal o vegetal que concierne a objetos designables y consumibles, y la serie de la
proliferación verbal que concierne a sentidos expresables. Pero, hay que añadir que estas
dos series pueden ser connotadas de otro modo, y que la palabra-valija no encuentra ahí
el fundamento de su necesidad. La definición de palabra-valija, como contracción de
varias palabras que encierra varios sentidos, no es pues sino una definición nominal.
Comentando la primera estrofa del Jabberwocky, Humpty Dumpty presenta como
palabras-valija: slithy («liguncoso» = ligero-untuoso-viscoso); mimsy («endriste» =
endeble-triste)... Aquí nuestras dificultades aumentan. Vemos que en cada ocasión hay
varias palabras y varios sentidos contraídos; pero estos elementos se organizan
fácilmente en una sola serie para componer un sentido global. No vemos pues cómo se
distingue la palabra-valija de una contracción simple o de una síntesis de sucesión
conectiva. Por supuesto, podemos introducir una segunda serie; el mismo Carroll
explicaba que las posibilidades de interpretación eran infinitas. Por ejemplo, podemos
reducir el Jabberwocky al esquema de la canción del jardinero, con sus dos series de
objetos desiguales (animales consumibles) de objetos portadores de sentidos (seres
simbólicos o funcionales del tipo «empleado de banca», «sello», «diligencia», o incluso
«acción de ferrocarriles», como en el Snark). Es posible entonces interpretar el final de la
primera estrofa como significando, por una parte, al modo de Humpty Dumpty: «los cerdos
verdes (raths), lejos de su casa (mome = from home) mugían-estornudaban-silbaban
(outgrabe)»; pero también como significando, por otra parte: «los tipos de interés, las
cotizaciones preferenciales (rath = yate + rather), lejos de su punto de partida, estaban
fuera de alcance (outgrab)». Pero, en esta dirección, cualquier interpretación serial puede
ser aceptada, y no vemos cómo la palabra-valija se distingue de una síntesis conjuntiva
de coexistencia, o de una palabra esotérica cualquiera que asegure la coordinación de
dos o varias series heterogéneas.
Carroll da la solución en el prefacio a La caza del Snark. «Se me pregunta: ¿Bajo qué rey,
di, piojoso? ¡Habla o muere! No sé si el rey era William o Richard. Entonces, contesto
rilchiam.» Resulta que la palabra-valija está fundada en una estricta síntesis disyuntiva. Y,
aunque nos encontremos ante un caso particular, descubriremos la ley de la palabra-valija
en general, a condición de extraer cada vez la disyunción que podía estar oculta. Así,
para «frumioso» (furioso y fumante): «Por poco que vuestros pensamientos se inclinen del
lado de fumante, diréis fumante-furioso; si se fijan, aunque sólo fuera por un pelo, del lado
de furioso, diréis furioso-fumante; pero si tenéis este don de los más raros, un espíritu
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Séptima Serie, De las Palabras Esotéricas
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perfectamente equilibrado, diréis frumioso.» Así pues, la disyunción necesaria no está
entre fumante y furioso, porque puede perfectamente tratarse de los dos a la vez, sino
entre fumante-furioso por una parte, y furioso-fumante por otra. En este sentido, la función
de la palabra-valija consiste siempre en ramificar la serie en la que se inserta. Nunca
existe sola: llama a otras palabras-valija que la preceden o la siguen, y que hacen que
toda serie esté ya ramificada en principio y sea todavía ramificable. Michel Butor dice muy
bien: «Cada una de estas palabras puede convertirse en un cambio de agujas ferroviario,
e iremos de la una a la otra a través de una multitud de trayectos; de ahí, la idea de un
libro que no cuente simplemente una historia, sino un mar de historias.»3 Así pues
podemos contestar a la pregunta que planteábamos al principio: cuando la palabra
esotérica no tiene por función solamente connotar o coordinar dos series heterogéneas,
sino también introducir disyunciones en ellas, entonces la palabra-valija es necesaria o
está necesariamente fundada; es decir, que la palabra esotérica misma es entonces
«llamada» o designada por una palabra-valija. La palabra esotérica en general remite a la
vez a la casilla vacía y al ocupante sin lugar. Pero debemos distinguir tres clases de
palabras esotéricas en Lewis Carroll: las contractantes, que operan una síntesis de
sucesión sobre una sola serie y actúan sobre los elementos silábicos de una proposición
o de un conjunto de proposiciones, para extraer su sentido compuesto («conexión»); las
circulantes, que operan una síntesis de coexistencia y de coordinación entre dos series
heterogéneas, y que actúan directamente de una vez sobre el sentido respectivo de estas
series («conjunción»); y las disyuntivas o palabras-valija, que operan una ramificación
infinita de las series coexistentes, y actúan a la vez sobre las palabras y los sentidos, los
elementos silábicos y semiológicos («disyunción»). La función ramificante o la síntesis
disyuntiva es lo que da la definición real de la palabra-valija.
3
Michel Butor, Introduction aux fragments de «Finnegans Wake», Gallimard, 1962, pág. 12.
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Séptima Serie, De las Palabras Esotéricas
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OCTAVA SERIE
DE LA ESTRUCTURA
Lévi-Strauss indica una paradoja análoga a la de Lacan, en forma de antinomia: dadas
dos series, una significante y otra significada, una presenta un exceso y otra un defecto,
por los cuales se remiten una a otra en eterno desequilibrio, en perpetuo desplazamiento.
Como dice el héroe de Cosmos siempre hay demasiados signos significantes. Y es que el
significante primordial es del orden del lenguaje; ahora bien, sin tener en cuenta el modo
como se adquiera el lenguaje, los elementos del lenguaje han debido darse todos a la
vez, de un golpe, porque no existen independientemente de sus relaciones diferenciales
posibles. Pero el significado en general es del orden de lo conocido; ahora bien, lo
conocido está sometido a la ley de un movimiento progresivo que va de parte en parte,
partes extra partes. Y sean cuales fueren las totalizaciones que opere el conocimiento,
siguen siendo asíntotas a la totalidad virtual de la lengua o del lenguaje. La serie
significante organiza una totalidad previa mientras que la significada ordena totalidades
producidas. «El Universo ha significado mucho antes de que se comenzara a saber lo que
significaba... El hombre dispone desde su origen de una integralidad de significante que
es muy difícil asignar a un significado, dado como tal sin ser por ello conocido. Siempre
hay una inadecuación entre los dos.»1
Esta paradoja podría ser llamada paradoja de Robinson. Porque es evidente que
Robinson en su isla desierta no puede reconstruir un análogo de sociedad si no es
dándose de una vez todas las reglas y leyes que se implican recíprocamente, aun cuando
todavía éstas no tengan objetos. Por el contrario, la conquista de la naturaleza es
progresiva, parcial, parte a parte. Una sociedad cualquiera tiene todas las reglas a la vez,
jurídicas, religiosas, políticas, económicas, del amor y del trabajo del parentesco y del
matrimonio, de la servidumbre y de la libertad, de la vida y de la muerte, mientras que su
conquista de la naturaleza sin la cual dejaría de ser una sociedad, se hace
progresivamente, de fuente en fuente de energía, de objeto en objeto. Por ello, la ley pesa
con todo su peso, incluso antes de que se sepa cuál es su objeto, y sin que pueda
saberse nunca exactamente. Este desequilibrio es lo que hace posible las revoluciones: y
no porque las revoluciones estén determinadas por el progreso técnico sino porque las
hace posibles esta distancia entre las dos series, que exige reajustes de la totalidad
económica y política en función de las partes de progreso técnico. Hay pues dos errores,
en realidad el mismo: el del reformismo o la tecnocracia, que pretende promover o
imponer ajustes parciales de las relaciones sociales según el ritmo de las adquisiciones
técnicas; el del totalitarismo, que pretende constituir una totalización de lo significable y lo
conocido sobre el ritmo de la totalidad social existente en tal momento. Por esto el
tecnócrata es el amigo natural del dictador, ordenadores y dictadura, pero el
revolucionario vive en la distancia que separa el progreso técnico de la totalidad social,
inscribiendo allí su sueño de revolución permanente. Pero este sueño es por sí mismo
1
Véase la introducción de Lévi-Strauss a Sociologie et Anthropologie de Marcel Mauss, PUF, 1950, págs.
48-49.
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Octava Serie, De la Estructura
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acción, realidad, amenaza efectiva sobre cualquier orden establecido, y hace posible
aquello en lo que sueña.
Volvamos a la paradoja de Lévi-Strauss: dadas dos series, significante y significada, hay
un exceso natural de la serie significante y un defecto natural de la serie significada. Hay
necesariamente «un significante flotante, que es la servidumbre de todo pensamiento
finito, pero también la prenda de todo arte, toda poesía, toda invención mítica y estética»;
y añadimos: de toda revolución. Y además hay, del otro lado, una especie de significado
flotado, dado por el significante «sin ser por ello conocido», sin ser por ello asignado ni
realizada. Lévi-Strauss propone interpretar así las palabras chisme o trasto, algo, aliquid,
pero también el célebre maná (o incluso ello). Un valor «en sí mismo vacío de sentido y
por ello susceptible de recibir cualquier sentido, cuya única función es colmar la distancia
entre el significante y el significado», «un valor simbólico cero, es decir, un signo que
indica la necesidad de un contenida simbólico suplementario al que ya carga el
significado, pero que puede ser un valor cualquiera a condición de que forme parte
todavía de la reserva disponible...». Debe comprenderse que las dos series están
marcadas, una por exceso y la otra por defecto, y que las dos determinaciones se
intercambian sin equilibrarse jamás. Porque lo que está en exceso en la serie significante,
es literalmente una casilla vacía, un lugar sin ocupante, que se desplaza siempre; y lo que
está en defecto en la serie significada, es un dato supernumerario y no colocado, no
conocido, ocupante sin lugar y siempre desplazado. Es la misma cosa bajo dos caras,
pero dos caras impares mediante las que las series comunican sin perder su diferencia.
Es la aventura que sucede en la tienda de la oveja, o la historia que cuenta la palabra
esotérica.
Quizá podamos determinar ciertas condiciones mínimas de una estructura en general: 1 °)
Son precisas al menos dos series heterogéneas de las que una será determinada como
«significante» y la otra como «significada» (nunca basta una sola serie para formar una
estructura). 2 °) Cada una de estas series está constituida por términos que sólo existen
por las relaciones que mantienen unos con otros. A estas relaciones, o mejor, a los
valores de estas relaciones, corresponden acontecimientos muy particulares, es decir,
singularidades asignables en la estructura: igual que en el cálculo diferencial, donde unas
distribuciones de puntos singulares corresponden a los valores de las relaciones
diferenciales2. Por ejemplo, las relaciones diferenciales entre fonemas asignan unas
singularidades en una lengua, en cuyas «cercanías» se constituyen las sonoridades y
significaciones características de la lengua. Más aún, resulta que las singularidades
contiguas a una serie determinan de modo complejo los términos de la otra serie. Una
estructura implica, en todo caso, distribuciones de puntos singulares correspondientes a
series de base. Por esto es inexacto oponer la estructura y el acontecimiento: la
estructura implica un registro de acontecimientos ideales, es decir, toda una historia que
le es interior (por ejemplo, si las series implican «personajes», una historia reúne todos los
puntos singulares que corresponden a las posiciones relativas de los personajes entre
ellos en las dos series). 3 °) Las dos series heterogéneas convergen hacia un elemento
paradójico, que es como su «diferenciante». Él es el principio de emisión de las
singularidades. Este elemento no pertenece a ninguna serie, o más bien pertenece a las
2
La comparación con el cálculo diferencial puede parecer arbitraria y superada. Pero lo que está superado es
sólo la interpretación infinitista del cálculo. Desde el final del siglo XIX, Weierstrass da una interpretación finita,
ordinal y estática, muy próxima a un estructuralismo matemático. Y el tema de las singularidades se convierte
en una pieza esencial de la teoría de las ecuaciones diferenciales. El mejor estudio sobre la historia del
cálculo diferencial y su interpretación estructural moderna es el de C. B. Boyer, The History of the Calculus
and Its Conceptual Development, Dover, Nueva York, 1959.
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Octava Serie, De la Estructura
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dos a la vez, y no cesa de circular a través de ellas. Además tiene la propiedad de estar
desplazado siempre respecto de sí mismo, de «faltar a su propio lugar», a su propia
identidad, a su propia semejanza, a su propio equilibrio. Aparece en una serie como un
exceso, pero con la condición de aparecer en la otra como un defecto. Pero, si está en
exceso en la una, es a título de casilla vacía; y, si está en defecto en la otra, es a título de
peón supernumerario o de ocupante sin casilla. Es a la vez palabra y objeto: palabra
esotérica, objeto exotérico.
Tiene por función: articular las dos series una con otra, y reflejarlas una en la otra,
hacerlas comunicar, coexistir y ramificar; reunir las singularidades correspondientes a las
dos series en una «historia embrollada», asegurar el paso de una distribución de
singularidades a la otra; en una palabra, operar la redistribución de los puntos singulares;
determinar como significante la serie en que aparece en exceso, como significada aquella
en que aparece correlativamente en defecto, y sobre todo asegurar la donación del
sentido en las dos series, significante y significada. Porque el sentido no se confunde con
la significación misma, pero es lo que se atribuye para determinar el significante como tal
y el significado como tal. Se concluye de ahí que no hay estructuras sin series, sin
relaciones entre términos de cada serie, sin puntos singulares correspondientes a estas
relaciones; pero, sobre todo, que no hay estructura sin casilla vacía, que hace que todo
funcione.
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Octava Serie, De la Estructura
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NOVENA SERIE
DE LO PROBLEMÁTICO
¿Qué es un acontecimiento ideal? Es una singularidad. O mejor, es un conjunto de
singularidades, de puntos singulares que caracterizan una curva matemática, un estado
de cosas físico, una persona psicológica y moral. Son puntos de retroceso, de inflexión,
etc.; collados, nudos, focos, centros; puntos de fusión, de condensación, de ebullición,
etc.; puntos de lágrimas y de alegría, de enfermedad y de salud, de esperanza y de
angustia, puntos llamados sensibles. Tales singularidades no se confunden sin embargo
con la personalidad de quien se expresa en un discurso, ni con la individualidad de un
estado de cosas designado por una proposición, ni con la generalidad o la universalidad
de un concepto significado por la figura o la curva. La singularidad forma parte de otra
dimensión diferente de la designación, de la manifestación o de la significación. La
singularidad es esencialmente pre-individual, no personal, a-conceptual. Es
completamente indiferente a lo individual y a lo colectivo, a lo personal y a lo impersonal,
a lo particular y a lo general; y a sus oposiciones. Es neutra. En cambio, no es
«ordinaria»: el punto singular se opone a lo ordinario.1
Decíamos que le correspondía a cada serie de una estructura un conjunto de
singularidades. Inversamente, cada singularidad es fuente de una serie que se extiende
en una dirección determinada hasta la vecindad de otra singularidad. En este sentido, no
sólo hay varias series divergentes en una estructura, sino que cada serie misma está
constituida por varias subseries convergentes. Si consideramos las singularidades que
corresponden a las dos grandes series de base, vemos que se distinguen en los dos
casos por su distribución. De una a otra, ciertos puntos singulares desaparecen o se
desdoblan, o cambian de naturaleza y de función. A la vez que las dos series resuenan y
se comunican, pasamos de una distribución a otra. Es decir: a la vez que las series son
recorridas por la instancia paradójica, las singularidades se desplazan, se redistribuyen,
se transforman unas en otras, cambian de conjunto. Si las singularidades son verdaderos
acontecimientos, comunican en un solo y mismo acontecimiento que no cesa de
redistribuirlas y sus transformaciones forman una historia. Péguy ha visto profundamente
que la historia y el acontecimiento eran inseparables de tales puntos singulares: «Hay
puntos críticos del acontecimiento como hay puntos críticos de temperatura, puntos de
fusión, de congelación, de ebullición, de condensación; de coagulación; de cristalización.
E incluso hay en el acontecimiento estados de sobrefusión que no se precipitan, que no
cristalizan, que no se determinan si no es por la introducción de un fragmento del
acontecimiento futuro.»2 Péguy supo inventar todo un lenguaje, entre los más patológicos
y estéticos que se puedan soñar, para decir cómo una singularidad se prolonga en una
línea de puntos ordinarios, pero también se recupera en otra singularidad, se redistribuye
1
Anteriormente, el sentido considerado como «neutro» nos parecía que se oponía a lo singular, no menos
que a las otras modalidades. Ya que la singularidad no estaba definida sino en relación con la designación y la
manifestación, lo singular no era definido sino como individual o personal, y no como «puntual». Ahora, por el
contrario, la singularidad forma parte del dominio neutro.
2
Péguy, Clio, Gallimard, pág. 269.
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Novena Serie, De lo Problemático
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en otro conjunto (las dos repeticiones, la mala y la buena, la que encadena y la que
salva).
Los acontecimientos son ideales. Novalis llega a decir que hay dos tipos de
acontecimientos, ideales los unos, reales e imperfectos los otros; por ejemplo el
protestantismo ideal y el luteranismo real.3 Pero la distinción no está entre dos clases de
acontecimientos: está entre el acontecimiento, ideal por naturaleza, y su efectuación
espaciotemporal en un estado de cosas. Entre el acontecimiento y el accidente. Los
acontecimientos son singularidades ideales que se comunican en un solo y mismo
acontecimiento; tienen además una verdad eterna, y su tiempo nunca es el presente que
los efectúa y los hace existir, sino el Aión ilimitado, el Infinitivo en el que subsisten e
insisten. Los acontecimientos son las únicas idealidades; e invertir el platonismo es en
primer lugar destituir las esencias para sustituirlas por los acontecimientos como fuentes
de singularidades. Una doble lucha tiene por objeto impedir cualquier confusión dogmática
del acontecimiento con la esencia, pero también cualquier confusión empirista del
acontecimiento con el accidente.
El modo del acontecimiento es lo problemático. No debe decirse que hay acontecimientos
problemáticos, sino que los acontecimientos conciernen exclusivamente a los problemas y
definen sus condiciones. En las bellas páginas en que opone una concepción teoremática
y una concepción problemática de la geometría, el filósofo neoplatónico Proclo define el
problema por los acontecimientos que afectan a una materia lógica (secciones,
ablaciones, adjunciones, etc.), mientras que el teorema concierne a las propiedades que
se dejan deducir de una esencia.4 El acontecimiento es por sí mismo problemático y
problematizante. En efecto, un problema sólo está determinado por los puntos singulares
que expresan sus condiciones. No decimos que el problema quede por ello resuelto: al
contrario, está determinado como problema. Por ejemplo, en la teoría de las ecuaciones
diferenciales la existencia y la distribución de las singularidades son relativas a un campo
problemático definido por la ecuación como tal. En cuanto a la solución no aparece sino
con las curvas integrales y la forma que toman en la cercanía de las singularidades, en el
campo de vectores. Entonces, resulta que un problema tiene siempre la solución que
merece según las condiciones que lo determinan en tanto que problema; y, en efecto, las
singularidades presiden la génesis de las soluciones de la ecuación. Lo que no obsta,
como decía Lautman, para que la instancia-problema y la instancia-solución difieran por
naturaleza5 como el acontecimiento ideal y su efectuación espacio temporal. De este
modo, debemos romper con una larga costumbre de pensamiento que nos hacía
considerar lo problemático como una categoría subjetiva de nuestro conocimiento, un
momento empírico que señalaría solamente la imperfección de nuestros trámites, la triste
necesidad en la que nos encontramos de no saber de antemano, y que desaparecería con
el saber adquirido. Por más que el problema sea recubierto por las soluciones, sigue
subsistiendo en la Idea que lo remite a sus condiciones, y que organiza la génesis de las
soluciones mismas. Sin esta Idea, las soluciones no tendrían sentido. Lo problemático es,
3
Novalis, L'Éncyclopédie, trad. de Maurice de Gandillac, ed. de Minuit, pág. 396.
Proclus, Commentaires sur le premier livre des Eléments d'Euclide, trad. de Ver Eecke, Desclée de Brouwer,
págs. 68 y sigs.
5
Véase Albert Lautman, Essai sur les notions de structure et d'existence en mathématiques, Hermann, 1938,
t. II, págs. 148-149; y Nouvelles recherches sur la structure dialectique des mathématiques, Hermann, 1939,
págs. 13-15. Y sobre el papel de las singularidades, Essai, II, págs. 138-139; y Le problème 4u temps,
Hermann, 1946, págs. 41-42.
A su manera, Péguy ha visto la relación esencial del acontecimiento o de la singularidad con las
categorías de problema y de solución: véase opus cit., pág. 269: «y un problema del que no se veía la
solución, un problema sin salida...», etc.
4
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Novena Serie, De lo Problemático
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a la vez, una categoría objetiva del conocimiento y un género de ser perfectamente
objetivo. «Problemático» califica precisamente las objetividades ideales. Kant fue sin duda
el primero en hacer de lo problemático, no una incertidumbre pasajera, sino el objeto
propio de la Idea, y por ello también un horizonte indispensable para todo lo que ocurre o
aparece.
Podemos concebir entonces de un nuevo modo las relaciones de las matemáticas y el
hombre: no se trata de cuantificar ni de medir las propiedades humanas, sino de
problematizar los acontecimientos humanos por una parte, y por otra, de desarrollar como
acontecimientos humanos las condiciones de un problema. Las matemáticas recreativas
con las que soñaba Carroll presentan este doble aspecto. El primero aparece
precisamente en un texto titulado «una historia embrollada»: esta historia está formada
por nudos que rodean a las singularidades correspondientes a un problema; unos
personajes encarnan estas singularidades, y se desplazan y se redistribuyen de un
problema a otro, hasta reencontrarse en el décimo nudo, cogido en la red de sus
relaciones de parentesco. El esto del ratón que remitía a objetos consumibles o a sentidos
expresables, es ahora sustituido por unos data, que remiten tan pronto a dones
alimenticios como a datos o condiciones de problemas. La segunda tentativa, más
profunda, aparece en The dynamics of a particle: «Podía verse a dos líneas hacer su
camino monótono a través de una superficie plana. La más vieja de las dos, por su larga
práctica, había adquirido el arte, tan penoso para los lugares jóvenes e impulsivos, de
alargarse rectamente en los límites de sus puntos extremos; pero la más joven, en su
impetuosidad de niña, siempre tendía a diverger y a volverse una hipérbole o una de
estas curvas románticas y limitadas... el destino y la superficie intermedia las habían
mantenido hasta entonces separadas pero no iba a durar mucho tiempo; una línea las
había cortado, de tal modo que los dos ángulos interiores juntos fueran más pequeños
que dos ángulos rectos...»
No hay que ver en este texto –ni tampoco en un texto célebre de Silvia y Bruno: «Érase
una vez una coincidencia que había salido a dar un paseo con un pequeño accidente...»-
una simple alegoría, ni una manera barata de antropomorfizar las matemáticas. Cuando
Carroll habla de un paralelogramo que suspira por sus ángulos exteriores y que gime por
no poder inscribirse en un círculo, o de una curva que sufre «secciones y ablaciones»,
hay que recordar más bien que las personas psicológicas y morales también están
hechas de singularidades pre-personales, y que sus sentimientos, su Pathos, se
constituyen en las vecindades de estas singularidades, puntos sensibles de crisis, de
retroceso, de ebullición, nudos y focos (por ejemplo lo que Carroll llama plain anger o right
anger). Las dos líneas de Carroll evocan las dos series resonantes; y sus aspiraciones
evocan las distribuciones de singularidad que pasan unas en otras y se redistribuyen en la
corriente de una historia embrollada. Como dice Lewis Carroll, «superficie plana es el
carácter de un discurso en el que, dados dos puntos cualquiera, el que habla está
determinado a extenderse en falso en la dirección de los dos puntos».6 En The dynamics
of a particle, Carroll esboza una teoría de las series, y de los grados o potencias de las
partículas ordenadas en estas series («LSD, a function of great value...»).
Sólo se puede hablar de acontecimientos en los problemas cuyas condiciones
determinan. Sólo se puede hablar de acontecimientos como singularidades que se
despliegan en un campo problemático, y en la cercanía de las cuales se organizan las
soluciones. Por esto todo un método de problemas y de soluciones recorre la obra de
6
Por «extenderse en falso= [s'étendre en faux] intentamos traducir los dos sentidos del verbo to lie.
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Novena Serie, De lo Problemático
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Carroll, constituyendo el lenguaje científico de los acontecimientos y de sus
efectuaciones. Pero, si las distribuciones de singularidades que corresponden a cada
serie forman campos de problemas, ¿cómo se caracterizará el elemento paradójico que
recorre las series, las hace resonar, comunicar y ramificar, y que ordena todas las
continuaciones y transformaciones, todas las redistribuciones? Este elemento debe ser
definido como el lugar de una pregunta. El problema está determinado por los puntos
singulares que corresponden a las series, pero la pregunta, por un punto aleatorio que
corresponde a la casilla vacía o al elemento móvil. Las metamorfosis o redistribuciones de
singularidades forman una historia; cada combinación, cada distribución es un
acontecimiento; pero la instancia paradójica es el Acontecimiento en el que comunican y
se distribuyen todos los acontecimientos, el único acontecimiento del que todos los demás
son fragmentos y jirones. Joyce dará todo su sentido a un método de preguntas-
respuestas que dobla el de los problemas, Inquisitoria que funda la Problemática. La
pregunta se desarrolla en problemas y los problemas se envuelven en una pregunta
fundamental. Y así como las soluciones no suprimen los problemas, sino que, por el
contrario, encuentran allí las condiciones subsistentes sin las que no tendría soluciones
no suprimen los problemas, sino que, por el contrario, encuentran allí las condiciones
subsistentes sin las que no tendría ningún sentido, las respuestas no suprimen en ningún
modo la pregunta ni la colman, y ésta persiste a través de todas las respuestas. Hay pues
un aspecto por el cual los problemas quedan sin solución y la pregunta sin respuesta: es
en este sentido que problema y pregunta designan por sí mismos objetividades ideales, y
tienen un ser propio, un mínimo de ser (véase las «adivinanzas sin respuesta» de Alicia).
Hemos visto ya cómo las palabras esotéricas les estaban esencialmente vinculadas. Por
una parte, las palabras-valija son inseparables de un problema que se despliega en las
series ramificadas y que no expresa en absoluto una incertidumbre subjetiva, sino, al
contrario, el equilibrio objetivo de un espíritu situado frente al horizonte de lo que ocurre o
aparece: ¿Es Richard o William? ¿Es fumante-furioso o furioso-fumante?, siempre con
distribución de singularidades. Por otra parte las palabras blancas, o más bien las
palabras que designan a la palabra blanca, son inseparables de un pregunta que se
envuelve y se desplaza a través de las series; a este elemento que falta siempre a su
propio lugar, a su propia semejanza, a su propia identidad, le corresponde ser el objeto de
una pregunta fundamental que se desplaza con él: ¿Qué es el Snark? ¿Y el Phlizz? ¿Y el
Ello? Estribillo de una canción en la que las estrofas formarían otras tantas series a través
de las cuales circula, palabra mágica tal que ningún nombre con el que se la «llama»
colma el blanco, la instancia paradójica tiene precisamente este ser singular, esta
«objetividad» que corresponde a la pregunta como tal, y le corresponde sin responderla
jamás.
- 47 -
Novena Serie, De lo Problemático
SENTIDO
Guilles Deleuze
Traducción de Miguel Morey
Edición Electrónica de
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ÍNDICE
PRÓLOGO ......................................................................................................................................- 6 -
de Lewis Carroll a los estoicos
PRIMERA SERIE DE PARADOJAS .............................................................................................- 7 -
del puro devenir
Distinción platónica de las cosas medidas y del devenir-loco · La identidad indefinida · Las
aventuras de Alicia o «acontecimientos»
SEGUNDA SERIE DE PARADOJAS .............................................................................................- 9 -
de los efectos de superficie
Distinción estoica de los cuerpos o estados de las cosas, y de los efectos incorpóreos o
acontecimientos · Separación de la relación causal · Hacer subir a la superficie... · Descubrimiento
de la superficie en Lewis Carroll.
TERCERA SERIE .........................................................................................................................- 15 -
de la proposición
Designación, manifestación, significación: sus relaciones y su circularidad · ¿Existe una cuarta
dimensión de la proposición? Sentido, expresión y acontecimiento · Doble naturaleza del sentido: lo
expresable o expresado de la proposición y atributo del estado de cosas, insistencia y extra-ser.
CUARTA SERIE............................................................................................................................- 23 -
de las dualidades
Cuerpo-lenguaje, comer hablar · Dos clases de palabras · Dos dimensiones de la proposición: las
designaciones y las expresiones, las consumiciones y el sentido · Las dos series.
QUINTA SERIE .............................................................................................................................- 27 -
del sentido
La proliferación indefinida · El desdoblamiento estéril · La neutralidad o tercer estado de la esencia
· El absurdo o los objetos imposibles.
SEXTA SERIE...............................................................................................................................- 33 -
sobre la serialización
La forma serial y las series heterogéneas · Su constitución · ¿Hacia qué convergen esas series? ·
La paradoja de Lacan: el elemento extraño (lugar vacío u ocupante sin lugar) · La tienda de la
oveja.
SÉPTIMA SERIE...........................................................................................................................- 37 -
de las palabras esotéricas.
Síntesis de contracción sobre una serie (conexión) · Síntesis de coordinación de dos series
(conjunción) · Síntesis de disyunción o de ramificación de las series: el problema de las palabras
valija.
OCTAVA SERIE............................................................................................................................- 41 -
de la estructura
Paradoja de Lévi-Strauss · Condiciones de una estructura Función de las singularidades.
-2-
Sumario
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NOVENA SERIE ...........................................................................................................................- 44 -
de lo problemático
Singularidades y acontecimientos · Problema y acontecimiento · Las matemáticas recreativas ·
Punto aleatorio y puntos singulares.
DÉCIMA SERIE.............................................................................................................................- 48 -
del juego ideal
Reglas de los juegos ordinarios · Un juego extraordinario · Las dos lecturas del tiempo: Aión y
Cronos · Mallarmé.
UNDÉCIMA SERIE .......................................................................................................................- 54 -
del sinsentido
Carácter del elemento paradójico · De qué forma es sinsentido; las dos figuras del sinsentido · Las
dos formas del absurdo (sin significado) que de él derivan · Presencia simultánea del sinsentido en
el sentido · El sentido como «efecto».
DUODÉCIMA SERIE ....................................................................................................................- 59 -
sobre la paradoja
Naturaleza del sentido y paradoja · Naturaleza del sentido común y paradoja · Sinsentido, sentido y
organización del lenguaje llamado secundario.
DECIMOTERCERA SERIE...........................................................................................................- 64 -
del esquizofrénico y de la niña
Antonin Artaud y Lewis Carroll · Comer-hablar y el lenguaje esquizofrénico · Esquizofrenia y
quiebre de la superficie · La palabra-pasión y sus valores literales manifiestos, la palabra-acción y
sus valores tónicos inarticulados · Distinción del sinsentido de profundidad y del sinsentido de
superficie, del orden primario y de la organización secundaria del lenguaje.
DECIMOCUARTA SERIE .............................................................................................................- 72 -
de la doble causalidad
Los acontecimientos-efecto incorporales, su causa y su cuasi causa · Impasibilidad y génesis ·
Teoría de Husserl · Las condiciones de una verdadera génesis: un campo trascendental sin Yo ni
centro de individuación.
DECIMOQUINTA SERIE ..............................................................................................................- 77 -
de las singularidades
La batalla · El campo trascendental no puede conservar la forma de una conciencia · Las
singularidades impersonales y preindividuales · Campo trascendental y superficie · Discurso del
individuo, discurso de la persona, discurso sin fondo: ¿hay un cuarto discurso?
DECIMOSEXTA SERIE ................................................................................................................- 83 -
de la génesis estática ontológica
Génesis del individuo: Leibniz · Condición de la «composibilidad» de un mundo o de la
convergencia de las series (continuidad) · Transformación del acontecimiento en predicado · Del
individuo a la persona · Personas, propiedades y clases.
DECIMOSÉPTIMA SERIE ............................................................................................................- 89 -
de la génesis estática lógica
Paso a las dimensiones de la proposición · Sentido y proposición · Neutralidad del sentido ·
Superficie y doblez.
DECIMOCTAVA SERIE................................................................................................................- 95 -
de las tres imágenes de filósofos
Filosofía y altura · Filosofía y profundidad · Un nuevo tipo de filósofo: el estoico · Hércules y las
superficies.
-3-
Sumario
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DECIMONOVENA SERIE.............................................................................................................- 99 -
del humor
De la significación a la designación · Estoicismo y Zen · El discurso clásico y el individuo, el
discurso romántico y la persona: la ironía · El discurso sin fondo · El discurso de las singularidades:
el humor o la «cuarta persona del singular».
VIGÉSIMA SERIE .......................................................................................................................- 104 -
sobre el problema moral en los estoicos
Los dos polos de la moral: adivinación de las cosas y uso lógico de las representaciones ·
Representación, uso y expresión · Comprender, querer, representar el acontecimiento.
VIGÉSIMO PRIMERA SERIE .....................................................................................................- 108 -
del acontecimiento
Verdad eterna del acontecimiento · Efectuación y contra-efectuación: el actor · Los dos aspectos de
la muerte como acontecimiento · Lo que quiere decir querer el acontecimiento.
VIGÉSIMO SEGUNDA SERIE....................................................................................................- 112 -
porcelana y volcán
La «grieta» (Fitzgerald) · Los dos procesos y el problema de su distinción · Alcoholismo, manía
depresiva · Homenaje a la psicodelia.
VIGÉSIMO TERCERA SERIE ....................................................................................................- 118 -
del Aión
Los caracteres de Cronos y su subversión por un devenir de las profundidades · Aión y la superficie
· La organización que procede del Aión y sus diferencias con el Cronos.
VIGÉSIMO CUARTA SERIE.......................................................................................................- 123 -
de la comunicación de los acontecimientos
Problema de las incompatibilidades alógicas · Leibniz · Distancia positiva y síntesis afirmativa de
disyunción · El eterno retorno, el Aión y la línea recta: un laberinto más terrible.
VIGÉSIMO QUINTA SERIE ........................................................................................................- 129 -
de la univocidad
El individuo y el acontecimiento · Más allá del eterno retorno · Los tres significados de la
univocidad.
VIGÉSIMO SEXTA SERIE..........................................................................................................- 132 -
del lenguaje
Lo que hace posible el lenguaje · Recapitulación de la organización del lenguaje · El verbo y el
infinitivo.
VIGÉSIMO SÉPTIMA SERIE......................................................................................................- 135 -
de la oralidad
Problema de la génesis dinámica: de la profundidad a la superficie · Las «posiciones» según
Mélanie Klein · Esquizofrenia y depresión, profundidad y altura. Simulacro e ídolo.
VIGÉSIMO OCTAVA SERIE.......................................................................................................- 141 -
de la sexualidad
Las zonas erógenas · Segunda etapa de la génesis dinámica: la formación de las superficies y su
conexión · Imagen · Naturaleza del complejo de Edipo, papel de la zona genital.
VIGÉSIMO NOVENA SERIE ......................................................................................................- 146 -
las buenas intenciones son forzosamente castigadas
La empresa edípica en su relación con la constitución de la superficie · Repasar y hacer venir · La
castración · La intención como categoría · Tercera etapa de la génesis: de la superficie física a la
superficie metafísica (la doble pantalla).
-4-
Sumario
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TRIGÉSIMA SERIE.....................................................................................................................- 151 -
del fantasma
Fantasma y acontecimiento · Fantasma, yo y singularidades · Fantasma, verbo y lenguaje.
TRIGÉSIMA PRIMERA SERIE ...................................................................................................- 156 -
del pensamiento
Fantasma, «paso» y comienzo · La pareja y el pensamiento · La superficie metafísica · La
orientación en la vida psíquica, la boca y el cerebro.
TRIGÉSIMA SEGUNDA SERIE..................................................................................................- 161 -
sobre las diferentes clases de series
Las series y la sexualidad: serie conectiva y zona erógena, serie conjuntiva y conexión · La tercera
forma de serie sexual, disyunción y divergencia · Fantasma y resonancia · Sexualidad y lenguaje:
los tres tipos de series y las palabras correspondientes · De la voz a la palabra.
TRIGÉSIMA TERCERA SERIE ..................................................................................................- 168 -
de las aventuras che Alicia
Vuelta a las tres clases de palabras esotéricas de Lewis Carroll · Resumen comparado de Alicia y
de Al otro lado del espejo · Psicoanálisis y literatura, novela neurótica familiar y novela-obra de
arte.
TRIGÉSIMA CUARTA SERIE ....................................................................................................- 172 -
del orden primario y de la organización secundaria
La estructura pendular del fantasma: resonancia y movimiento forzado · De la palabra al verbo · Fin
de la génesis dinámica · Represión primaria y secundaria · Satírica, irónica, humorística.
APÉNDICES.
I. SIMULACRO Y FILOSOFÍA ANTIGUA ..................................................................................- 180 -
1. Platón y el simulacro............................................................................................................- 180 -
2. Lucrecio y el simulacro ........................................................................................................- 189 -
II. FANTASMA Y LITERATURA MODERNA .............................................................................- 199 -
1. Klossowski o los cuerpos-lenguaje......................................................................................- 199 -
2. Michel Tournier y el mundo sin el otro.................................................................................- 214 -
3. Zola y la grieta .....................................................................................................................- 227 -
-5-
Sumario
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PRÓLOGO
(de Lewis Carroll a los estoicos)
La obra de Lewis Carroll tiene de todo para satisfacer al lector actual: libros para niños,
preferentemente para niñas; espléndidas palabras insólitas, esotéricas; claves, códigos y
desciframientos; dibujos y fotos; un contenido psicoanalítico profundo, un formalismo
lógico y lingüístico ejemplar. Y más allá del placer actual algo diferente, un juego del
sentido y el sinsentido, un caoscosmos. Pero las bodas del lenguaje y el inconsciente se
han enlazado y celebrado ya de tantas maneras que es preciso buscar lo que fueron
precisamente en Lewis Carroll, qué han reanudado y lo que han celebrado en él, gracias a
él.
Presentamos unas series de paradojas que forman la teoría del sentido. El que esta teoría
no pueda separarse de las paradojas se explica fácilmente: el sentido es una entidad
inexistente, incluso tiene relaciones muy particulares con el sinsentido. El lugar
privilegiado de Lewis Carroll se debe a que ha realizado el primer gran balance, la primera
gran escenificación de las paradojas del sentido, unas veces recogiéndolas, otras
renovándolas, o inventándolas, o preparándolas. El lugar privilegiado de los estoicos se
debe a que fueron los iniciadores de una nueva imagen del filósofo, en ruptura con los
presocráticos, con el socratismo y el platonismo: y esta nueva imagen está ya
estrechamente ligada a la constitución paradójica de una teoría del sentido. A cada serie
corresponden pues unas figuras que son no solamente históricas, sino tópicas y lógicas.
Como sobre una superficie pura, algunos puntos de tal figura en una serie remiten a otros
puntos de tal otra: el conjunto de constelaciones-problemas con las tiradas de dados
correspondientes, las historias y los lugares, un lugar complejo, una «historia
embrollada». Este libro es un ensayo de novela lógica y psicoanalítica.
Presentamos en el apéndice cinco artículos ya publicados. Los retomamos
modificándolos, aunque el tema permanece, y desarrolla algunos puntos que no están
más que brevemente indicados en las series precedentes (señalamos cada vez el vínculo
mediante una nota). Son: 1o) «Renverser le platonisme», Revue de metaphysique et de
morale, 1967; 2°) «Lucrèce et le naturalisme», Etudes philosophiques, 1967; 3°)
«Klossowski et les corps-langage», Critique, 1965; 4o) «Une théorie d'autrui» (Michel
Tournier), Critique, 1967; 5°) «Introduction á la Bèse humaine de Zola», Cercle précieux
du livre, 1967. Agradecemos a los editores el permiso para esta reproducción.
-6-
Prólogo
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PRIMERA SERIE DE PARADOJAS
DEL PURO DEVENIR
Tanto en Alicia como en Al otro lado del espejo, se trata de una categoría de cosas muy
especiales: los acontecimientos, los acontecimientos puros. Cuando digo «Alicia crece»
quiero decir que se vuelve mayor de lo que era. Pero por ello también, se vuelve más
pequeña de lo que es ahora. Por supuesto no es a la vez más grande y más pequeña.
Pero es a la vez que ella lo deviene. Ella es mayor ahora, era más pequeña antes. Pero
es a la vez, al mismo tiempo, que se vuelve mayor de lo que era, y que se hace más
pequeña de lo que se vuelve. Tal es la simultaneidad de un devenir cuya propiedad es
esquivar el presente. En la medida en que se esquiva el presente, el devenir no soporta la
separación ni la distinción entre el antes y el después, entre el pasado y el futuro.
Pertenece a la esencia del devenir avanzar, tirar en los dos sentidos a la vez: Alicia no
crece sin empequeñecer, y a la inversa. El buen sentido es la afirmación de que, en todas
las cosas, hay un sentido determinable; pero la paradoja es la afirmación de los dos
sentidos a la vez.
Platón nos invita a distinguir dos dimensiones: 1.o) la de las cosas limitadas y medidas, de
las dualidades fijas, sean permanentes o temporales, pero suponiendo siempre paradas
como reposos, establecimientos presentes asignaciones de sujetos: tal sujeto tiene tal
grandor, tal pequeñez en tal momento; 2.o) y luego un puro devenir sin medida, un puro
devenir-loco que no se detiene jamás, en los dos sentidos a la vez, esquivando siempre el
presente, haciendo coincidir el futuro y el pasado, el más y el menos, lo demasiado y lo
insuficiente en la simultaneidad de una materia indócil («más caliente y más frío avanzan
siempre y nunca permanecen, mientras que la cantidad definida es parada, y no puede
avanzar sin dejar de ser»; «lo más joven se vuelve más viejo que lo más viejo, y lo más
viejo, más joven que lo más joven, pero acabar este devenir, es precisamente aquello de
lo que no son capaces, pues si lo acabaran, dejarían de devenir, serían...).1
Reconocemos esta dualidad platónica. No es en absoluto la de lo inteligible y lo sensible,
la Idea y la materia, Ideas y cuerpos. Es una dualidad más profunda, más secreta,
enterrada en los cuerpos sensibles y materiales mismos: dualidad subterránea entre lo
que recibe la acción de la Idea, y lo que se sustrae a esa acción. No es la distinción del
Modelo y la copia, sino de las copias y los simulacros. El puro devenir, lo ilimitado, es la
materia del simulacro en tanto que esquiva la acción de la Idea, en tanto que impugna a la
vez el modelo y la copia. Las cosas medidas están bajo las Ideas; pero bajo las cosas
mismas, ¿no hay también este elemento loco que subsiste, que subviene, fuera del orden
impuesto por las Ideas y recibido por las cosas? Incluso Platón llega a preguntarse si este
puro devenir no podría tener una relación muy particular con el lenguaje: éste nos parece
uno de los sentidos principales del Cratilo. ¿Será esta relación esencial tal vez al
lenguaje, como en un «flujo» de palabras, un discurso enloquecido que no cesaría de
deslizarse sobre aquello a lo que remite, sin detenerse jamás? O bien, ¿podrían existir
dos lenguajes y dos clases de «nombres», unos designando las paradas y descansos que
1
Platón, Filebo, 24d; Parménides, 154-155.
-7-
Primera Serie, Del Puro Devenir
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recogen la acción de la Idea, pero expresando los otros los movimientos y los devenires
rebeldes?2 O incluso, ¿podrían ser dos dimensiones distintas interiores al lenguaje en
general, una recubierta siempre por la otra, pero «subviniendo» y subsistiendo bajo la
otra?
La paradoja de este puro devenir, con su capacidad de esquivar el presente, es la
identidad infinita: identidad infinita de los dos sentidos a la vez, del futuro y el pasado, de
la víspera y del día después, del más y del menos, de lo demasiado y lo insuficiente, de lo
activo y lo pasivo, de la causa y el efecto. El lenguaje es quien fija los límites (por ejemplo,
el momento en el que empieza los demasiado) pero es también él quien sobrepasa los
límites y los restituye a la equivalencia infinita de un devenir ilimitado («no sostenga un
atizador al rojo demasiado tiempo, le quemaría, no se corte demasiado profundamente, le
haría sangrar»). De ahí los trastocamientos que constituyen las aventuras de Alicia.
Trastocamiento del crecer y el empequeñecer: «¿en qué sentido, en qué sentido?»
pregunta Alicia, presintiendo que es siempre en los dos sentidos a la vez, hasta el punto
de que por una vez permanece igual, por un efecto óptico. Trastocamiento de la víspera y
del mañana, esquivando siempre el presente: «mermelada ayer y mañana, pero nunca
hoy». Trastocamiento del más y el menos: cinco noches son cinco veces más calurosas
que una sola, «pero por la misma razón, deberían ser también cinco veces más frías». De
lo activo y lo pasivo: «¿se comen los gatos a los murciélagos?» equivale a «¿se comen
los murciélagos a los gatos?». De la causa y el efecto: ser castigado antes de haber
cometido una falta, gritar antes de haberse pinchado, volver a partir antes de haber
partido por primera vez.
Todos estos trastocamientos tal como aparecen en la identidad infinita tienen una misma
consecuencia: la impugnación de la identidad personal de Alicia, la pérdida del nombre
propio. La pérdida del nombre propio es la aventura que se repite a través de todas las
aventuras de Alicia. Porque el nombre propio o singular está garantizado por la
permanencia de un saber. Este saber se encarna en nombres generales que designan
paradas y descansos, sustantivos y adjetivos, con los cuales el propio mantiene una
relación constante. Así, el yo personal tiene necesidad de Dios y del mundo en general.
Pero cuando los sustantivos y adjetivos comienzan a diluirse, cuando los nombres de
parada y descanso son arrastrados por los verbos de puro devenir y se deslizan en el
lenguaje de los acontecimientos, se pierde toda identidad para el yo, el mundo y Dios. Es
la prueba del saber y de la recitación, en la que las palabras vienen de través, arrastradas
al bies por los verbos, y que destituye a Alicia de su identidad. Como si los
acontecimientos gozaran de una irrealidad que se comunica al saber y a las personas, a
través del lenguaje. Porque la incertidumbre personal no es una duda exterior a lo que
ocurre, sino una estructura objetiva del acontecimiento mismo, en tanto que va siempre en
dos sentidos a la vez, y que descuartiza al sujeto según esta doble dirección. La paradoja
es primeramente lo que destruye al buen sentido como sentido único, pero luego es lo
que destruye al sentido común como asignación de identidades fijas.
2
Platón, Cratilo, 437 y sigs. Sobre todo lo que precede, véase Apéndice I.
-8-
Primera Serie, Del Puro Devenir
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SEGUNDA SERIE DE PARADOJAS
DE LOS EFECTOS DE SUPERFICIE
Los estoicos, a su vez, distinguían dos clases de cosas: 1.o) Los cuerpos, con sus
tensiones, sus cualidades, sus relaciones, sus acciones y pasiones, y los «estados de
cosas» correspondientes. Estos estados de cosas, acciones y pasiones, están
determinados por las mezclas entre cuerpos. En el límite, hay una unidad de todos los
cuerpos en función de un Fuego primordial en el que se reabsorben y a partir del cual se
desarrollan según su tensión respectiva. El tiempo único de los cuerpos o estados de
cosas es el presente. Porque el presente vivo es la extensión temporal que acompaña al
acto, que expresa y mide la acción del agente, la pasión del paciente. Pero, a la medida
de la unidad de los cuerpos entre sí, a la medida de la unidad del principio activo y el
principio pasivo, un presente cósmico abarca el universo entero: únicamente los cuerpos
existen en el espacio y sólo el presente en el tiempo. No hay causas y efectos en los
cuerpos: todos los cuerpos son causas, causas unos en relación con lo otros unos para
otros. La unidad de las causas entre sí se llama Destino, en la extensión del presente
cósmico.
2.o) Todos los cuerpos son causas unos para otros, los unos en relación con los otros,
pero ¿de qué? Son causas de ciertas cosas, de una naturaleza completamente diferente.
Estos efectos no son cuerpos, sino «incorporales» estrictamente hablando. No son
cualidades y propiedades físicas, sino atributos lógicos o dialécticos. No son cosas o
estados de cosas, sino acontecimientos. No se puede decir que existan, sino más bien
que subsisten o insisten, con ese mínimo de ser que convienen a lo que no es una cosa,
entidad inexistente. No son sustantivos ni adjetivos, sino verbos. No son agentes ni
pacientes, sino resultados de acciones y de pasiones, unos «impasibles»: impasibles
resultados. No son presentes vivos, sino infinitivos: Aión ilimitado, devenir que se divide
hasta el infinito en pasado y futuro, esquivando siempre el presente. Hasta el punto de
que el tiempo debe ser captado dos veces, de dos modos complementarios, exclusivos el
uno de otro: enteramente como presente vivo en los cuerpos que actúan y padecen, pero
enteramente también como instancia infinitamente divisible en pasado-futuro, en los
efectos incorporales que resultan de los cuerpos, de sus acciones y de sus pasiones. Sólo
existe el presente en el tiempo, y recoge, reabsorbe el pasado y el futuro; pero sólo el
pasado y el futuro insisten en el tiempo, y dividen hasta el infinito cada presente. No son
tres dimensiones sucesivas, sino dos lecturas simultáneas del tiempo.
Como dice Emile Bréhier en su bella reconstrucción del pensamiento estoico: «Cuando el
escalpelo corta la carne, el primer cuerpo produce sobre el segundo no una propiedad
nueva, sino un nuevo atributo, el de ser cortado, expresado siempre por un verbo, lo que
quiere decir que no es un ser, sino una manera de ser... Esta manera de ser se encuentra
en algún modo en el límite, en la superficie del ser y no puede cambiar la naturaleza de
éste: no es, a decir verdad, ni activa ni pasiva, ya que la pasividad supondría una
naturaleza corporal que sufre una acción. Es pura y simplemente un resultado, un efecto
que no puede clasificarse entre los seres... (Los estoicos distinguen) radicalmente, y nadie
lo había hecho antes que ellos, dos planos de ser: por una parte el ser profundo y real, la
-9-
Segunda Serie, De los Efectos de Superficie
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fuerza; y por otra, el plano de los hechos, que se juegan en la superficie del ser, y que
constituyen una multiplicidad sin fin de seres incorporales.»1
Sin embargo, ¿qué puede haber de más íntimo, más esencial a los cuerpos que
acontecimientos como crecer, empequeñecer o ser cortado? ¿Qué quieren decir los
estoicos cuando oponen al espesor de los cuerpos estos acontecimientos incorporales
que tienen lugar únicamente en la superficie, como un vapor en la pradera (menos incluso
que un vapor, ya que un vapor es un cuerpo)? Lo que hay en los cuerpos, en la
profundidad de los cuerpos, son mezclas: un cuerpo penetra a otro y coexiste con él en
todas sus partes, como una gota de vino en el mar o el fuego en el hierro. Un cuerpo se
retira de otro, como el líquido de un vaso. Las mezclas en general determinan estados de
cosas cuantitativos y cualitativos: las dimensiones de un conjunto, o el rojo del hierro, lo
verde de un árbol. Pero lo que queremos decir mediante «crecer», «disminuir»,
«enrojecer», «verdear», «cortar», «ser cortado», etc., es de una clase completamente
diferente: no son en absoluto estados de cosas o mezclas en el fondo de los cuerpos, sino
acontecimientos incorporales en la superficie, que son resultado de estas mezclas. El
árbol verdea...2 El genio de una filosofía se mide en primer lugar por las nuevas
distribuciones que impone a los seres y a los conceptos. Los estoicos están trazando,
haciendo pasar una frontera allí donde nunca se había visto ninguna: en este sentido,
desplazan toda reflexión.
Lo que están operando, ante todo, es una separación completamente nueva de la relación
causal. Desmiembran esta relación, rehaciendo esta unidad en cada lado. Remiten las
causas a las causas, y afirman una relación de las causas entre sí (destino). Remiten los
efectos a los efectos, y establecen ciertas relaciones de los efectos entre sí. Pero no de la
misma manera: los efectos incorporales nunca son causas lo unos en relación a los otros,
sino solamente «casi-causas», según leyes que expresan quizás en cada caso la unidad
relativa o la mezcla de los cuerpos de los que dependen como de sus causas reales.
Hasta el punto de que la libertad se preserva de dos modos complementarios: una vez en
la interioridad del destino como relación de las causas, y otra en la exterioridad de los
acontecimientos como vínculo de los efectos. Por ello, los estoicos pueden oponer destino
y necesidad.3 Los epicúreos operan otra separación de la causalidad, que también funda
la libertad: conservan la homogeneidad de la causa y el efecto, pero dividen la causalidad
en series atómicas cuya independencia respectiva queda garantizada por el clinamen,
que no es destino sin necesidad, sino causalidad sin destino.4 En ambos casos se
comienza por disociar la relación causal, en lugar de distinguir tipos de causalidad como
hacía Aristóteles o como hará Kant. Y esta disociación nos remite siempre al lenguaje, ya
sea a la existencia de una declinación de las causas, o bien, como veremos, a la
existencia de una conjugación de los efectos.
1
Emile Bréhier, La Théorie des incorporels dans l’ancien stoïcisme, Vrin, 1928, págs. 11-13.
Véanse los comentarios de Bréhier sobre este ejemplo, pág. 20.
3
Sobre la distinción de las causas reales internas, y de las causas exteriores que entran en relaciones
limitadas de «confatalidad», véase Cicerón, De fato, 9, 13,15 y 16.
4
Los epicúreos tienen también una idea del acontecimiento muy próximo a la de los estoicos: Epicuro, Carta a
Herodoto, 39-40, 68-73; y Lucrecio I, 449 y sigs. Lucrecio analiza el acontecimiento: «la hija de Tíndaro es
raptada...». Él opone los eventa (servidumbre-libertad, pobreza-riqueza, guerra-concordia) a los conjuncta
(cualidades reales inseparables de los cuerpos). Los acontecimientos no parecen exactamente incorporales,
pero son presentados, sin embargo, como no existentes por sí mismos, impasibles, puros resultados de los
movimientos de la materia, de las acciones y pasiones de los cuerpos. No obstante no parece que los
epicúreos hayan desarrollado esta teoría del acontecimiento; quizá porque la subordinan a las exigencias de
una causalidad homogénea, y la hacen depender de su concepción particular del simulacro. Véase Apéndice
II.
2
- 10 -
Segunda Serie, De los Efectos de Superficie
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Esta nueva dualidad entre cuerpos o estados de cosas y los efectos o acontecimientos
incorporales entraña una conmoción de la filosofía. Por ejemplo, en Aristóteles, todas las
categorías se dicen en función del Ser; y la diferencia pasa en el ser entre la sustancia
como sentido primero y las demás categorías que se le remiten como accidentes. Para los
estoicos, al contrario, los estados de cosas, cantidades y cualidades, no son menos seres
(o cuerpos) que la sustancia; forman parte de la sustancia; y en esa medida se oponen a
un extra-ser que constituye lo incorporal como entidad no existente. El término más alto
no es pues el Ser, sino alguna cosa, aliquid, en tanto subsume al ser y al no-ser, las
existencias y las insistencias.5 Pero, además, los estoicos llevan a cabo la primera gran
inversión del platonismo, la inversión radical. Porque si los cuerpos, con sus estados,
cualidades y cantidades, asumen todos los caracteres de la sustancia y de la causa, a la
inversa los caracteres de la Idea caen del otro lado, en este extra-ser impasible, estéril,
ineficaz, en la superficie de las cosas: lo ideal, lo incorporal no puede ser más que un
«efecto».
La consecuencia tiene una importancia extrema. Porque, en Platón, se mantenía un
oscuro debate en la profundidad de las cosas, en la profundidad de la tierra, entre lo que
se sometía a la acción de la Idea lo que se hurtaba a esta acción (las copias y los
simulacros). Resuena un eco de este debate cuando Sócrates pregunta: ¿Existe Idea de
todo, incluso del pelo, de la mugre y del lodo, o bien hay algo que, siempre y
obstinadamente, esquiva a la Idea? Pero, en Platón, este algo nunca estaba lo
suficientemente hundido, reprimido, repelido en la profundidad de los cuerpos, ahogado
en el océano. Y he aquí que ahora todo sube a la superficie. Es el resultado de la
operación estoica: lo ilimitado sube. El devenir-loco, el devenir-ilimitado ya no es un fondo
que gruñe, sube a la superficie de las cosas y se vuelve impasible. Ya no se trata de
simulacros que se sustraen al fondo y se insinúan por doquier, sino de efectos que se
manifiestan y juegan en su lugar. Efectos en el sentido causal, pero también «efectos»
sonoros, ópticos o de lenguaje; o menos aún, o mucho más, en tanto ya no tiene nada de
corporal y son ahora toda la idea... Lo que se sustraía a la Idea ha subido a la superficie,
límite incorporal, y representa ahora toda la idealidad posible, destituida ahora de su
eficacia causal y espiritual. Los estoicos han descubierto los efectos de superficie. Los
simulacros dejan de ser estos rebeldes subterráneos, hacen valer sus efectos (lo que se
podría llamar «fantasmas», independientemente de la terminología estoica). Lo más
oculto se ha vuelto lo más manifiesto, toas la viejas paradojas del devenir deben recobrar
el rostro en una nueva juventud: transmutación.
El devenir-ilimitado se vuelve el acontecimiento mismo, ideal, incorporal, con todos los
trastocamientos que le son propios, del futuro y el pasado, de lo activo y lo pasivo, de la
causa y el efecto. El futuro y el pasado, el más y el menos, lo excesivo y lo insuficiente, el
ya y el aún-no: pues el acontecimiento infinitamente divisible es siempre los dos a la vez,
eternamente lo que acaba de pasar y lo que va a pasar pero nunca lo que pasa (cortar
demasiado profundamente y no lo suficiente). Lo activo y lo pasivo: pues el
acontecimiento, al ser impasible, los cambia tanto más cuanto que no es no lo uno ni lo
otro, sino su resultado común (cortar-ser-cortado). La causa y el efecto: pues los
acontecimientos, al no ser sino efectos, pueden, los unos con los otros, entrar mucho
mejor en funciones de casi-causas o en relaciones de casi-causalidad siempre reversibles
(la herida y la cicatriz).
5
Véase Plotino, VI, I, 25: la exposición de las categorías estoicas (y Bréhier, pág. 43).
- 11 -
Segunda Serie, De los Efectos de Superficie
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Los estoicos aficionados a las paradojas e inventores. Hay que releer el sorprendente
retrato de Crisipo, en pocas páginas, por Diógenes Laercio. Quizá los estoicos utilizan la
paradoja de un modo completamente nuevo: a la vez como instrumento de análisis del
lenguaje y como medio de síntesis para los acontecimientos. La dialéctica es
precisamente esta ciencia de los acontecimientos incorporales tal como se expresan en
las proposiciones, y de los vínculos de acontecimientos tal como se expresan en las
relaciones entre proposiciones. La dialéctica es sin duda el arte de la conjugación (véanse
los confatalia, o series de acontecimientos que dependen unos de otros). Pero es propio
del lenguaje, a la vez, establecer límites y sobrepasar los límites establecidos: también
contiene términos que no cesan de desplazar su extensión, y de hacer posible un
trastocamiento de la relación en una serie determinada (como demasiado e insuficiente,
mucho y poco). El acontecimiento es coextensivo al devenir, y el devenir mismo,
coextensivo al lenguaje; la paradoja es pues esencialmente «sorites», es decir, serie de
proposiciones interrogativas que proceden según el devenir por adiciones y recortes
sucesivos. Todo ocurre en la frontera entre las cosas y las proposiciones. Crisipo enseña:
«si dices algo, esto pasa por la boca; dices un carro, luego un carro pasa por tu boca.»
Hay un uso ahí de la paradoja que no tiene equivalente sino en el budismo zen por una
parte, y en el non-sense inglés o americano por otra. Por una parte, lo más profundo es lo
inmediato; por otra, lo inmediato está en el lenguaje. La paradoja aparece como
destitución de la profundidad, exposición de los acontecimientos en la superficie,
despliegue del lenguaje a lo largo de este límite. El humor es este arte de la superficie,
contra la vieja ironía, arte de las profundidades o de las alturas. Los sofistas y los cínicos
ya habían hecho del humor un arma filosófica contra la ironía socrática, pero con los
estoicos el humor encuentra su Dialéctica, su principio dialéctico y su lugar natural, su
puro concepto filosófico.
Esta operación inaugurada por los estoicos, Lewis Carroll la efectúa por su cuenta, la
recupera. En toda la obra de Carroll, se trata de los acontecimientos en su diferencia con
los seres, las cosas y estados de cosas. Pero el principio de Alicia (toda la primera mitad)
busca todavía el secreto de los acontecimientos, y del devenir ilimitado que implican, en la
profundidad de la tierra, pozos y madrigueras que se cavan, que se hunden por debajo,
mezcla de cuerpos que se penetran y coexisten. A medida que se avanza en el relato, sin
embargo, los movimientos laterales de deslizamiento, de izquierda a derecha y de
derecha a izquierda. Los animales de las profundidades se vuelven secundarios, ceden su
lugar a figuras de cartas, sin espesor. Se diría que la antigua profundidad se ha
desplegado, se ha convertido en anchura. El devenir ilimitado se sostiene enteramente
ahora en esta anchura recobrada. Profundo ha dejado de ser un cumplido. Sólo los
animales son profundos; y aún no los más nobles, que son los animales planos. Los
acontecimientos son como los cristales, no ocurren no crecen sino por los bordes, sobre
los bordes. Ahí reside el primer secreto del tartamudo y el zurdo: dejar de hundirse,
deslizarse a lo largo, de modo que la antigua profundidad no sea ya nada, reducida al
sentido inverso de la superficie. Es a fuerza de deslizarse que se pasará del otro lado, ya
que el otro lado no es sino el sentido inverso. Y si no hay nada que ver detrás del telón, es
que todo lo visible, o más bien toda la ciencia posible está a lo largo del telón, que basta
con seguir lo bastante lejos y lo bastante estrechamente, lo bastante superficialmente,
para invertir lo derecho, para hacer que la derecha se vuelva izquierda e inversamente.
No hay pues unas aventuras de Alicia, sino una aventura: su subida a la superficie, su
repudio de la falsa profundidad, su descubrimiento de que todo ocurre en la frontera. Por
ello, Carroll renuncia al primer título que tenía previsto, «Las aventuras subterráneas de
Alicia».
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Segunda Serie, De los Efectos de Superficie
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Con mayor motivo en Al otro lado del espejo. Allí, los acontecimientos, en su diferencia
radical con las cosas, ya no son buscados en profundidad, sino en la superficie, en este
tenue vapor incorporal que se escapa de los cuerpos, película sin volumen que los rodea,
espejo que los refleja, tablero que los planifica. Alicia no puede hundirse ya, ella deja libre
su doble incorporal. Es siguiendo la frontera, costeando la superficie, como se pasa de los
cuerpos a lo incorporal. Paul Valéry tuvo una frase profunda: lo más profundo, es la piel.
Descubrimiento estoico que supone mucha sabiduría y entraña toda una ética. Es el
descubrimiento de la niña, que no crece ni disminuye sino por los bordes, superficie para
enrojecer y verdear. Ella sabe que los acontecimientos conciernen tanto más a los
cuerpos, los cortan y los maltratan, en la medida en que recorren su extensión sin
profundidad. Más tarde, las personas mayores son atrapadas por el fondo, caen y ya no
comprenden, porque son demasiado profundas. ¿Por qué los mismos ejemplos del
estoicismo continúan inspirando a Lewis Carroll? El árbol verdea, es escalpelo corta, ¿la
batalla tendrá lugar o no? Es ante los árboles que Alicia pierde su nombre, es a un árbol
que Humpty Dumpty habla, sin mirar a Alicia. Y los recitados anuncian las batallas. Y por
doquier, heridas, cortes. Pero ¿son eso ejemplos? O bien, ¿todo acontecimiento es de
este tipo, bosque, batalla y herida, tanto más profundo cuanto que ello que ocurre en la
superficie, incorporal a fuerza de extenderse a lo largo de los cuerpos? La historia nos
enseña que las buenas rutas no tienen fundación y la geografía, que la tierra no es fértil
sino en una delgada capa.
Este redescubrimiento del sabio estoico no está reservado a la niña. Es verdad que Lewis
Carroll detesta en general a los chicos. Tienen demasiada profundidad, una falsa
profundidad, falsa sabiduría y animalidad. El bebé masculino en Alicia se transforma en
cerdo. Por lo general, sólo las niñas comprenden el estoicismo, tienen el sentido del
acontecimiento y liberan un doble incorporal. Pero a veces sucede que un niño sea
tartamudo y zurdo, y conquiste así el sentido como sentido de la superficie. El odio de
Lewis Carroll hacia los chicos no debe achacarse a una ambivalencia profunda, sino más
bien a una inversión superficial, concepto estrictamente carrolliano. En Silvia y Bruno, es
el niño quien tiene el papel inventivo, aprendiendo sus lecciones de cualquier modo, del
revés, del derecho, por encima, por debajo, pero nunca a «fondo». La gran novela Silvia y
Bruno lleva el extremo la evolución que se esbozaba en Alicia, y que se prolongaba en Al
otro lado del espejo. La conclusión admirable de la primera parte celebra la gloria del
Este, de donde viene todo lo bueno, «y la sustancia de las cosas esperadas, y la
existencia de las cosas invisibles». Incluso el barómetro ni sube ni baja, sino que va a lo
largo, de lado, y da el tiempo horizontal. Una máquina de estirar alarga incluso las
canciones. Y la bolsa de Fortunatus, presentada como un anillo de Moebius, está hecha
con pañuelos cosidos in the wrong way, de tal modo que su superficie interna: envuelve el
mundo entero y se hace que lo que está dentro esté fuera, y lo que está fuera dentro.6 En
Silvia y Bruno, la técnica del paso de lo real al sueño, y de los cuerpos a lo incorporal,
está multiplicada, renovada completamente, llevada a su perfección. Pero es siempre
costeando la superficie, la frontera, como se pasa al otro lado, por la virtud de un anillo. La
continuidad del revés y el derecho sustituye a todos los niveles de profundidad; y los
efectos de superficie en un solo y mismo Acontecimiento, que vale por todos los
acontecimientos, hacen que todo el devenir y sus paradojas aflore en el lenguaje.7 Como
6
Esta descripción de la bolsa forma parte de una de las páginas más hermosas de Lewis Carroll, Sylvie and
Bruno concluded, cap. VII.
7
Este descubrimiento de la superficie, esta crítica de la profundidad, forman una constante de la literatura
moderna. Inspiran la obra de Robbe-Grillet. De otra manera, se encuentran en Klossowski, en la relación entre
la epidermis y el guante de Roberte: véanse las observaciones de Klossowski a este respecto, en el
«posfacio» a Lois de l’hospitalité, pág. 344. o bien, Michel Tournier, en Vendredi ou les limbes du Pacifique,
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Segunda Serie, De los Efectos de Superficie
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Lewis Carroll en un artículo titulado The dynamics of a particle, «Superficie plana es el
carácter de un discurso...».
págs. 58-59: «Extraña postura, sin embargo, la que valora ciegamente la profundidad a expensas de la
superficie y que quiere que superficial signifique no de vasta dimensión, sino de poca profundidad, mientras
que profundo signifique por el contrario de gran profundidad y no de débil superficie. Y sin embargo, un
sentimiento como el amor se mide mucho mejor, me parece de ser posible medirlo, por la importancia de su
superficie que por su grado de profundidad...» Véanse Apéndices III y IV.
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TERCERA SERIE
DE LA PROPOSICIÓN
Entre estos acontecimientos-efectos y el lenguaje, o incluso la posibilidad del lenguaje,
hay una relación esencial: pertenece a los acontecimientos el ser expresados o
expresables, enunciados o enunciables por proposiciones cuando menos posibles. Pero
hay muchas relaciones en la proposición; ¿cuál es la que conviene a los efectos de
superficie, a los acontecimientos?
Muchos autores están de acuerdo en reconocer tres relaciones distintas en la proposición.
La primera se denomina designación o indicación: es la relación de la proposición con un
estado de cosas exterior (datum). El estado de cosas es individuado, implica tal o cual
cuerpo, mezclas de cuerpos, cualidades y cantidades, relaciones. La designación opera
mediante la asociación de las palabras mismas con imágenes particulares que deben
«representar» el estado de cosas: entre todas aquellas que se asocian a la palabra, a tal
o cual palabra en la proposición, hay que escoger, seleccionar las que corresponden al
complejo dado. La intuición designadora se expresa entonces bajo la forma: «es esto»,
«no es esto». La cuestión de saber si la asociación de palabras a imágenes es primitiva o
derivada, necesaria o arbitraria, no puede ser planteada todavía. Por el momento, lo que
cuenta es que ciertas palabras en la proposición, ciertas partículas lingüísticas, sirven de
formas vacías para la selección de imágenes siempre, es decir para la designación de
cada estado de cosas: sería erróneo tratarlas como conceptos universales; son singulares
formales, que tienen un papel de puros «designantes» o, como dice Benveniste, de
indicadores. Estos indicadores formales son: esto, aquello; el aquí, allá; ayer, hoy, etc.
Los nombres propios son también indicadores o designantes, pero de una importancia
especial ya que son los únicos que forman singularidades propiamente materiales.
Lógicamente, la designación tiene por criterio y por elemento lo verdadero y lo falso.
Verdadero significa que una designación está efectivamente cumplida por el estado de
cosas, que los indicadores están efectuados, o la buena imagen seleccionada.
«Verdadero en todos los casos» significa que el cumplimiento se da para la infinidad de
imágenes particulares asociables con las palabras, sin que haya necesidad de selección.
Falso significa que la designación no se cumple, sea por un defecto de las imágenes
seleccionadas, sea por la imposibilidad radical de producir una imagen asociable con las
palabras.
Una segunda relación de la proposición se denomina a menudo manifestación. Se trata
de la relación de la proposición con el sujeto que habla y se expresa. Así pues, la
manifestación se presenta como el enunciado de los deseos y las creencias que
corresponden a la proposición. Deseos y creencias son inferencias causales, no
asociaciones. El deseo es la causalidad interna de una imagen con respecto a la
existencia del objeto o del estado de cosas correspondiente; correlativamente, la creencia
es la expectativa de este objeto o estado de cosas, en tanto que su existencia debe ser
producida por una causalidad externa. De ello no debe concluirse que la manifestación es
segunda respecto a la designación: al contrario, ella la posibilita, y las inferencias forman
una unidad sistemática de la que derivan las asociaciones. Hume lo percibió de un modo
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Tercera Serie, De la Proposición
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profundo: en la asociación de causa a efecto, es la «inferencia según la relación» la que
precede a la relación misma. Este primado de la manifestación se confirma por el análisis
lingüístico. Porque hay en la proposición unos «manifestantes» como partículas
especiales: yo, tú; mañana, siempre; en otra parte, en todas partes, etc. Y del mismo
modo como el nombre propio es un indicador privilegiado, Yo es el manifestante de base.
Pero no son sólo los otros manifestantes quienes dependen del Yo, sino que es el
conjunto de indicadores los que se relacionan con él.1 La indicación o designación
subsumía los estados de cosas individuales, las imágenes particulares y los designantes
singulares; pero los manifestantes, a partir del Yo, constituyen el dominio de lo personal
que sirve de principio a toda designación posible. En definitiva, de la designación a la
manifestación, se produce un desplazamiento de valores lógicos representado por el
Cógito: no ya lo verdadero y lo falso, sino la veracidad y el engaño. En el célebre análisis
del pedazo de cera, Descartes no busca en ningún modo lo que permanece en la cera,
problema que ni siquiera se plantea en este texto, sino que muestra cómo el Yo
manifestado en el Cógito funda el juicio de designación según el cual la cera es
identificada.
Debemos reservar el nombre de significación para una tercera dimensión de la
proposición: se trata esta vez de la relación de la palabra con conceptos universales o
generales y de las relaciones sintácticas con implicaciones de concepto. Desde el punto
de vista de la significación, consideraremos siempre los elementos de la proposición como
«significando» implicaciones de conceptos que pueden remitir a otras proposiciones,
capaces de servir de premisas a la primera. La significación se define por este orden de
implicación conceptual en el que la proposición considerada no interviene sino como
elemento de una «demostración», en el sentido más general del término, sea como
premisa, sea como conclusión. Los significantes lingüísticos son entonces esencialmente
«implica» y «luego». La implicación es el signo que define la relación entre las premisas y
la conclusión; «luego» es el signo de la aserción que define la posibilidad de afirmar la
conclusión por sí misma como resultado de las implicaciones. Cuando hablamos de
demostración en el sentido más general, queremos decir que la significación de la
proposición se encuentra así siempre en el procedimiento indirecto que le corresponde, es
decir, en su relación con otras proposiciones de las que es concluida o, inversamente, de
las que posibilita la conclusión. La designación remite, por el contrario, al procedimiento
directo. La demostración no debe entenderse en sentido restringido, silogístico o
matemático, sino también en el sentido físico de las probabilidades, o en el sentido moral
de las promesas y compromisos, estando representada la aserción de la conclusión en
este primer caso por el momento en el que la promesa se cumple de modo efectivo2 El
valor lógico de la significación o demostración entendida de este modo no es ya la verdad,
como lo muestra el modo hipotético de las implicaciones, sino la condición de verdad, el
conjunto de condiciones bajo las que una proposición «sería» verdadera. La proposición
condicionada o concluida puede ser falsa, en tanto que designa actualmente un estado de
cosas inexistente, o no directamente verificado. La significación no funda la verdad sin
hacer también posible el error. Por ello, la condición de verdad no se opone a lo falso,
sino a lo absurdo: lo que no tiene significación, lo que no puede ser ni verdadero ni falso.
1
Véase la teoría de los «embrayeurs» [engranajes, acopladores], tal y como es presentada por Benveniste,
Problèmes de linguistique générale, Gallimard, cap. 20. Separamos «mañana» de ayer o de ahora porque
«mañana» es, en principio, expresión de creencia y sólo tiene valor indicativo secundario.
2
Por ejemplo, cuando Brice Parain opone la denominación (designación) y la demostración (significación),
entiende demostración de una manera que engloba el sentido moral de un programa por realizar, de una
promesa por cumplir, de un posible a realizar, como en una «demostración de amor» o en «te amaré
siempre». Véase Recherches sur la nature et les fonctions du langage, Gallimard, cap. V.
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Tercera Serie, De la Proposición
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La pregunta: ¿es la significación a su vez primera respecto a la manifestación y la
designación? requiere una respuesta compleja. Porque si la manifestación misma es
primera respecto a la designación, si es fundadora, es desde un punto de vista muy
particular. Retomando una distinción clásica, diremos que es desde el punto de vista del
habla, aunque sea un habla silenciosa. En el orden del habla es el Yo quien empieza, y
quien empieza de modo absoluto. En este orden, es pues primero, no sólo respecto a
toda designación posible que funda, sino también respecto a las significaciones que
envuelve. Pero, precisamente, desde este punto de vista, las significaciones conceptuales
ni valen ni se despliegan por sí mismas: permanecen sobreentendidas por el Yo, que se
presenta como dotado de una significación inmediatamente comprendida, idéntica a su
propia manifestación. Por ello, Descartes puede oponer la definición del hombre como
animal razonable a su determinación como Cógito: pues la primera exige un desarrollo
explícito de los conceptos significados (¿qué significa animal?, ¿qué significa razonable?),
mientras que la segunda se supone comprendida nada más dicha3
Este primado de la manifestación, no sólo respecto a la designación, sino respecto a la
significación, debe entenderse pues en un orden del «habla» en el que las significaciones
permanecen naturalmente implícitas. Sólo ahí el yo es primero respecto a los conceptos:
respecto al mundo y a Dios. Pero si existe otro orden en el que las significaciones valen y
se desarrollan por sí mismas, entonces, allí ellas son primeras y fundan la manifestación.
Este orden es precisamente el de la lengua: una proposición no puede aparecer en ésta
sino como premisa o conclusión, significando conceptos antes de manifestar un sujeto o,
incluso, de signar un estado de cosas. Por ello, desde este punto de vista, conceptos
significados, tales como Dios o el mundo, son siempre primeros respecto del yo como
persona manifestada, y de las cosas como objetos designados. Más generalmente,
Benveniste ha mostrado que la relación de la palabra (o mejor, de su propia imagen
acústica) con el concepto sólo era necesaria, y no arbitraria. Únicamente la relación de la
palabra con el concepto goza de una necesidad que las otras relaciones no tienen,
aquellas que permanecen en lo arbitrario en tanto que se las considera directamente, y
sólo salen cuando se las relaciona con esta primera relación. Así pues, la posibilidad de
hacer variar las imágenes particulares asociadas a la palabra, de sustituir una imagen por
otra bajo la forma de «no es esto, es esto», no se explica sino por la constancia del
concepto significado. Igualmente, los deseos no formarían un orden de exigencias o
incluso de deberes, distintos de una simple urgencia de las necesidades, y las creencias
no formarían un orden de inferencias distinto de las simples opiniones, si las palabras en
las que se manifiestan no remitieran en primer lugar a conceptos e implicaciones de
conceptos que hacen significativos estos deseos y estas creencias.
Sin embargo, el supuesto primado de la significación sobre la designación todavía plantea
un problema delicado. Cuando decimos «luego», cuando consideramos una proposición
como concluida, la hacemos objeto de una aserción, es decir, dejamos de lado las
premisas y la afirmamos por sí misma, independientemente. La remitimos al estado de
cosas que designa, independientemente de las implicaciones que constituyen su
significación. Pero, para ello, son precisas dos condiciones. Es preciso, en primer lugar,
que las premisas sean enunciadas como verdaderas efectivamente; lo que ya nos obliga
a salir del puro orden de implicación para relacionarlas con un estado de cosas designado
que se presupone. Pero luego, incluso suponiendo que las premisas A y B sean
verdaderas, de ellas no podemos concluir la proposición Z en cuestión, no podemos
3
Descartes, Príncipes, 1, 10.
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Tercera Serie, De la Proposición
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desligarla de sus premisas y afirmarla por sí con independencia de la implicación, más
que admitiendo que es, a su vez, verdadera si A y B son verdaderas: lo que constituye
una proposición C que continúa dentro del orden de la implicación, que no alcanza a salir
de él, ya que remite a una proposición D, que dice que Z es verdadera si A, B y C son
verdaderas... hasta el infinito. Esta paradoja, central en la lógica y que tuvo una
importancia decisiva para toda la teoría de la implicación y la significación simbólicas, es
la paradoja de Lewis Carroll, en el célebre texto «Lo que la tortuga dice a Aquiles».4 En
resumen: con una mano se desliga la conclusión de las premisas, pero a condición de
que, con la otra mano, se añadan siempre otras premisas de las que la conclusión no
puede desligarse. Lo que equivale a decir que la significación no es nunca homogénea; o
que los dos signos «implica» y «luego» son completamente heterogéneos; o que la
implicación nunca alcanza a fundar la designación si no es dándosela enteramente hecha,
una vez en las premisas y otra vez en la conclusión.
De la designación a la manifestación, y luego a la significación, pero también de la
significación a la manifestación y a la designación, estamos atrapados en un círculo que
es el círculo de la proposición. La cuestión de saber si debemos contentarnos con estas
tres dimensiones, o si es preciso añadir una cuarta que sería la del sentido, es una
cuestión económica o estratégica. No es que debamos construir un modelo a posteriori
que corresponda a unas dimensiones previas; sino porque el modelo mismo debe ser
apto para funcionar a priori desde el interior, debe introducir una dimensión suplementaria
que no habría podido ser reconocida, a causa de su evanescencia, desde el exterior en la
experiencia. Es pues una cuestión de derecho, y no solamente de hecho. Sin embargo,
hay una cuestión de hecho, y es preciso empezar por ella: ¿puede ser localizado el
sentido en una de estas tres dimensiones, designación, manifestación o significación? Se
contestará en primer lugar que ello parece imposible para la designación. La designación
es aquello que, si se cumple, hace que la proposición sea verdadera; y si no, falsa. Ahora
bien, el sentido no puede consistir evidentemente en lo que hace verdadera o falsa a una
proposición, ni en la dimensión en la que estos valores se efectúan. Y lo que es más, la
designación no podría soportar el peso de la proposición si no es en la medida en que
pudiera mostrarse una correspondencia entre las palabras y las cosas o estados de cosas
designados: Brice Parain, ha contabilizado las paradojas que una hipótesis tal hace surgir
en la filosofía griega.5 ¿Cómo evitar, por ejemplo, que un carro pase por tu boca? Más
directamente aún, Lewis Carroll pregunta: ¿cómo podrían tener los nombres un
«respondedor», y qué significa para algo responder a su nombre? Y si las cosas no
responden a su nombre, ¿qué les impide perder su nombre? ¿Qué permanecería
entonces –excepto lo arbitrario de las designaciones a las que nada responde, y el vacío
de los indicadores o designantes formales del tipo «esto»-, desprovistos unos y otros de
sentido? Es seguro que toda designación supone el sentido, y que hay que instalarse de
golpe en el sentido para operar cualquier designación.
Identificar el sentido con la manifestación tiene más posibilidades de éxito, ya que los
designantes mismos no tienen sentido sino en función de un Yo que se manifiesta en la
proposición. Este Yo es sin duda primero, ya que hace empezar el habla; como dice
Alicia, «si sólo hablarais cuando se os habla, nadie diría nunca nada». Se concluirá de
4
Véase en Logique sans peine, ed. Hermann, trad. Gattegno et Coumet. Sobre la abundante bibliografía,
literaria, lógica y científica, concerniente a la paradoja de Carroll, nos remitimos a los comentarios de Ernest
Coumet, págs. 281-288. [Una versión castellana del texto citado «Lo que la Tortuga dijo a Aquiles» se
encuentra en www.philosophia.cl en la sección Biblioteca. N. de E.]
5
Brice Parain, op. cit., cap. III.
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ello que el sentido reside en las creencias (o deseos) de quien se expresa.6 «Cuando
empleo una palabra -dice también Humpty Dumpty significa lo que yo quiero que
signifique, ni más ni menos... La cuestión es saber quién manda, y basta.» Pero hemos
visto que el orden de las creencias y los deseos estaba fundado sobre el orden de las
implicaciones conceptuales de la significación, e incluso que la identidad del yo que habla,
o que dice Yo, no estaba garantizada más que por la permanencia de ciertos significados
(conceptos de Dios, del mundo...). El Yo no es primero y suficiente en el orden de la
palabra sino en tanto que envuelve significaciones que deben ser desarrolladas por sí
mismas en el orden de la lengua. Si estas significaciones se derrumban, o no están
establecidas en sí, la identidad personal se pierde, experiencia dolorosa que hace Alicia,
en condiciones en las que Dios, el mundo y el yo se vuelven los personajes indecisos del
sueño de alguien mal determinado. Por ello, el último recurso parece ser identificar el
sentido con la significación.
De nuevo nos vemos remitidos al círculo, conducidos a la paradoja de Carroll, en la que la
significación no puede ejercer nunca su papel de último fundamento, y presupone una
designación irreductible. Pero hay quizás una razón muy general por la que la
significación fracasa, y el fundamento hace círculo con lo fundado. Cuando definimos la
significación como la condición de verdad, le damos un carácter que le es común con el
sentido, que es ya el del sentido. Pero ¿cómo asume la significación este carácter, cómo
lo usa? Al hablar de condición de verdad, nos elevamos por encima de lo verdadero y lo
falso ya que una proposición falsa tiene un sentido o una significación. Pero, a la vez,
definimos esta condición superior sólo como la posibilidad para la proposición de ser
verdadera7. La posibilidad para una proposición de ser verdadera no es sino la forma de
posibilidad de la proposición misma. Hay muchas formas de posibilidad de las
proposiciones: lógica, geométrica, algebraica, física, sintáctica...; Aristóteles define la
forma de posibilidad lógica por la relación de los términos de la proposición con los
«lugares» que conciernen al accidente, el propio, el género o la definición; Kant inventa
incluso dos nuevas formas de posibilidad: la posibilidad trascendental y la posibilidad
moral. Pero, de cualquier modo como se defina la forma, es un extraño trámite que
consiste en elevarse de lo condicionado a la condición para concebir la condición como
simple posibilidad de lo condicionado. Es cierto que nos elevamos a un fundamento, pero
lo fundado sigue siendo lo que era, independientemente de la operación que lo funda no
afectado por ella: así la designación sigue siendo exterior al orden que la condiciona, lo
verdadero y lo falso permanecen indiferentes al principio que no determina la posibilidad
del uno si no es dejándolo subsistir en su antigua relación con el otro. Hasta el punto de
que perpetuamente nos remitimos de lo condicionado a la condición, pero también de la
condición a lo condicionado. Para que la condición de verdad escape a este defecto,
debería disponer de un elemento propio distinto de la forma de lo condicionado, debería
tener algo incondicionado capaz de asegurar una génesis real de la designación y de las
otras dimensiones de la proposición: entonces la condición de verdad se definiría, no ya
como forma de posibilidad conceptual, sino como materia o «estrato» ideal, es decir, no
ya como significación, sino como sentido.
El sentido es la cuarta dimensión de la proposición. Los estoicos la descubrieron con el
acontecimiento: el sentido es lo expresado de la proposición, este incorporal en la
superficie de las cosas, entidad compleja irreductible, acontecimiento puro que insiste o
subsiste en la proposición. Por segunda vez en el siglo XIV, se hizo este descubrimiento
6
Véase Russell, Signification et vérité, ed. Flammarion, trad. Devaux, Págs. 213-224.
Russell, op. cit., pág. 198: «Podemos decir que todo lo que es afirmado por un enunciado provisto de sentido
posee una cierta especie de posibilidad.»
7
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Tercera Serie, De la Proposición
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en la escuela de Ockham, por Gregorio de Rimini y Nicolas de Autrecourt. Una tercera
vez, a fines del XIX, por el gran filósofo y lógico Meinong.8 Hay sin duda razones para
estos momentos: hemos visto que el descubrimiento estoico suponía una inversión del
platonismo; del mismo modo, la lógica ockhamiana reaccionaba contra el problema de los
Universales; y Meinong, contra la lógica hegeliana y su descendencia. La cuestión es la
siguiente: ¿hay algo, aliquid, que no se confunde ni con la proposición o los términos de la
proposición, ni con el objeto o estado de cosas que ésta designa, ni con la vivencia, la
representación o la actividad mental de quien se expresa en la proposición, ni con los
conceptos, o, incluso las esencias significadas? El sentido, lo expresado de la
proposición, sería entonces irreductible a los estados de cosas individuales, y a las
imágenes particulares, y a las creencias personales, y a los conceptos universales y
generales. Los estoicos supieron decirlo: ni palabra, ni cuerpo, ni representación sensible,
ni representación racional9. E incluso puede que el sentido fuera «neutro», completamente
indiferente tanto a lo particular como a lo general, a lo singular como a lo universal, a lo
personal y a lo impersonal. Tendría una naturaleza completamente diferente. Pero ¿es
preciso reconocer una instancia tal, suplementaria; o debemos arreglárnoslas con las que
ya tenemos, la designación, la significación y la manifestación? En cada época se
reanuda la polémica (André de Neufchâteau y Pierre d'Ailly contra Rimini, Brentano y
Russell contra Meinong). Y es que, verdaderamente, el intento de hacer aparecer esta
cuarta dimensión es un poco como la caza del Snark de Lewis Carroll. Puede que sea la
caza misma, y el sentido sea el Snark. Es difícil contestar a quienes quieren bastarse con
palabras, cosas, imágenes e ideas. Porque ni siquiera puede decirse del sentido que
exista: ni en las cosas ni en el espíritu, ni con una existencia física ni con una existencia
mental. ¿Puede decirse al menos que es útil, que hay que admitirlo en razón de su
utilidad? Ni siquiera, ya que está dotado de un esplendor ineficaz, impasible y estéril. Por
ello decimos que de hecho no puede ser inferido sino indirectamente, a partir del círculo al
que nos arrastran las dimensiones ordinarias de la proposición. Solamente hendiendo el
círculo, como se hace con el anillo de Moebius, desplegándolo en su longitud,
destorciéndolo, la dimensión del sentido aparece por sí misma y en su irreductibilidad,
pero también con su poder de génesis, animando entonces un modelo interior a priori de
la proposición.10 La lógica del sentido está enteramente inspirada por el empirismo; pero
precisamente sólo el empirismo sabe superar las dimensiones experimentales de lo
visible sin caer en las Ideas, y acosar, invocar, y tal vez producir un fantasma en el límite
de una experiencia alargada; desplegada.
Husserl denomina a esta dimensión última expresión: se distingue de la designación, de la
manifestación y dé la demostración.11 El sentido es lo expresado. Husserl, no menos que
Meinong, reencuentra las fuentes vivas de una inspiración estoica. Cuando Husserl se
interroga, por ejemplo, por el «noema perceptivo» o «sentido de la percepción», lo
8
Hubert Elie, en un excelente libro (Le Complexe significabile, Vrin, 1936), expone y comenta las doctrinas de
Gregorio de Rimini y de Nicolas d'Autrecourt. Muestra su extrema semejanza con las teorías de Meinong, y
cómo una misma polémica se reproduce en el siglo XIX y en el siglo XIV; aunque no indica el origen estoico
del problema.
9
Sobre la diferencia estoica entre los incorporales y las representaciones racionales, compuestas de trazos
corporales, véase E. Bréhier, op. cit., págs. 16-18.
10
Véanse las observaciones de Albert Lautman sobre el anillo de Moebius: tiene «nada más que un lado, y
ésa es una propiedad esencialmente extrínseca, puesto que para dar cuenta de ella es necesario partir el
anillo y destorcerlo, lo que supone una rotación en torno de un eje exterior a la superficie del anillo. Es sin
embargo posible caracterizar esta unilateralidad por una propiedad puramente intrínseca...», etc. Essai sur les
notions de structure et d'existence en mathématiques, ed. Hermann, 1938, tomo 1, pág. 51.
11
No tenemos en cuenta el empleo particular que Husserl hace de «significación» en su terminología, ya sea
para identificarla, ya para unirla a «sentidos».
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Tercera Serie, De la Proposición
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distingue a la vez del objeto físico, de la vivencia psicológica, de las representaciones
mentales y de los conceptos lógicos. Lo presenta como un impasible, un incorporal, sin
existencia física ni mental, que ni hace ni padece, puro resultado, pura «apariencia»: el
árbol real (lo designado) puede arder, ser sujeto y objeto de acción, entrar en mezclas;
pero no el noema de árbol. Hay muchos noemas o sentidos para un mismo designado:
lucero de la mañana y lucero de la tarde son dos noemas, es decir, dos modos que tiene
de presentarse un mismo designado en unas expresiones. Pero cuando Husserl dice que
el noema es lo percibido tal como aparece en presencia, «lo percibido como tal» o la
apariencia, no debemos por ello entender que se trata de un dato sensible o de una
cualidad, sino al contrario de una unidad ideal objetiva como correlato intencional del acto
de percepción. Un noema cualquiera no está dado en una percepción (ni en un recuerdo o
en una imagen), tiene un estatuto completamente diferente que consiste en no existir
fuera de la proposición que lo expresa, proposición perceptiva, de recuerdo o de
representación. Del verde como color sensible o cualidad, distinguimos el «verdear» como
color noemático o atributo. El árbol verdea, ¿no es acaso, finalmente, éste el sentido del
color del árbol, y el árbol arborifica, su sentido global? ¿Qué es el noema sino un
acontecimiento puro, el acontecimiento árbol (aunque Husserl no hable así por razones
terminológicas)? Y lo que se denomina apariencia, ¿qué es sino un efecto de superficie?
Entre los noemas de un mismo objeto, o incluso de objetos diferentes, se elaboran lazos
complejos, análogos a los que la dialéctica estoica establece entre los acontecimientos.
¿Será la fenomenología esa ciencia rigurosa de los efectos de superficie?
Consideremos el estatuto complejo del sentido o de lo expresado. Por una parte, no existe
fuera de la proposición que lo expresa. Lo expresado no existe fuera de su expresión. Por
ello, no puede decirse que el sentido exista, sino solamente que insiste o subsiste. Pero
por otra parte, no se confunde en absoluto con la proposición, tiene una «objetividad»
completamente distinta. Lo expresado no se parece en nada a la expresión. El sentido se
atribuye, pero no es en modo alguno atributo de la proposición, es atributo de la cosa o
del estado de cosas. El atributo de la proposición es el predicado, por ejemplo un
predicado cualitativo como verde. Se atribuye al sujeto de la proposición. Pero el atributo
de la cosa es el verbo, verdear por ejemplo, o mejor el acontecimiento expresado por este
verbo; y se atribuye a la cosa designada por el sujeto, o al estado de cosas designado por
la proposición en su conjunto. Inversamente, este atributo lógico, a su vez, no se
confunde en ningún modo con el estado de cosas físico, ni con una cualidad o relación de
este estado. El atributo no es un ser, y no cualifica a un ser; es un extra-ser. Verde
designa una cualidad, una mezcla de cosas, una mezcla de árbol y de aire donde la
clorofila coexiste con todas las partes de la hoja. Verdear, por el contrario, no es una
cualidad en la cosa, sino un atributo que se dice de la cosa, y que no existe fuera de la
proposición que la expresa al designar la cosa. Y de nuevo hemos regresado a nuestro
punto de partida: el sentido no existe fuera de la proposición... etcétera.
Pero ahora no se trata de un círculo. Es más bien la coexistencia de dos caras sin
espesor, de modo que se pasa de la una a la otra siguiendo su longitud. De modo
inseparable, el sentido es lo expresable o lo expresado de la proposición, y el atributo del
estado de cosas. Tiende una cara hacia las cosas, y otra hacia las proposiciones. Pero no
se confunde ni con la proposición que la expresa ni con el estado de cosas o la cualidad
que la proposición designa. Es exactamente la frontera entre las proposiciones y las
cosas. En este aliquid, a la vez extra-ser e insistencia, este mínimo de ser que conviene a
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Tercera Serie, De la Proposición
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las insistencias.12 Es «acontecimiento» en este sentido: la condición de no confundir el
acontecimiento con su efectuación espacio-temporal en un estado de cosas. Así pues, no
hay que preguntar cuál es el sentido de un acontecimiento: el acontecimiento es el sentido
mismo. El acontecimiento pertenece esencialmente al lenguaje, está en relación esencial
con el lenguaje; pero el lenguaje es lo que se dice de las cosas. Jean Gattegno señaló
claramente la diferencia entre los cuentos de Carroll y los cuentos de hadas clásicos: en
Carroll, todo lo que pasa, pasa en el lenguaje y pasa por el lenguaje; «no nos cuenta una
historia, nos dirige un discurso, un discurso en varios trozos...».13 En este mundo plano
del sentido-acontecimiento, o de lo expresable-atributo, es en donde Lewis Carroll instala
toda su obra. De ahí se desprende la relación entre la obra fantástica firmada Carroll y la
obra matemático-lógica firmada Dodgson. Nos parece difícil afirmar, como se ha hecho,
que la obra fantástica presenta simplemente la recopilación de trampas y dificultades en
las que caemos cuando no observamos las reglas y las leyes formuladas por la obra
lógica. No sólo porque muchas de estas trampas subsisten en la obra lógica misma; sino
también porque nos parece que la distribución es de otra clase. Es sorprendente constatar
que toda la obra lógica concierne directamente a la significación, las implicaciones y las
conclusiones, y no concierne al sentido más que indirectamente, precisamente por
mediación de las paradojas que la significación no resuelve, o que crea incluso. Por el
contrario, la obra fantástica concierne inmediatamente al sentido, y la remite directamente
la potencia de la paradoja. Lo que corresponde muy bien a los dos estados del sentido, de
hecho y de derecho, a posteriori y a priori, según si se lo infiere indirectamente del círculo
de la proposición, o si se hace aparecer por sí mismo, desplegando el círculo a lo largo de
la frontera entre las proposiciones y las cosas.
12
Estos términos, insistencia y extra-ser, tienen su equivalente en la terminología de Meinong como en la de
los estoicos.
13
En Logique sans peine, op. cit., prefacio, págs. 13-20.
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CUARTA SERIE
DE LAS DUALIDADES
La primera gran dualidad era la de las causas y los efectos, de las cosas corporales y los
acontecimientos incorporales. Pero, en la medida en que los acontecimientos-efectos no
existen fuera de las proposiciones que los expresan, esta dualidad se prolonga en la de
las cosas y las proposiciones, los cuerpos y el lenguaje. De aquí la alternativa que
atraviesa toda la obra de Lewis Carroll: comer o hablar. En Silvia y Bruno, la alternativa es
«bits of things» o «bits of Shakespeare». En la cena cortesana de Alicia, comer lo que se
os presenta o ser presentado a lo que se come. Comer, ser comido, es el modelo de la
operación de los cuerpos, el tipo de su mezcla en profundidad, su acción y pasión, su
modo de coexistencia del uno en el otro. Pero hablar es el movimiento de la superficie, de
los atributos ideales o de los acontecimientos incorporales. Nos preguntamos qué es más
grave, hablar de comida o comerse las palabras. En sus obsesiones alimenticias, Alicia
está atravesada por pesadillas relativas a absorber o ser absorbida. Ella comprueba que
los poemas que escucha tratan de peces comestibles. Y si se habla de alimento, ¿cómo
evitar hablar de él delante de quien debe servir de alimento? De ahí las pifias de Alicia
ante el ratón. ¿Cómo no comer el pudding que se nos ha presentado? Además, las
palabras de los recitados llegan de través, como atraídas por la profundidad de los
cuerpos, con alucinaciones verbales, como las que se presentan en aquellas
enfermedades en las que los trastornos de lenguaje se acompañan de comportamientos
orales desenfrenados (llevárselo todo a la boca, comer cualquier objeto, rechinar los
dientes). «Estoy segura de que ésas no son verdaderas palabras», dice Alicia resumiendo
el destino de aquel que habla de alimento. Pero comerse las palabras es justamente lo
contrario: se eleva la operación de los cuerpos a la superficie del lenguaje, se hacen subir
los cuerpos destituyéndolos de su antigua profundidad, aun a riesgo de perder todo el
lenguaje en este desafío. Esta vez los trastornos son de superficie, laterales, extendidos
de derecha a izquierda. El tartamudeo ha sustituido a la pifia, los fantasmas de la
superficie han sustituido a la alucinación de las profundidades, los sueños de
deslizamiento acelerado sustituyen a las pesadillas de hundimiento y absorción difíciles.
De este modo, la niña ideal, incorporal y anoréxica, el niño ideal, tartamudo y zurdo,
deben desprenderse de sus imágenes reales, voraces, glotonas y torpes.
Pero esta segunda dualidad, cuerpo-lenguaje, comer-hablar, no es suficiente. Hemos
visto que, aunque el sentido no existía fuera de la proposición que lo expresa, sin
embargo era atributo de los estados de cosas y no de la proposición. El acontecimiento
subsiste en el lenguaje, pero sobreviene a las cosas. Las cosas y las proposiciones están
menos en una dualidad radical que a uno y otro lado de una frontera representada por el
sentido. Esta frontera no los mezcla, no los reúne (no hay monismo ni dualismo), es más
bien como la articulación de su diferencia: cuerpo/lenguaje. Según la comparación del
acontecimiento con un vapor en la pradera, este vapor se eleva precisamente en la
frontera, en la bisagra de las cosas y las proposiciones. Hasta el punto de que la dualidad
se refleja de los dos lados, en cada uno de los dos términos. Del lado de la cosa, están
por una parte las cualidades físicas y relaciones reales, constitutivas del estado de cosas;
por otra parte, los atributos lógicos ideales que señalan los acontecimientos incorporales.
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Cuarta Serie, De las Dualidades
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Y, del lado de la proposición, están por una parte los nombres y adjetivos que designan el
estado de cosas; por la otra, los verbos que expresan los acontecimientos o atributos
lógicos. Por una parte, los nombres propios singulares, los sustantivos y adjetivos
generales que señalan medidas, paradas, descensos, presencias; por otra parte, los
verbos que arrastran con ellos al devenir y su tren de acontecimientos reversibles, y cuyo
presente se divide hasta el infinito en pasado y futuro. Humpty Dumpty distingue con
fuerza las dos clases dé palabras: «Algunas tienen carácter, especialmente los verbos:
son los más orgullosos. Con los adjetivos puede hacerse lo que se quiere, pero no con los
verbos. Y sin embargo, ¡yo puedo utilizarlos todos a mi gusto! ¡Impenetrabilidad! Esto es
lo que digo.» Y cuando Humpty Dumpty explica la insólita palabra «impenetrabilidad», da
una razón demasiado modesta («quiero decir que ya hemos hablado bastante de este
tema»). De hecho, impenetrabilidad quiere decir otra cosa muy distinta. Humpty Dumpty
opone la impasibilidad de los acontecimientos a las acciones y pasiones de los cuerpos, la
inconsumibilidad del sentido a la comestibilidad de las cosas, la impenetrabilidad de los
incorporales sin espesor a las mezclas y penetraciones recíprocas de las sustancias, la
resistencia de la superficie a la molicie de las profundidades, en una palabra, el «orgullo»
de los verbos a las complacencias-de sustantivos y adjetivos. E impenetrabilidad quiere
decir también la frontera entre los dos; y que quien está sentado en la frontera, como
Humpty Dumpty está sentado sobre su estrecha pared, dispone de ambos, amo
impenetrable de la articulación de su diferencia («sin embargo, yo puedo utilizarlos a
todos a mi gusto»).
Pero todavía no es suficiente. La última palabra de la dualidad no está en este regreso a
la hipótesis del Cratilo. La dualidad en la proposición no se da entre dos clases de
nombres, nombres de parada y nombres de devenir, nombres de sustancias o de
cualidades y nombres de acontecimientos, sino entre dos dimensiones de la proposición
misma: la designación y la expresión, la designación de cosas y la expresión de sentido.
Hay aquí como dos lados del espejo, pero lo que está a un lado no se parece a lo que
está del otro («todo el resto era lo más diferente posible...»). Pasar al otro lado del espejo
es pasar de la relación de designación a la relación de expresión: sin detenerse en los
intermediarios, manifestación y significación. Es llegar a una región en la que el lenguaje
ya no tiene relación con unos designados, sino solamente con unos expresados, es decir,
con el sentido. Este es el último desplazamiento de la dualidad: pasa ahora al interior de
la proposición.
El ratón cuenta que, cuando los señores planearon ofrecer la corona a Guillermo el
Conquistador, «el arzobispo encontró esto razonable». El pato pregunta: «¿Encontró
qué?» - Encontró esto -replicó el ratón muy irritado-, usted sabe perfectamente lo que esto
quiere decir» - «Por supuesto que sé lo que esto quiere decir cuando encuentro algo -dijo
el pato-; generalmente, es una rana o un gusano. La pregunta es: ¿qué encontró el
arzobispo?» Es evidente que el pato emplea y entiende esto como un término de
designación para todas las cosas, estados de cosas y cualidades posibles (indicador).
Añade incluso que lo designado es esencialmente lo que se come o se puede comer.
Cualquier designable o designado es en principio consumible, penetrable; Alicia señala
por otra parte que no puede «imaginar» sino alimentos. Pero el ratón empleaba esto de
un modo completamente diferente: como el sentido de una proposición previa, como el
acontecimiento expresado por la proposición (ir a ofrecer la corona a Guillermo). El
equívoco a propósito de esto se distribuye, pues, según la dualidad de la designación y la
expresión. Las dos dimensiones de la proposición se organizan en dos series que no
convergen sino en el infinito, en un término tan ambiguo como esto, ya que se encuentran
solamente en la frontera que no cesan de costear. Y una de las series recoge a su modo
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Cuarta Serie, De las Dualidades
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«comer», mientras que la otra extrae la esencia de «hablar». Por ello, en muchos poemas
de Carroll se asiste al desarrollo autónomo de dos dimensiones simultáneas, remitiendo la
una a unos objetos designados siempre consumibles o recipientes de consumo, y la otra a
sentidos siempre expresables, o por lo menos a objetos portadores de lenguaje y de
sentido, convergiendo las dos dimensiones tan sólo en una palabra esotérica, en un
aliquid no identificable. Como el estribillo del Snark: «Puedes acosarlo con dedales, y
también acosarlo con cuidado. Puedes cazarlo con tenedores y esperanza»; donde el
dedal y el tenedor se remiten a instrumentos designados, pero la esperanza y el cuidado a
consideraciones de sentido y acontecimientos (el sentido se presenta a menudo, en Lewis
Carroll, como aquello con lo que hay que «tener cuidado», el objeto de un «cuidado»
fundamental). La palabra extraña, el Snark, es la frontera perpetuamente costeada, a la
vez que trazada por las dos series. Más típica todavía, la admirable canción del jardinero
en Silvia y Bruno. Cada estrofa pone en juego dos términos de género muy diferente, que
se ofrecen a dos miradas distintas: «Pensaba que veía... Miró de nuevo y se dio cuenta
de que era...» El conjunto de estrofas desarrolla así dos series heterogéneas, hecha la
una de animales, seres u objetos consumidores o consumibles, descritos según sus
cualidades físicas, sensibles y sonoras, y la otra hecha de objetos o personajes
eminentemente simbólicos, definidos por atributos lógicos o, a veces, apelaciones de
parentesco, y portadores de acontecimientos, de noticias, mensajes o sentidos. En la
conclusión de cada estrofa, el jardinero traza un camino melancólico, bordeado a un lado
y otro por las dos series; pues esta canción, sepámoslo, es su propia historia.
«Creía ver un elefante,
un elefante que tocaba el pífano;
mirando mejor, vio que era
una carta de su esposa.
De esta vida, finalmente, dijo,
siento la amargura...
Creía ver un albatros
revoloteando en torno a la lámpara;
mirando mejor, vio que era
un sello de diez céntimos.
Debería volver a casa, dijo,
las noches son muy húmedas...
Creía ver un silogismo
demostrando que él era Papa;
mirando mejor, vio que era
un pedazo de jabón de mármol.
¡Dios mío, dijo, un hecho tan funesto
consuene toda esperanza!»1
1
La canción del jardinero, en Silvia y Bruno, está formada por nueve estrofas, de las que ocho están
dispersas en el primer tomo, la novena aparece en Sylvie and Bruno concluded (cap. 20). Una traducción del
conjunto está dada por Henri Parisot en Lewis Carroll, ed. Seghers, 1952, y por Robert Benayoun en su
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Cuarta Serie, De las Dualidades
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Anthologie du nonsense, Pauvert ed., 1957, págs. 180-182. [Para la traducción de los fragmentos de Lewis
Carroll, nos hemos apoyado en la traducción de Luis Maristany, Plaza y Janés, Barcelona, 1986. Nota del
Traductor de esta edición castellana]
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Cuarta Serie, De las Dualidades
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QUINTA SERIE
DEL SENTIDO
Ya que el sentido nunca está solamente en uno de los dos términos de una dualidad que
opone las cosas y las proposiciones, los sustantivos y los verbos, las designaciones y las
expresiones, ya que es también la frontera, el filo o la articulación de la diferencia entre
los dos, ya que dispone de una impenetrabilidad que le es propia y en la que se refleja,
debe desarrollarse en sí mismo en una serie de paradojas, esta vez interiores.
Paradoja de la regresión, o de la proliferación indefinida. Cuando designo algo, siempre
supongo que el sentido está comprendido, que está ya ahí. Como dice Bergson, no se va
de los sonidos a las imágenes, y de las imágenes al sentido: uno se instala «de golpe» en
el sentido. El sentido es como la esfera en la que ya estoy instalado para operar las
designaciones posibles, e incluso para pensar sus condiciones. El sentido está siempre
presupuesto desde el momento en que yo empiezo a hablar; no podría empezar sin este
presupuesto. En otras palabras, nunca digo el sentido de lo que digo. Pero, en cambio,
puedo siempre tomar el sentido de lo que digo como el objeto de otra proposición de la
que, a su vez, no digo el sentido. Entro entonces en la regresión infinita del presupuesto.
Esta regresión atestigua a la vez la mayor impotencia de aquel que habla, y la más alta
potencia del lenguaje: mi impotencia para decir el sentido de lo que digo, para decir a la
vez algo y su sentido, pero también el poder infinito del lenguaje de hablar sobre las
palabras. En resumen: dada una proposición que designa un estado de cosas, siempre
puede tomarse su sentido como lo designado de otra proposición. Si convenimos en
considerar la proposición como un nombre, sucede que todo nombre que designa un
objeto puede convertirse a su vez en objeto de un nuevo nombre que designe su sentido:
dado n1 remite a n2 que designa el sentido de n1, n2 a n3, etc. Para cada uno de estos
nombres, el lenguaje debe contener un nombre para el sentido de este nombre. Esta
proliferación infinita de entidades verbales es conocida como paradoja de Frege.1 Pero
también es la paradoja de Lewis Carroll. Aparece rigurosamente al otro lado del espejo,
en el encuentro de Alicia con el caballero. El caballero anuncia el título de la canción que
va a cantar: «El nombre que le dan es Ojos de Besugo.» - «Ah, ¿es ése el nombre de la
canción?» -dijo Alicia. - «No, no lo entiendes -dijo el caballero-. Ese es el nombre que le
dan. Pero su nombre, en realidad, es El hombre viejo viejo.» - «Entonces yo debería
haber dicho: "Así es como se llama la canción" -se autocorrigió Alicia. - « ¡No; eso ya es
otra cosa! La canción se llama Vías y medios: pero esto es sólo cómo se llama, no la
canción en sí misma, ¿lo ves?» - «Bien, ¿cuál es entonces la canción?» - «A eso iba
-concluyó el caballero- la canción es propiamente Sentado en una cerca.»
Este texto, que hemos traducido torpemente para ser fieles a la terminología de Carroll,
distingue una serie de entidades nominales. No sigue una regresión infinita sino,
precisamente para limitarse, procede según una progresión convencionalmente finita. Así
pues, debemos partir del final, restableciendo su regresión natural. 1°) Carroll dice: la
1
Véase G. Frege, Ueber Sinn und Bedeutung, Zeitschrift f. Ph. und Ph. Kr. 1892. El principio de una
proliferación infinita de las entidades ha suscitado en muchos lógicos contemporáneos resistencias poco
justificadas, por ejemplo en Carnap, Meaning and Necessity, Chicago, 1947, págs. 130-138.
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Quinta Serie, Del Sentido
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canción es en realidad «Sentado en una cerca». Porque la canción misma es una
proposición, un nombre (n1). «Sentado en una cerca» es este nombre, este nombre que
es la canción, y que aparece ya en la primera estrofa. 2°) Pero no es el nombre de la
canción: puesto que ella misma es un nombre, la canción se designa mediante otro
nombre. Este segundo nombre (n2), es «Vías y medios», que forma el tema de las 2.a, 3.a,
4.a y 5.a estrofas. «Vías y medios» es, pues, el nombre que designa a la canción o lo que
la canción es llamada. 3°) Pero el nombre real, añade Carroll, es «El hombre viejo viejo»,
que en efecto aparece en el conjunto de la canción. Porque el nombre designador tiene a
su vez un sentido que forma un nuevo nombre (n3). 4°) Pero este tercer nombre debe ser
designado a su vez por un cuarto. Es decir: el sentido de n2, o sea n3, debe ser designado
por n4. Este cuarto nombre, es lo que el nombre de la canción se llama: «Ojos de
besugo», que aparece en la 6a estrofa.
Hay pues cuatro nombres en la clasificación de Carroll: el nombre como realidad de la
canción; el nombre que designa esta realidad, que designa pues la canción, o que
representa lo que se llama la canción; el sentido de este nombre, que forma un nuevo
nombre o una nueva realidad; el nombre que designa esta nueva realidad, que designa
pues el sentido del nombre de la canción, o que representa lo que se llama el nombre de
la canción. Hemos de hacer varias observaciones: en primer lugar, Lewis Carroll se ha
limitado voluntariamente, dado que ni siquiera tiene en cuenta cada estrofa en particular, y
puesto que su presentación progresiva de la serie le permite un punto de partida
arbitrario, «Ojos de besugo». Pero es obvio que la serie, tomada en su sentido regresivo,
puede prolongar hasta el infinito la alternancia de un nombre real y de un nombre que
designa esta realidad. Se observará por otra parte que la serie de Carroll es mucho más
compleja que la que indicábamos hace un momento. Anteriormente, en efecto, sólo se
trataba de lo siguiente: un nombre que designa algo remite a otro nombre que designa su
sentido, hasta el infinito. En la clasificación de Carroll, esta situación precisa está
representada sólo por n2 y n4: n4 es el nombre que designa el sentido de n2. Ahora bien,
Lewis Carroll añade otros dos nombres: el primero, porque trata la cosa primitiva
designada como siendo ella misma un nombre (la canción); el tercero porque trata el
sentido del nombre designado como siendo él mismo un nombre, independientemente del
nombre que a su vez va a designarlo. Lewis Carroll forma pues la regresión con cuatro
entidades nominales que se desplazan hasta el infinito. Es decir: descompone cada
pareja, fija cada pareja, para sacar de ella una pareja suplementaria. Más adelante
veremos por qué. Pero podemos contentarnos con una regresión de dos términos
alternantes: el nombre que designa algo y el nombre que designa el sentido de este
primer nombre. Esta regresión de dos términos es la condición mínima de la proliferación
indefinida.
Esta expresión más simple aparece en un texto de Alicia, en el que la Duquesa encuentra
siempre la moral, la moraleja que hay que sacar de todas las cosas. Al menos de
cualquier cosa que sea una proposición. Porque, cuando Alicia no habla, la Duquesa se
queda sin recursos: «Estás pensando en algo, querida, y eso hace que te olvides de
hablar. Ahora mismo podría decirte cuál es la moraleja.» Pero, en cuanto Alicia habla, la
Duquesa encuentra las moralejas: «El juego marcha mejor ahora, ¿no?», dice Alicia. «Así
es -dijo la duquesa y la moraleja de eso es: "¡Ah, el amor, el amor, pone en marcha el
mundo!"» - «Alguien dijo -susurró Alicia- "¡que marcharía mucho mejor si cada cual se
ocupara de sus propios asuntos!"» - «¡Ah, bueno! Viene a ser lo mismo -dijo la
Duquesa..., y la moraleja de esto es: "Tú cuida el sentido, y los sonidos ya cuidarán de sí
mismos."» No se trata de asociaciones de ideas, de una frase a otra, es todo este pasaje:
la moraleja de cada proposición consiste en otra proposición que designa el sentido de la
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Quinta Serie, Del Sentido
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primera. Hacer del sentido el objeto de una nueva proposición, esto es, «tener cuidado del
sentido», en condiciones tales que las proposiciones proliferan, «los sonidos se cuidan de
sí mismos». Se confirma así la posibilidad de un vínculo profundo entre la lógica del
sentido, la ética y la moral o la moralidad.
Paradoja del desdoblamiento estéril o de la reiteración seca. Hay sin duda un medio de
evitar esta regresión hasta el infinito: se trata de fijar la proposición, de inmovilizarla, justo
el tiempo para extraer su sentido como esta fina película en el límite de las cosas y de las
palabras. (De ahí el desdoblamiento que acabamos de constatar en Carroll en cada etapa
de la regresión.) Pero ¿acaso es el destino del sentido que no se pueda prescindir de esta
dimensión, y que no se sepa qué hacer con ella en cuanto se la alcanza? ¿Qué se ha
hecho sino desprender un doble neutralizado de la proposición, seco fantasma, fantasma
sin espesor? Por ello, siendo expresado el sentido por un verbo en la proposición, se
expresa este verbo bajo una forma infinitiva, o participativa, o interrogativa: Dios-ser, o el
siendo-azul del cielo, o ¿es el cielo azul? El sentido opera la suspensión tanto de la
afirmación como de la negación. ¿Es éste el sentido de las proposiciones «Dios existe, el
cielo es azul»? Como atributo de los estados de cosas, el sentido es extra-ser, no es el
ser, sino un aliquid que conviene al no-ser. Como lo expresado de la proposición, el
sentido no existe, sino que insiste o subsiste en la proposición. Y esta esterilidad del
sentido-acontecimiento era uno de los puntos más destacables de la lógica estoica:
únicamente los cuerpos actúan y padecen, pero no los incorporales, que son solamente
resultado de las acciones y las pasiones. Esta paradoja podemos llamarla pues paradoja
de los estoicos. Hasta en Husserl resuena la declaración de una espléndida esterilidad de
lo expresado, que viene a confirmar el estatuto del noema: «El nivel de la expresión y éste
es su originalidad- si no confiere precisamente una expresión a todas las otras
intencionalidades, no es productivo. O si se prefiere: su productividad, su acción
noemática, se agotan en el expresar.»2
Extraído de la proposición, el sentido es independiente de ésta, ya que suspende su
afirmación o negación, y, sin embargo, no es sino su doble evanescente: exactamente la
sonrisa sin gato de Carroll, o la llama sin vela. Y las dos paradojas, de la regresión infinita
y del desdoblamiento estéril, forman los términos de una alternativa: o una u otra. La
primera nos fuerza a conjugar el más alto poder y la más alta impotencia, la segunda nos
impone una tarea análoga, que habrá que cumplir más tarde: conjugar la esterilidad del
sentido respecto a la proposición de la que se extrae, con su potencia de génesis en
cuanto a las dimensiones de la proposición. En todo caso, parece que Lewis Carroll fue
perfectamente consciente de que las dos paradojas formaban sin duda una alternativa. En
Alicia, los personajes sólo tienen dos posibilidades para secarse del baño de lágrimas en
el que han caído: o bien escuchar la historia del ratón, la historia más «seca» que
conocerse pueda, ya que aísla el sentido de una proposición en un esto fantasma; o bien,
lanzarse en una carrera de conjurados, en la que se da vueltas de proposición en
proposición, deteniéndose cuando uno quiere, sin vencedor ni vencido, en el circuito de
una proliferación infinita. De todos modos, la sequedad es lo que más tarde será llamado
impenetrabilidad. Y las dos paradojas representan las formas esenciales del tartamudeo,
la forma coreica o clónica de una proliferación convulsiva en círculo, y la forma tetánica o
tónica de una inmovilización entrecortada. Como se dice en «Poeta fit non nascitur»,
espasmo o silbido, las dos reglas del poema.
2
Husserl, Idées, § 124, ed. Gallimard, trad. Ricoeur, Pág. 421.
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Paradoja de la neutralidad, o del tercer estado de la esencia. A su vez, la segunda
paradoja nos empuja necesariamente a una tercera. Porque si el sentido como doble de la
proposición es indiferente tanto a la afirmación como a la negación, si no es ni activo ni
pasivo, ningún modo de la proposición puede afectarlo. El sentido permanece
estrictamente el mismo para proposiciones que se oponen, sea desde el punto de vista de
la cualidad, sea desde el punto de vista de la cantidad, desde el punto de vista de la
relación, o desde el de la modalidad. Porque todos estos puntos de vista conciernen a la
designación y a los diversos aspectos de su efectuación o cumplimiento por unos estados
de cosas, pero no al sentido o expresión. En primer lugar, la cualidad, afirmación y
negación «Dios existe» y «Dios no existe» deben tener el mismo sentido, en virtud de la
autonomía del sentido respecto a la existencia de lo designado. Esta es, en el siglo XIV, la
paradoja fantástica de Nicolas de Autrecourt, paradoja tantas y tantas veces objeto de
reprobación: contradictoria ad invicem idem significant.3
Luego, la cantidad: todos los hombres son blancos, ningún hombre no es blanco, algún
hombre no es blanco... Y la relación: el sentido debe seguir siendo el mismo para la
relación inversa, ya que la relación respecto a él se establece siempre en los dos sentidos
a la vez, en tanto que hace aflorar todas las paradojas del devenir loco. El sentido es
siempre doble sentido, y excluye que haya un buen sentido de la relación. Los
acontecimientos no son nunca causas unos de otros, pero entran en relaciones de
casi-causalidad, causalidad irreal y fantasmal que no deja de volverse en los dos sentidos.
No es a la vez ni en relación a la misma cosa que yo soy a la vez más joven y más viejo,
pero me vuelvo tal al mismo tiempo, y por la misma relación. De ahí los ejemplos
innumerables que recorren la obra de Carroll, en los que se muestra que «los gatos se
comen a los murciélagos» y «los murciélagos se comen a los gatos», «digo lo que
pienso» y «pienso lo que digo», «me gusta lo que me dan» y «me dan lo que me gusta»,
«respiro cuando duermo» y «duermo cuando respiro» tienen un único y mismo sentido.
Hasta el ejemplo final de Silvia y Bruno, en el que la joya roja que lleva la proposición
«Todo el mundo amará a Silvia» y la joya azul que lleva la proposición «Silvia amará a
todo el mundo» son los dos lados de una y la misma joya, que no se puede proferir nunca
más que a sí misma, según la ley del devenir (to chose a thing from itself).
Por último, la modalidad: ¿cómo la posibilidad, la realidad o la necesidad del objeto
designado podrían afectar a su sentido? Porque el acontecimiento por su lado debe tener
una sola y la misma modalidad, en el futuro y en el pasado según los cuales divide hasta
el infinito su presencia. Y si el acontecimiento es posible en el futuro, y real en el pasado,
es preciso que sea los dos a la vez, ya que se divide en ellos al mismo tiempo. ¿Quiere
esto decir que es necesario? Recordemos la paradoja de los futuros contingentes, y la
importancia que tuvo en todo el estoicismo. Ahora bien, la hipótesis de la necesidad
reposa sobre la aplicación del principio de contradicción a la proposición que enuncia un
futuro. Desde esta perspectiva, los estoicos hacen prodigios para escapar a la necesidad,
y para afirmar lo «fatal», pero no lo necesario.4 Conviene más bien salir de esta
perspectiva, aunque podamos encontrarnos la tesis estoica en otro plano. Porque el
principio de contradicción concierne, por una parte, a la imposibilidad de una efectuación
de designación, y por otra, al mínimo de una condición de significación. Pero tal vez no
concierna al sentido: ni posible, ni real, ni necesario, sino fatal... A la vez, el
acontecimiento subsiste en la proposición que lo expresa, y sobreviene a las cosas en la
3
Véase Hubert Elle op. cit., y Maurice de Gandillac, Le Mouvement doctrinal du IX- au XIVsècle, Blod et Gay,
1951.
4
Sobre la paradoja de los futuros contingentes y su importancia en el pensamiento estoicó, véase el estudio
de P. M. Schuhl, Le Dominateur et les possibles, PUF, 1960.
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Quinta Serie, Del Sentido
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superficie, en el exterior del ser: es esto lo «fatal», como veremos. También corresponde
al acontecimiento el ser dicho como futuro por la proposición, pero no corresponde menos
a la proposición el decir el acontecimiento como pasado. Precisamente porque todo pasa
por el lenguaje, y pasa en el lenguaje, una técnica general de Carroll consiste en
presentar el acontecimiento dos veces: una vez en la proposición en la que subsiste, y
otra en el estado de cosa en cuya superficie sobreviene. Una vez en la estrofa de una
canción que lo remite a la proposición, otra vez en el efecto de superficie que lo remite a
los seres, a las cosas, y los estados de cosas (por ejemplo, la batalla de Tweedledum y
Tweedledee, o la del león y el unicornio; y en Silvia y Bruno, donde Carroll pide al lector
que adivine si ha construido las estrofas de la canción del jardinero según los
acontecimientos, o los acontecimientos según las estrofas). Pero ¿es preciso decir dos
veces, ya que es siempre a la vez, ya que son las dos caras simultáneas de una misma
superficie cuyo interior y exterior, la «insistencia» y el «extra-ser», el pasado y el futuro,
están en continuidad siempre reversible?
¿Cómo podríamos resumir estas paradojas de la neutralidad que, todas, muestran al
sentido inafectado por los modos de la proposición? El filósofo Avicena distinguía tres
estados de la esencia: universal respecto al intelecto que la piensa en general; singular
respecto a las cosas particulares en las que se encarna. Pero ninguno de estos dos
estados es la esencia en sí misma: animal no es otra cosa que animal tan sólo, «animal
non est nisi animal tantum», indiferente tanto a lo universal como a lo singular, a lo
particular como a lo general5. El primer estado de la esencia es la esencia como
significada por la proposición, en el orden del concepto y de las implicaciones de
concepto. El segundo estado es la esencia como designada por la proposición en las
cosas particulares en las que se encarna. Pero el tercero es la esencia como sentido, la
esencia como expresado: siempre en esta sequedad, animal tantum, esta esterilidad o
neutralidad espléndidas. Indiferente a lo universal y a lo singular, a lo general y a lo
particular, a lo personal y a lo colectivo, pero también a la afirmación y a la negación, etc.
En una palabra: indiferente a todos los opuestos. Porque todos estos opuestos son
solamente modos de la proposición considerada en sus relaciones de designación y
significación, y no caracteres del sentido que ella expresa. ¿Es éste acaso el estatuto del
acontecimiento puro, y del fatum que lo acompaña, remontar así todas las oposiciones: ni
privado ni público, ni colectivo ni individual..., tanto más terrible y potente en esta
neutralidad cuanto que lo es todo a la vez?
Paradoja del absurdo, o de los objetos imposibles. De esta paradoja se desprende aún
otra: las proposiciones que designan objetos contradictorios tienen también un sentido.
Sin embargo, su designación no puede efectuarse en ningún caso; y no tienen ninguna
significación, que definiera el género de posibilidad de una tal efectuación. No tienen
significación, es decir, son absurdas. Pero no por ello dejan de tener un sentido, y las dos
nociones de absurdo y de sinsentido no deben confundirse. Y es que los objetos
imposibles -círculo cuadrado, materia inextensa, perpetuum mobile, montaña sin valle,
etc. son objetos «sin patria», en el exterior del ser, pero que tienen una posición precisa y
distinta en el exterior: son el «extra-ser», puros acontecimientos ideales inefectuables en
un estado de cosas. Debemos llamar a esta paradoja de Meinong, que supo extraer sus
efectos más bellos y brillantes. Si distinguimos dos clases de seres, el ser de lo real como
materia de las designaciones, y el ser de lo posible como forma de las significaciones,
debemos añadir todavía este extra-ser que define un mínimo común a lo real y a lo
posible y a lo imposible. Porque el principio de contradicción se aplica a lo posible y a lo
5
Véanse los comentarios de Etienne Gilson, L'Etre et l'essence, ed. eran, 1948, págs. 120-123.
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real, pero no a lo imposible: los imposibles son extraexistentes, reducidos a este mínimo,
y como tales insisten en la proposición.
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Quinta Serie, Del Sentido
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SEXTA SERIE
SOBRE LA SERIALIZACIÓN
La paradoja de la que derivan todas las demás es la de la regresión indefinida. Ahora
bien, la regresión tiene necesariamente una forma serial: cada nombre tiene un sentido
que debe ser designado por otro nombre, n1 → n2 → n3 → n4 ... Si consideramos
solamente la sucesión de los nombres, la serie opera una síntesis de lo homogéneo, no
distinguiéndose cada nombre del precedente más que por su rango, su grado o su tipo: de
acuerdo con la teoría de los «tipos», en efecto, cada nombre que designa el sentido de
otro anterior es de un grado superior a este nombre y a lo que él designa. Pero si
consideramos, no ya la simple sucesión de nombres, sino lo que se alterna en esta
sucesión, veremos que cada nombre se toma en primer lugar en la designación que
opera, y luego en el sentido que expresa, ya que es este sentido quien sirve de designado
para el otro nombre: la ventaja de la presentación de Lewis Carroll consistía precisamente
en hacer aparecer esta diferencia de naturaleza. Esta vez se trata de una síntesis de lo
heterogéneo; o, más bien, la forma serial se realiza necesariamente en la simultaneidad
de dos series por lo menos. Cualquier serie única, cuyos términos homogéneos se
distingan solamente por el tipo o el grado, subsume necesariamente dos series
heterogéneas, constituida cada serie por términos del mismo tipo o grado, pero que
difieren por naturaleza de los de la otra serie (por supuesto, también pueden diferir en
grado). La forma serial es pues esencialmente multiserial. Esto ya ocurre así en
matemáticas, en las que una serie construida en la vecindad de un punto no tiene interés
más que en función de otra serie, construida alrededor de otro punto, y que converge o
diverge con la primera. Alicia es la historia de una regresión oral; pero «regresión» debe
entenderse primeramente en un sentido lógico, el de la síntesis de los nombres; y la forma
de homogeneidad de esta síntesis subsume dos series heterogéneas de la oralidad,
comer-hablar, cosas consumibles-sentidos expresables. De este modo, es la forma serial
misma la que nos remite a las paradojas de la dualidad que acabamos de describir, y nos
obliga a retomarlas desde este nuevo punto de vista.
En efecto, las dos series heterogéneas pueden ser determinadas de diversas maneras.
Podemos considerar una serie de acontecimientos, y una serie de cosas en las que estos
acontecimientos se efectúan o no; o bien, una serie de proposiciones designadoras y una
serie de cosas designadas; o bien, una serie de verbos y una serie de adjetivos y
sustantivos; o bien, una serie de expresiones y de sentidos y una serie de designaciones
y de designados. Estas variaciones no tienen importancia ninguna, ya que solamente
representan grados de libertad para la organización de series heterogéneas: es la misma
dualidad, como hemos visto, la que pasa en el exterior entre los acontecimientos y los
estados de cosas, en la superficie entre las proposiciones y los objetos designados, y en
el interior de la proposición entre las expresiones y las designaciones. Pero, lo que es
más importante, podemos construir las dos series bajo una forma aparentemente
homogénea: podemos considerar entonces dos series de cosas o de estados de cosas; o
bien, dos series de acontecimientos; o bien, dos series de proposiciones, de
designaciones; o bien, dos series de sentidos o de expresiones. ¿Quiere con ello decirse
que la constitución de series está confiada a lo arbitrario?
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Sexta Serie, Sobre la Serialización
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La ley de las dos series simultáneas es que nunca son iguales. Una representa el
significante, la otra el significado. Pero, a causa de nuestra terminología, estos dos
términos toman una acepción particular. Llamamos «significante» a cualquier signo en
tanto que presenta en sí mismo un aspecto cualquiera del sentido; «significado», al
contrario, es lo que sirve de correlato a este aspecto del sentido, es decir, lo que se define
en dualidad relativa con este aspecto. Lo que es significado, nunca es el sentido mismo.
Lo que es significado, en una acepción restringida, es el concepto; y en una acepción
amplia, es todo lo que puede ser definido por la distinción que tal o cual aspecto del
sentido mantiene con él. De este modo, el significante es primeramente el acontecimiento
como atributo lógico ideal de un estado de cosas, y el significado es el estado de cosas
con sus cualidades y relaciones reales. Luego, el significante es la proposición en su
conjunto en tanto que entraña dimensiones de designación, manifestación y significación
en sentido estricto; y el significado es el término independiente que corresponde a estas
dimensiones, es decir, el concepto, pero también la cosa designada o el sujeto
manifestado. Finalmente, el significante es la única dimensión de expresión que posee
efectivamente el privilegio de no ser relativa a un término independiente, puesto que el
sentido como expresado no existe fuera de la expresión; y entonces, el significado es así
la designación, la manifestación o incluso la significación en sentido estricto, es decir, la
proposición en tanto que el sentido o lo expresado se distingue de ella. Ahora bien,
cuando se extiende el método serial, considerando dos series de acontecimientos, o bien
dos series de cosas, o bien dos series de proposiciones, o bien dos series de
expresiones, la homogeneidad sólo es aparente: siempre una tiene el papel de
significante, y la otra un papel de significado, incluso si estos papeles se intercambian
cuando cambiamos de punto de vista.
Jacques Lacan puso de manifiesto la existencia de dos series en un relato de Edgar Poe.
Primera serie: el rey que no ve la carta comprometedora recibida por su mujer; la reina,
aliviada por haberla escondido tan bien al dejarla a la vista; el ministro que lo ve todo, y se
apodera de la carta.1 Es evidente que las diferencias entre series pueden ser más o
menos grandes: muy grandes en algunos autores, muy pequeñas en otros que no
introducen sino variaciones infinitesimales, pero no por ello menos eficaces. Es también
evidente que la relación de las series, lo que remite la significante a la significada, lo que
pone en relación a la significada con la significante, puede ser asegurado del modo más
simple, mediante la continuación de una historia, la semejanza de situaciones, la identidad
de los personajes. Pero nada de todo ello es esencial. Por el contrario, lo esencial
aparece cuando las diferencias pequeñas o grandes prevalecen sobre las semejanzas,
cuando son primeras, es decir, cuando dos historias completamente diferentes se
desarrollan simultáneamente, cuando los personajes tienen una identidad vacilante y mal
determinada.
Podemos citar varios autores que han sabido crear técnicas seriales de un formalismo
ejemplar. Joyce asegura la relación de la serie significante Bloom con la serie significante
Ulises gracias a múltiples formas que implican una arqueología de los modos del relato,
un sistema de correspondencias entre números, un prodigioso empleo de palabras
esotéricas, un método de preguntas-respuestas, una instauración de corrientes de
pensamiento, de trenes de pensamiento múltiples (¿el double thinking de Carroll?).
Raymond Roussel funda la comunicación de las series en una relación fonemática («las
bandas del viejo pillard» [saqueador], «las bandas del viejo billard» [billar]= b/p), y colma
1
Jacques Lacan, Ecrits, ed. du Seuil, 1966, «Le Séminaire sur la Lettre volée».
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Sexta Serie, Sobre la Serialización
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toda la diferencia con una historia maravillosa en la que la serie significante p se junta con
la historia significada b: historia tanto más enigmática cuanto, en este procedimiento en
general, la serie significada puede permanecer oculta.2 Robbe-Grillet establece sus series
de descripciones de estados de cosas, de designaciones rigurosas con pequeñas
diferencias, haciéndolas girar alrededor de temas inmóviles, pero prestos a modificarse y
a desplazarse en cada serie de modo imperceptible. Pierre Klossowski cuenta con el
nombre propio Roberte, no para designar un personaje y manifestar su identidad, sino al
contrario para expresar una «intensidad primera», para distribuir su diferencia y producir
su desdoblamiento según dos series: la primera, significante, que remite al «marido que
no se imagina a su mujer de otro modo que sorprendida por dejarse sorprender», la
segunda, significada, que remite a la mujer «entregándose a iniciativas que deberían
convencerla de su libertad, cuando no hacen sino confirmar la visión de su esposo».3
Witold Gombrowicz establece una serie significante de animales ahorcados (pero
¿significando qué?) y una serie significada de bocas femeninas (pero ¿significadas en
qué?), desarrollando cada serie un sistema de signos, a veces por exceso, a veces por
defecto, y comunicando con la otra por medio de extraños objetos que se interfieren, y por
las palabras esotéricas que pronuncia León.4
Tres caracteres permiten precisar la relación y la distribución de las series en general. En
primer lugar, los términos de cada serie están en perpetuo desplazamiento relativo
respecto a los de la otra (por ejemplo, el lugar del ministro en las dos series de Poe). Hay
un desfase esencial. Este desfase, este desplazamiento, no es en absoluto un disfraz
para encubrir u ocultar la semejanza de las series, introduciendo en ellas variaciones
secundarias. Este desplazamiento relativo es, al contrario, la variación primaria sin la cual
cada serie no se desdoblaría en la otra, constituyéndose en este desdoblamiento y
relacionándose con la otra sólo mediante esta variación. Hay pues un doble deslizamiento
de una serie sobre la otra, o bajo la otra, que las constituye a las dos en perpetuo
desequilibrio de una respecto de la otra. En segundo lugar, este desequilibrio mismo debe
ser orientado: una de las dos series, precisamente la determinada como significante,
presenta un exceso sobre la otra; siempre hay un exceso de significante por en medio.
Finalmente, el punto más importante, lo que asegura el desplazamiento relativo de las dos
series y el exceso de una sobre otra, es una instancia muy especial y paradójica que no
puede reducirse a ningún término de las series, a ninguna relación entre estos términos.
Por ejemplo: la carta, según el comentario que Lacan hace del relato de Edgar Poe. O
también el comentario del mismo Lacan al caso freudiano del Hombre de los lobos,
cuando señala la existencia de series en el inconsciente, la serie paterna. significada y la
serie filial significante, y muestra el papel particular en ambas de un elemento especial: la
deuda.5 En Finnegan's Wake, también es una carta lo que hace comunicar a todas las
series del mundo en un caos-cosmos. En Robbe-Grillet, las series de designación son
tanto más rigurosas, y rigurosamente descriptivas, cuanto que convergen en la expresión
de objetos indeterminados, o sobredeterminados, como la goma, la cuerdecilla o la
mancha del insecto. Según Klossowski, el nombre Roberte expresa una «intensidad», es
decir, una diferencia de intensidad, antes que designar o manifestar «unas» personas.
2
Véase Michel Foucault, Raymond Roussel, Gallimard, 1963, cap. 2 (y, particularmente sobre las series, en
págs. 78 y sigs.).
3
Pierre Klossowski, Les Lois de I'hospitalité, Gallimard, 1965.
4
Witold Gombrowicz, Cosmos, Denoél, 1966. Sobre todo lo que precede, véase Apéndice I.
5
Véase el texto de Lacan, esencial para un método serial, pero que no está recogido en los Ecrits: «Le Mythe
individuel du névrosé», CDU.
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Sexta Serie, Sobre la Serialización
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¿Cuáles son los caracteres de esta instancia paradójica? Que no cesa de circular en las
dos series. Por ello, asegura su comunicación. Es una instancia de dos caras, igualmente
presente en la serie significante y en la serie significada. Es el espejo. Del mismo modo,
también es a la vez palabra y cosa, nombre y objeto, sentido y designado, expresión y
designación, etc. Así asegura la convergencia de las dos series que recorre, pero con la
condición precisamente de hacerlas divergir sin cesar. Y es que tiene como propiedad
estar siempre desplazada respecto de sí misma. Si los términos de cada serie están
relativamente desplazados, unos en relación a otros, es ante todo por que contienen un
lugar absoluto, pero este lugar absoluto se encuentra siempre determinado por su
distancia con este elemento que no cesa de desplazarse respecto de sí mismo en las dos
series. De la instancia paradójica hay que decir que nunca está donde se la busca, y que,
inversamente, no se la encuentra donde está. Falta a su lugar, dice Lacan6 Y, del mismo
modo, falta a su propia identidad, falta a su propia semejanza, falta a su propio equilibrio,
falta a su propio origen. De las dos series que anima no debe decirse pues que una es la
originaria y la otra derivada. Ciertamente, pueden ser originaria o derivada una en relación
a la otra. Pueden ser sucesivas una en relación a la otra. Pero son estrictamente
simultáneas respecto de la instancia en la que se comunican. Son simultáneas sin ser
nunca iguales, ya que la instancia tiene dos caras, una de las cuales siempre falta a la
otra. Le es propio, pues, estar en exceso en la serie que constituye como significante pero
también en defecto en la otra que constituye como significado: desapareada,
desemparejada por naturaleza, o por su relación consigo misma. Su exceso remite
siempre a su propio defecto, e inversamente. Hasta el punto de que estas determi-
naciones son todavía relativas. Porque lo que está en exceso por un lado, ¿qué es sino
un lugar vacío extremadamente móvil? Y lo que está en defecto del otro lado, ¿no es
acaso un objeto muy móvil, ocupante sin lugar, siempre supernumerario y siempre
desplazado?
En verdad, no hay elemento más extraño que esta cosa de dos caras, con dos «mitades»
desiguales o impares. Como en un juego, asistimos a la combinación de la casilla vacía y
el desplazamiento perpetuo de una pieza. O mejor, como en la tienda de la oveja: allí,
Alicia experimenta la complementariedad del «estante vacío» y de «la cosa brillante que
siempre está encima», del lugar sin ocupante y del ocupante sin lugar. «Lo que más
extraño (oddest: lo más desapareado, lo más desemparejado) era que, cada vez que
Alicia observaba un estante cualquiera para contar exactamente lo que había, este
estante en particular estaba absolutamente vacío, mientras que los otros estaban llenos a
reventar. Cómo se desvanecen las cosas aquí, dijo finalmente con un tono pesaroso, tras
haber pasado alrededor de un minuto persiguiendo inútilmente a una gran cosa brillante
que tan pronto parecía una muñeca como un costurero, y que siempre se encontraba en
el estante superior al que ella miraba. Voy a seguirla hasta la estantería más alta.
Supongo que no se atreverá a atravesar el techo. Pero incluso este plan fracasó: la cosa
pasó tan tranquila a través del techo, como si estuviera muy acostumbrada a ello.»
6
Ecrits, pág. 25. La paradoja que describimos aquí debe ser llamada paradoja de Lacan. Testimonia una
inspiración carrolliana frecuentemente presente en sus escritos.
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Sexta Serie, Sobre la Serialización
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SÉPTIMA SERIE
DE LAS PALABRAS ESOTÉRICAS
Lewis Carroll es el explorador, el instaurador de un método serial en literatura. En él se
encuentran varios procedimientos de desarrollos en series. En primer lugar, dos series de
acontecimientos con pequeñas diferencias internas, reguladas por un objeto extraño: por
ejemplo, en Silvia y Bruno, el accidente de un joven ciclista se encuentra desplazado de
una serie a otra (capítulo 23). Y sin duda estas dos series son sucesivas, una respecto de
la otra, pero simultáneas respecto del objeto extraño, en este caso un reloj con ocho
manecillas y clavija inversa, que no va con el tiempo, sino al revés, el tiempo con él. Hace
que vuelvan los acontecimientos de dos modos, a la inversa en un devenir-loco, o con
pequeñas variaciones en un fatum estoico. El joven ciclista, que se cae en una caja en la
primera serie, pasa ahora indemne. Pero cuando las manecillas vuelven a su posición,
yace de nuevo herido sobre el carro que le conduce al hospital: como si el reloj hubiera
sabido conjurar el accidente, es decir la efectuación temporal del acontecimiento, pero no
el Acontecimiento mismo, el resultado, la herida en tanto que verdad eterna... O bien, en
la segunda parte de Silvia y Bruno (capítulo 2), una escena que reproduce una escena de
la primera parte, con muy pocas diferencias (el lugar variable del anciano, determinado
por la «bolsa», objeto extraño que se encuentra desplazado respecto de sí mismo, puesto
que, para ponerla en su lugar, la heroína se ve obligada a correr a una velocidad
fantástica).
En segundo lugar, dos series de acontecimientos con grandes diferencias internas
aceleradas, reguladas por proposiciones, o por lo menos por ruidos, onomatopeyas. Es la
ley del espejo, tal como la describía Lewis Carroll: «Todo lo que podía verse de la antigua
habitación era muy corriente y sin interés, pero todo lo demás era absolutamente
diferente.» Las series sueño-realidad de Silvia y Bruno están construidas según esta ley
de divergencia, con los desdoblamientos de personajes de una serie a otra, y sus
redesdoblamientos en cada una. En el prefacio de la segunda parte, Carroll dibuja un
cuadro detallado de estados, humanos y mágicos, que garantiza la correspondencia de
las dos series en cada pasaje del libro. Los pasos entre series, sus comunicaciones, están
asegurados generalmente por una proposición que empieza en una y acaba en la otra, o
por una onomatopeya, un ruido del que participan las dos. (No comprendemos por qué los
mejores comentadores de Carroll, especialmente los franceses, ponen tantas reservas y
críticas ligeras a Silvia y Bruno, obra maestra que muestra técnicas enteramente
renovadas respecto de Alicia y el Espejo.)
En tercer lugar, dos series de proposiciones (o bien, una serie de proposiciones y una
serie de «consumiciones», o bien una serie de expresiones puras y una serie de
designaciones) con una fuerte disparidad, reguladas por una palabra esotérica. Pero
primeramente debemos considerar que las palabras esotéricas de Carroll son de tipos
muy diferentes. Un primer tipo se contenta con contraer los elementos silábicos de una
proposición o de varias que se siguen: así, en Silvia y Bruno (capítulo 1), «y'reince» en
lugar de Your royal Highness. Esta contracción pretende extraer el sentido global de la
proposición entera para nombrarlo con una sola sílaba, «Monosílabo impronunciable»,
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Séptima Serie, De las Palabras Esotéricas
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como dice Carroll. Se conocen otros procedimientos, ya en Rabelais y Swift: por ejemplo,
el alargamiento silábico con sobrecarga de consonantes, o bien la simple desvocalización,
conservando solamente las consonantes (como si fueran ellas las que expresaran el
sentido, y las vocales no fueran sino elementos de designación), etc.1 De cualquier forma,
las palabras esotéricas de este primer tipo forman una conexión, una síntesis de sucesión
que remite a una sola serie.
Las palabras esotéricas propias de Lewis Carroll son de otro tipo. Se trata de una síntesis
de coexistencia, que se propone asegurar la conjunción de dos series de proposiciones
heterogéneas, o de dimensiones de proposiciones (lo que es lo mismo, ya que siempre se
pueden construir las proposiciones de una serie haciéndolas encarnar particularmente en
una dimensión). Hemos visto que el gran ejemplo era la palabra Snark: circula a través de
las dos series de la oralidad, alimenticia y semiológica, o las dos dimensiones de la
proposición, designadora y expresiva. Silvia y Bruno nos da otros ejemplos: el Phlizz, fruto
sin sabor, o el Azzigoom-Pudding. La variedad de estos nombres se explica fácilmente:
ninguno de ellos es la palabra circulante misma, sino más bien un nombre para designarla
(«lo que la palabra se llama»). La palabra circulante misma es de otra naturaleza: en
principio, es la casilla vacía, la estantería vacía, la palabra blanca, como Lewis Carroll en
ocasiones aconseja a los tímidos que dejen en blanco ciertas palabras en las cartas que
escriben. Esta palabra también se «llama» nombres que señalan evanescencias y
desplazamientos: el Snark es invisible y el Phlizz es casi una onomatopeya de lo que se
desvanece. O bien, se llama con nombres completamente indeterminados: aliquid, it, esto,
cosa, chisme o trasto (véase el esto en la historia del ratón, o la cosa en la tienda de la
oveja). O, finalmente, no tiene nombre en absoluto, sino que es nombrado por todo el
estribillo de una canción que circula a través de las estrofas y las hace comunicar; o,
como en la canción del jardinero, por una conclusión de cada estrofa que pone en
comunicación a los dos géneros de premisas.
En cuarto lugar, series de gran ramificación, reguladas por palabras-valija, y constituidas
en su caso por palabras esotéricas de un tipo precedente. En efecto, las palabras-valija
son también palabras esotéricas de un nuevo tipo: se las define en primer lugar diciendo
que contraen varias palabras y envuelven varios sentidos («frumioso» = fumante +
furioso). Pero, todo el problema consiste en saber cuándo las palabras-valija se hacen
necesarias. Porque siempre se pueden encontrar palabras-valija; casi todas las palabras
esotéricas pueden interpretarse de este modo. A fuerza de buena voluntad, a fuerza de
arbitrariedad, también. Pero, en verdad, la palabra-valija sólo está fundada y formada
necesariamente si coincide con una función particular de la palabra esotérica que
pretende designar. Por ejemplo, una palabra esotérica con una simple función de
contracción sobre una sola serie (y'reince) no es una palabra-valija; por ejemplo también,
en el célebre Jabberwocky, gran número de palabras dibujan una zoología fantástica,
toves
pero
no
forman
necesariamente
palabras-valija:
así,
los
(tejones-lagartos-sacacorchos), los borogoves (pájaros-escobas), los raths (cerdos
verdes); o el verbo out gribe (mugir-estornudar-silbar)2 Por ejemplo, finalmente, una
1
Sobre los procedimientos de Rabelais y de Swift, véase la clasificación de Emile Pons, en las OEuvres de
Swift, Pléiade, págs. 9-12.
2
Henri Parisot y Jacques B. Brunius, han dado dos bellas traducciones del Jabbenvocky. La de Parisot está
reproducida en su Lewis Carroll, ed. Seghers; la de Brunius, con comentarios sobre las palabras, en los
Cahiers du Sud, 1948, n. 287. Los dos citan también versiones del Jabberwocky en diversos idiomas.
Nosotros tomamos prestados los términos de los que nos servimos tanto de Parisot como de Brunius.
Tendremos que considerar más adelante la transcripción que Antonin Artaud hizo de la primera estrofa: ese
admirable texto plantea problemas que no son ya los de Carroll.
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Séptima Serie, De las Palabras Esotéricas
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palabra esotérica que subsume dos series heterogéneas no es necesariamente una
palabra-valija: acabamos de ver que esta doble función de subsunción era cumplida
suficientemente por palabras del tipo Phlizz, cosa, esto...
Sin embargo, ya a estos niveles, pueden aparecer palabras-valija. Snark es una
palabra-valija, que designa simplemente a un animal fantástico o compuesto: shark +
snake, tiburón + serpiente. Pero sólo secundaria o accesoriamente es una palabra-valija,
porque su contenido como tal no coincide con su función como palabra esotérica. Por su
contenido remite a un animal compuesto, mientras que por su función connota dos series
heterogéneas, de las que solamente una concierne a un animal, aunque compuesto, y la
otra concierne a un sentido incorporal. No es pues por su aspecto de «valija» que cumple
su función. En cambio, Jabberwock es sin duda un animal fantástico, pero es también una
palabra-valija cuyo contenido coincide esta vez con la función. En efecto, Carroll sugiere
que está formada por wocer o wocor, que significa retoño, fruto, y por Jabber, que
expresa una discusión voluble, animada, charlatana. Es, pues, en tanto que palabra-valija
que Jabberwock connota dos series análogas a las del Snark, la serie de la descendencia
animal o vegetal que concierne a objetos designables y consumibles, y la serie de la
proliferación verbal que concierne a sentidos expresables. Pero, hay que añadir que estas
dos series pueden ser connotadas de otro modo, y que la palabra-valija no encuentra ahí
el fundamento de su necesidad. La definición de palabra-valija, como contracción de
varias palabras que encierra varios sentidos, no es pues sino una definición nominal.
Comentando la primera estrofa del Jabberwocky, Humpty Dumpty presenta como
palabras-valija: slithy («liguncoso» = ligero-untuoso-viscoso); mimsy («endriste» =
endeble-triste)... Aquí nuestras dificultades aumentan. Vemos que en cada ocasión hay
varias palabras y varios sentidos contraídos; pero estos elementos se organizan
fácilmente en una sola serie para componer un sentido global. No vemos pues cómo se
distingue la palabra-valija de una contracción simple o de una síntesis de sucesión
conectiva. Por supuesto, podemos introducir una segunda serie; el mismo Carroll
explicaba que las posibilidades de interpretación eran infinitas. Por ejemplo, podemos
reducir el Jabberwocky al esquema de la canción del jardinero, con sus dos series de
objetos desiguales (animales consumibles) de objetos portadores de sentidos (seres
simbólicos o funcionales del tipo «empleado de banca», «sello», «diligencia», o incluso
«acción de ferrocarriles», como en el Snark). Es posible entonces interpretar el final de la
primera estrofa como significando, por una parte, al modo de Humpty Dumpty: «los cerdos
verdes (raths), lejos de su casa (mome = from home) mugían-estornudaban-silbaban
(outgrabe)»; pero también como significando, por otra parte: «los tipos de interés, las
cotizaciones preferenciales (rath = yate + rather), lejos de su punto de partida, estaban
fuera de alcance (outgrab)». Pero, en esta dirección, cualquier interpretación serial puede
ser aceptada, y no vemos cómo la palabra-valija se distingue de una síntesis conjuntiva
de coexistencia, o de una palabra esotérica cualquiera que asegure la coordinación de
dos o varias series heterogéneas.
Carroll da la solución en el prefacio a La caza del Snark. «Se me pregunta: ¿Bajo qué rey,
di, piojoso? ¡Habla o muere! No sé si el rey era William o Richard. Entonces, contesto
rilchiam.» Resulta que la palabra-valija está fundada en una estricta síntesis disyuntiva. Y,
aunque nos encontremos ante un caso particular, descubriremos la ley de la palabra-valija
en general, a condición de extraer cada vez la disyunción que podía estar oculta. Así,
para «frumioso» (furioso y fumante): «Por poco que vuestros pensamientos se inclinen del
lado de fumante, diréis fumante-furioso; si se fijan, aunque sólo fuera por un pelo, del lado
de furioso, diréis furioso-fumante; pero si tenéis este don de los más raros, un espíritu
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Séptima Serie, De las Palabras Esotéricas
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perfectamente equilibrado, diréis frumioso.» Así pues, la disyunción necesaria no está
entre fumante y furioso, porque puede perfectamente tratarse de los dos a la vez, sino
entre fumante-furioso por una parte, y furioso-fumante por otra. En este sentido, la función
de la palabra-valija consiste siempre en ramificar la serie en la que se inserta. Nunca
existe sola: llama a otras palabras-valija que la preceden o la siguen, y que hacen que
toda serie esté ya ramificada en principio y sea todavía ramificable. Michel Butor dice muy
bien: «Cada una de estas palabras puede convertirse en un cambio de agujas ferroviario,
e iremos de la una a la otra a través de una multitud de trayectos; de ahí, la idea de un
libro que no cuente simplemente una historia, sino un mar de historias.»3 Así pues
podemos contestar a la pregunta que planteábamos al principio: cuando la palabra
esotérica no tiene por función solamente connotar o coordinar dos series heterogéneas,
sino también introducir disyunciones en ellas, entonces la palabra-valija es necesaria o
está necesariamente fundada; es decir, que la palabra esotérica misma es entonces
«llamada» o designada por una palabra-valija. La palabra esotérica en general remite a la
vez a la casilla vacía y al ocupante sin lugar. Pero debemos distinguir tres clases de
palabras esotéricas en Lewis Carroll: las contractantes, que operan una síntesis de
sucesión sobre una sola serie y actúan sobre los elementos silábicos de una proposición
o de un conjunto de proposiciones, para extraer su sentido compuesto («conexión»); las
circulantes, que operan una síntesis de coexistencia y de coordinación entre dos series
heterogéneas, y que actúan directamente de una vez sobre el sentido respectivo de estas
series («conjunción»); y las disyuntivas o palabras-valija, que operan una ramificación
infinita de las series coexistentes, y actúan a la vez sobre las palabras y los sentidos, los
elementos silábicos y semiológicos («disyunción»). La función ramificante o la síntesis
disyuntiva es lo que da la definición real de la palabra-valija.
3
Michel Butor, Introduction aux fragments de «Finnegans Wake», Gallimard, 1962, pág. 12.
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Séptima Serie, De las Palabras Esotéricas
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OCTAVA SERIE
DE LA ESTRUCTURA
Lévi-Strauss indica una paradoja análoga a la de Lacan, en forma de antinomia: dadas
dos series, una significante y otra significada, una presenta un exceso y otra un defecto,
por los cuales se remiten una a otra en eterno desequilibrio, en perpetuo desplazamiento.
Como dice el héroe de Cosmos siempre hay demasiados signos significantes. Y es que el
significante primordial es del orden del lenguaje; ahora bien, sin tener en cuenta el modo
como se adquiera el lenguaje, los elementos del lenguaje han debido darse todos a la
vez, de un golpe, porque no existen independientemente de sus relaciones diferenciales
posibles. Pero el significado en general es del orden de lo conocido; ahora bien, lo
conocido está sometido a la ley de un movimiento progresivo que va de parte en parte,
partes extra partes. Y sean cuales fueren las totalizaciones que opere el conocimiento,
siguen siendo asíntotas a la totalidad virtual de la lengua o del lenguaje. La serie
significante organiza una totalidad previa mientras que la significada ordena totalidades
producidas. «El Universo ha significado mucho antes de que se comenzara a saber lo que
significaba... El hombre dispone desde su origen de una integralidad de significante que
es muy difícil asignar a un significado, dado como tal sin ser por ello conocido. Siempre
hay una inadecuación entre los dos.»1
Esta paradoja podría ser llamada paradoja de Robinson. Porque es evidente que
Robinson en su isla desierta no puede reconstruir un análogo de sociedad si no es
dándose de una vez todas las reglas y leyes que se implican recíprocamente, aun cuando
todavía éstas no tengan objetos. Por el contrario, la conquista de la naturaleza es
progresiva, parcial, parte a parte. Una sociedad cualquiera tiene todas las reglas a la vez,
jurídicas, religiosas, políticas, económicas, del amor y del trabajo del parentesco y del
matrimonio, de la servidumbre y de la libertad, de la vida y de la muerte, mientras que su
conquista de la naturaleza sin la cual dejaría de ser una sociedad, se hace
progresivamente, de fuente en fuente de energía, de objeto en objeto. Por ello, la ley pesa
con todo su peso, incluso antes de que se sepa cuál es su objeto, y sin que pueda
saberse nunca exactamente. Este desequilibrio es lo que hace posible las revoluciones: y
no porque las revoluciones estén determinadas por el progreso técnico sino porque las
hace posibles esta distancia entre las dos series, que exige reajustes de la totalidad
económica y política en función de las partes de progreso técnico. Hay pues dos errores,
en realidad el mismo: el del reformismo o la tecnocracia, que pretende promover o
imponer ajustes parciales de las relaciones sociales según el ritmo de las adquisiciones
técnicas; el del totalitarismo, que pretende constituir una totalización de lo significable y lo
conocido sobre el ritmo de la totalidad social existente en tal momento. Por esto el
tecnócrata es el amigo natural del dictador, ordenadores y dictadura, pero el
revolucionario vive en la distancia que separa el progreso técnico de la totalidad social,
inscribiendo allí su sueño de revolución permanente. Pero este sueño es por sí mismo
1
Véase la introducción de Lévi-Strauss a Sociologie et Anthropologie de Marcel Mauss, PUF, 1950, págs.
48-49.
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Octava Serie, De la Estructura
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acción, realidad, amenaza efectiva sobre cualquier orden establecido, y hace posible
aquello en lo que sueña.
Volvamos a la paradoja de Lévi-Strauss: dadas dos series, significante y significada, hay
un exceso natural de la serie significante y un defecto natural de la serie significada. Hay
necesariamente «un significante flotante, que es la servidumbre de todo pensamiento
finito, pero también la prenda de todo arte, toda poesía, toda invención mítica y estética»;
y añadimos: de toda revolución. Y además hay, del otro lado, una especie de significado
flotado, dado por el significante «sin ser por ello conocido», sin ser por ello asignado ni
realizada. Lévi-Strauss propone interpretar así las palabras chisme o trasto, algo, aliquid,
pero también el célebre maná (o incluso ello). Un valor «en sí mismo vacío de sentido y
por ello susceptible de recibir cualquier sentido, cuya única función es colmar la distancia
entre el significante y el significado», «un valor simbólico cero, es decir, un signo que
indica la necesidad de un contenida simbólico suplementario al que ya carga el
significado, pero que puede ser un valor cualquiera a condición de que forme parte
todavía de la reserva disponible...». Debe comprenderse que las dos series están
marcadas, una por exceso y la otra por defecto, y que las dos determinaciones se
intercambian sin equilibrarse jamás. Porque lo que está en exceso en la serie significante,
es literalmente una casilla vacía, un lugar sin ocupante, que se desplaza siempre; y lo que
está en defecto en la serie significada, es un dato supernumerario y no colocado, no
conocido, ocupante sin lugar y siempre desplazado. Es la misma cosa bajo dos caras,
pero dos caras impares mediante las que las series comunican sin perder su diferencia.
Es la aventura que sucede en la tienda de la oveja, o la historia que cuenta la palabra
esotérica.
Quizá podamos determinar ciertas condiciones mínimas de una estructura en general: 1 °)
Son precisas al menos dos series heterogéneas de las que una será determinada como
«significante» y la otra como «significada» (nunca basta una sola serie para formar una
estructura). 2 °) Cada una de estas series está constituida por términos que sólo existen
por las relaciones que mantienen unos con otros. A estas relaciones, o mejor, a los
valores de estas relaciones, corresponden acontecimientos muy particulares, es decir,
singularidades asignables en la estructura: igual que en el cálculo diferencial, donde unas
distribuciones de puntos singulares corresponden a los valores de las relaciones
diferenciales2. Por ejemplo, las relaciones diferenciales entre fonemas asignan unas
singularidades en una lengua, en cuyas «cercanías» se constituyen las sonoridades y
significaciones características de la lengua. Más aún, resulta que las singularidades
contiguas a una serie determinan de modo complejo los términos de la otra serie. Una
estructura implica, en todo caso, distribuciones de puntos singulares correspondientes a
series de base. Por esto es inexacto oponer la estructura y el acontecimiento: la
estructura implica un registro de acontecimientos ideales, es decir, toda una historia que
le es interior (por ejemplo, si las series implican «personajes», una historia reúne todos los
puntos singulares que corresponden a las posiciones relativas de los personajes entre
ellos en las dos series). 3 °) Las dos series heterogéneas convergen hacia un elemento
paradójico, que es como su «diferenciante». Él es el principio de emisión de las
singularidades. Este elemento no pertenece a ninguna serie, o más bien pertenece a las
2
La comparación con el cálculo diferencial puede parecer arbitraria y superada. Pero lo que está superado es
sólo la interpretación infinitista del cálculo. Desde el final del siglo XIX, Weierstrass da una interpretación finita,
ordinal y estática, muy próxima a un estructuralismo matemático. Y el tema de las singularidades se convierte
en una pieza esencial de la teoría de las ecuaciones diferenciales. El mejor estudio sobre la historia del
cálculo diferencial y su interpretación estructural moderna es el de C. B. Boyer, The History of the Calculus
and Its Conceptual Development, Dover, Nueva York, 1959.
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Octava Serie, De la Estructura
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dos a la vez, y no cesa de circular a través de ellas. Además tiene la propiedad de estar
desplazado siempre respecto de sí mismo, de «faltar a su propio lugar», a su propia
identidad, a su propia semejanza, a su propio equilibrio. Aparece en una serie como un
exceso, pero con la condición de aparecer en la otra como un defecto. Pero, si está en
exceso en la una, es a título de casilla vacía; y, si está en defecto en la otra, es a título de
peón supernumerario o de ocupante sin casilla. Es a la vez palabra y objeto: palabra
esotérica, objeto exotérico.
Tiene por función: articular las dos series una con otra, y reflejarlas una en la otra,
hacerlas comunicar, coexistir y ramificar; reunir las singularidades correspondientes a las
dos series en una «historia embrollada», asegurar el paso de una distribución de
singularidades a la otra; en una palabra, operar la redistribución de los puntos singulares;
determinar como significante la serie en que aparece en exceso, como significada aquella
en que aparece correlativamente en defecto, y sobre todo asegurar la donación del
sentido en las dos series, significante y significada. Porque el sentido no se confunde con
la significación misma, pero es lo que se atribuye para determinar el significante como tal
y el significado como tal. Se concluye de ahí que no hay estructuras sin series, sin
relaciones entre términos de cada serie, sin puntos singulares correspondientes a estas
relaciones; pero, sobre todo, que no hay estructura sin casilla vacía, que hace que todo
funcione.
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Octava Serie, De la Estructura
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NOVENA SERIE
DE LO PROBLEMÁTICO
¿Qué es un acontecimiento ideal? Es una singularidad. O mejor, es un conjunto de
singularidades, de puntos singulares que caracterizan una curva matemática, un estado
de cosas físico, una persona psicológica y moral. Son puntos de retroceso, de inflexión,
etc.; collados, nudos, focos, centros; puntos de fusión, de condensación, de ebullición,
etc.; puntos de lágrimas y de alegría, de enfermedad y de salud, de esperanza y de
angustia, puntos llamados sensibles. Tales singularidades no se confunden sin embargo
con la personalidad de quien se expresa en un discurso, ni con la individualidad de un
estado de cosas designado por una proposición, ni con la generalidad o la universalidad
de un concepto significado por la figura o la curva. La singularidad forma parte de otra
dimensión diferente de la designación, de la manifestación o de la significación. La
singularidad es esencialmente pre-individual, no personal, a-conceptual. Es
completamente indiferente a lo individual y a lo colectivo, a lo personal y a lo impersonal,
a lo particular y a lo general; y a sus oposiciones. Es neutra. En cambio, no es
«ordinaria»: el punto singular se opone a lo ordinario.1
Decíamos que le correspondía a cada serie de una estructura un conjunto de
singularidades. Inversamente, cada singularidad es fuente de una serie que se extiende
en una dirección determinada hasta la vecindad de otra singularidad. En este sentido, no
sólo hay varias series divergentes en una estructura, sino que cada serie misma está
constituida por varias subseries convergentes. Si consideramos las singularidades que
corresponden a las dos grandes series de base, vemos que se distinguen en los dos
casos por su distribución. De una a otra, ciertos puntos singulares desaparecen o se
desdoblan, o cambian de naturaleza y de función. A la vez que las dos series resuenan y
se comunican, pasamos de una distribución a otra. Es decir: a la vez que las series son
recorridas por la instancia paradójica, las singularidades se desplazan, se redistribuyen,
se transforman unas en otras, cambian de conjunto. Si las singularidades son verdaderos
acontecimientos, comunican en un solo y mismo acontecimiento que no cesa de
redistribuirlas y sus transformaciones forman una historia. Péguy ha visto profundamente
que la historia y el acontecimiento eran inseparables de tales puntos singulares: «Hay
puntos críticos del acontecimiento como hay puntos críticos de temperatura, puntos de
fusión, de congelación, de ebullición, de condensación; de coagulación; de cristalización.
E incluso hay en el acontecimiento estados de sobrefusión que no se precipitan, que no
cristalizan, que no se determinan si no es por la introducción de un fragmento del
acontecimiento futuro.»2 Péguy supo inventar todo un lenguaje, entre los más patológicos
y estéticos que se puedan soñar, para decir cómo una singularidad se prolonga en una
línea de puntos ordinarios, pero también se recupera en otra singularidad, se redistribuye
1
Anteriormente, el sentido considerado como «neutro» nos parecía que se oponía a lo singular, no menos
que a las otras modalidades. Ya que la singularidad no estaba definida sino en relación con la designación y la
manifestación, lo singular no era definido sino como individual o personal, y no como «puntual». Ahora, por el
contrario, la singularidad forma parte del dominio neutro.
2
Péguy, Clio, Gallimard, pág. 269.
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Novena Serie, De lo Problemático
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en otro conjunto (las dos repeticiones, la mala y la buena, la que encadena y la que
salva).
Los acontecimientos son ideales. Novalis llega a decir que hay dos tipos de
acontecimientos, ideales los unos, reales e imperfectos los otros; por ejemplo el
protestantismo ideal y el luteranismo real.3 Pero la distinción no está entre dos clases de
acontecimientos: está entre el acontecimiento, ideal por naturaleza, y su efectuación
espaciotemporal en un estado de cosas. Entre el acontecimiento y el accidente. Los
acontecimientos son singularidades ideales que se comunican en un solo y mismo
acontecimiento; tienen además una verdad eterna, y su tiempo nunca es el presente que
los efectúa y los hace existir, sino el Aión ilimitado, el Infinitivo en el que subsisten e
insisten. Los acontecimientos son las únicas idealidades; e invertir el platonismo es en
primer lugar destituir las esencias para sustituirlas por los acontecimientos como fuentes
de singularidades. Una doble lucha tiene por objeto impedir cualquier confusión dogmática
del acontecimiento con la esencia, pero también cualquier confusión empirista del
acontecimiento con el accidente.
El modo del acontecimiento es lo problemático. No debe decirse que hay acontecimientos
problemáticos, sino que los acontecimientos conciernen exclusivamente a los problemas y
definen sus condiciones. En las bellas páginas en que opone una concepción teoremática
y una concepción problemática de la geometría, el filósofo neoplatónico Proclo define el
problema por los acontecimientos que afectan a una materia lógica (secciones,
ablaciones, adjunciones, etc.), mientras que el teorema concierne a las propiedades que
se dejan deducir de una esencia.4 El acontecimiento es por sí mismo problemático y
problematizante. En efecto, un problema sólo está determinado por los puntos singulares
que expresan sus condiciones. No decimos que el problema quede por ello resuelto: al
contrario, está determinado como problema. Por ejemplo, en la teoría de las ecuaciones
diferenciales la existencia y la distribución de las singularidades son relativas a un campo
problemático definido por la ecuación como tal. En cuanto a la solución no aparece sino
con las curvas integrales y la forma que toman en la cercanía de las singularidades, en el
campo de vectores. Entonces, resulta que un problema tiene siempre la solución que
merece según las condiciones que lo determinan en tanto que problema; y, en efecto, las
singularidades presiden la génesis de las soluciones de la ecuación. Lo que no obsta,
como decía Lautman, para que la instancia-problema y la instancia-solución difieran por
naturaleza5 como el acontecimiento ideal y su efectuación espacio temporal. De este
modo, debemos romper con una larga costumbre de pensamiento que nos hacía
considerar lo problemático como una categoría subjetiva de nuestro conocimiento, un
momento empírico que señalaría solamente la imperfección de nuestros trámites, la triste
necesidad en la que nos encontramos de no saber de antemano, y que desaparecería con
el saber adquirido. Por más que el problema sea recubierto por las soluciones, sigue
subsistiendo en la Idea que lo remite a sus condiciones, y que organiza la génesis de las
soluciones mismas. Sin esta Idea, las soluciones no tendrían sentido. Lo problemático es,
3
Novalis, L'Éncyclopédie, trad. de Maurice de Gandillac, ed. de Minuit, pág. 396.
Proclus, Commentaires sur le premier livre des Eléments d'Euclide, trad. de Ver Eecke, Desclée de Brouwer,
págs. 68 y sigs.
5
Véase Albert Lautman, Essai sur les notions de structure et d'existence en mathématiques, Hermann, 1938,
t. II, págs. 148-149; y Nouvelles recherches sur la structure dialectique des mathématiques, Hermann, 1939,
págs. 13-15. Y sobre el papel de las singularidades, Essai, II, págs. 138-139; y Le problème 4u temps,
Hermann, 1946, págs. 41-42.
A su manera, Péguy ha visto la relación esencial del acontecimiento o de la singularidad con las
categorías de problema y de solución: véase opus cit., pág. 269: «y un problema del que no se veía la
solución, un problema sin salida...», etc.
4
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Novena Serie, De lo Problemático
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a la vez, una categoría objetiva del conocimiento y un género de ser perfectamente
objetivo. «Problemático» califica precisamente las objetividades ideales. Kant fue sin duda
el primero en hacer de lo problemático, no una incertidumbre pasajera, sino el objeto
propio de la Idea, y por ello también un horizonte indispensable para todo lo que ocurre o
aparece.
Podemos concebir entonces de un nuevo modo las relaciones de las matemáticas y el
hombre: no se trata de cuantificar ni de medir las propiedades humanas, sino de
problematizar los acontecimientos humanos por una parte, y por otra, de desarrollar como
acontecimientos humanos las condiciones de un problema. Las matemáticas recreativas
con las que soñaba Carroll presentan este doble aspecto. El primero aparece
precisamente en un texto titulado «una historia embrollada»: esta historia está formada
por nudos que rodean a las singularidades correspondientes a un problema; unos
personajes encarnan estas singularidades, y se desplazan y se redistribuyen de un
problema a otro, hasta reencontrarse en el décimo nudo, cogido en la red de sus
relaciones de parentesco. El esto del ratón que remitía a objetos consumibles o a sentidos
expresables, es ahora sustituido por unos data, que remiten tan pronto a dones
alimenticios como a datos o condiciones de problemas. La segunda tentativa, más
profunda, aparece en The dynamics of a particle: «Podía verse a dos líneas hacer su
camino monótono a través de una superficie plana. La más vieja de las dos, por su larga
práctica, había adquirido el arte, tan penoso para los lugares jóvenes e impulsivos, de
alargarse rectamente en los límites de sus puntos extremos; pero la más joven, en su
impetuosidad de niña, siempre tendía a diverger y a volverse una hipérbole o una de
estas curvas románticas y limitadas... el destino y la superficie intermedia las habían
mantenido hasta entonces separadas pero no iba a durar mucho tiempo; una línea las
había cortado, de tal modo que los dos ángulos interiores juntos fueran más pequeños
que dos ángulos rectos...»
No hay que ver en este texto –ni tampoco en un texto célebre de Silvia y Bruno: «Érase
una vez una coincidencia que había salido a dar un paseo con un pequeño accidente...»-
una simple alegoría, ni una manera barata de antropomorfizar las matemáticas. Cuando
Carroll habla de un paralelogramo que suspira por sus ángulos exteriores y que gime por
no poder inscribirse en un círculo, o de una curva que sufre «secciones y ablaciones»,
hay que recordar más bien que las personas psicológicas y morales también están
hechas de singularidades pre-personales, y que sus sentimientos, su Pathos, se
constituyen en las vecindades de estas singularidades, puntos sensibles de crisis, de
retroceso, de ebullición, nudos y focos (por ejemplo lo que Carroll llama plain anger o right
anger). Las dos líneas de Carroll evocan las dos series resonantes; y sus aspiraciones
evocan las distribuciones de singularidad que pasan unas en otras y se redistribuyen en la
corriente de una historia embrollada. Como dice Lewis Carroll, «superficie plana es el
carácter de un discurso en el que, dados dos puntos cualquiera, el que habla está
determinado a extenderse en falso en la dirección de los dos puntos».6 En The dynamics
of a particle, Carroll esboza una teoría de las series, y de los grados o potencias de las
partículas ordenadas en estas series («LSD, a function of great value...»).
Sólo se puede hablar de acontecimientos en los problemas cuyas condiciones
determinan. Sólo se puede hablar de acontecimientos como singularidades que se
despliegan en un campo problemático, y en la cercanía de las cuales se organizan las
soluciones. Por esto todo un método de problemas y de soluciones recorre la obra de
6
Por «extenderse en falso= [s'étendre en faux] intentamos traducir los dos sentidos del verbo to lie.
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Novena Serie, De lo Problemático
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Carroll, constituyendo el lenguaje científico de los acontecimientos y de sus
efectuaciones. Pero, si las distribuciones de singularidades que corresponden a cada
serie forman campos de problemas, ¿cómo se caracterizará el elemento paradójico que
recorre las series, las hace resonar, comunicar y ramificar, y que ordena todas las
continuaciones y transformaciones, todas las redistribuciones? Este elemento debe ser
definido como el lugar de una pregunta. El problema está determinado por los puntos
singulares que corresponden a las series, pero la pregunta, por un punto aleatorio que
corresponde a la casilla vacía o al elemento móvil. Las metamorfosis o redistribuciones de
singularidades forman una historia; cada combinación, cada distribución es un
acontecimiento; pero la instancia paradójica es el Acontecimiento en el que comunican y
se distribuyen todos los acontecimientos, el único acontecimiento del que todos los demás
son fragmentos y jirones. Joyce dará todo su sentido a un método de preguntas-
respuestas que dobla el de los problemas, Inquisitoria que funda la Problemática. La
pregunta se desarrolla en problemas y los problemas se envuelven en una pregunta
fundamental. Y así como las soluciones no suprimen los problemas, sino que, por el
contrario, encuentran allí las condiciones subsistentes sin las que no tendría soluciones
no suprimen los problemas, sino que, por el contrario, encuentran allí las condiciones
subsistentes sin las que no tendría ningún sentido, las respuestas no suprimen en ningún
modo la pregunta ni la colman, y ésta persiste a través de todas las respuestas. Hay pues
un aspecto por el cual los problemas quedan sin solución y la pregunta sin respuesta: es
en este sentido que problema y pregunta designan por sí mismos objetividades ideales, y
tienen un ser propio, un mínimo de ser (véase las «adivinanzas sin respuesta» de Alicia).
Hemos visto ya cómo las palabras esotéricas les estaban esencialmente vinculadas. Por
una parte, las palabras-valija son inseparables de un problema que se despliega en las
series ramificadas y que no expresa en absoluto una incertidumbre subjetiva, sino, al
contrario, el equilibrio objetivo de un espíritu situado frente al horizonte de lo que ocurre o
aparece: ¿Es Richard o William? ¿Es fumante-furioso o furioso-fumante?, siempre con
distribución de singularidades. Por otra parte las palabras blancas, o más bien las
palabras que designan a la palabra blanca, son inseparables de un pregunta que se
envuelve y se desplaza a través de las series; a este elemento que falta siempre a su
propio lugar, a su propia semejanza, a su propia identidad, le corresponde ser el objeto de
una pregunta fundamental que se desplaza con él: ¿Qué es el Snark? ¿Y el Phlizz? ¿Y el
Ello? Estribillo de una canción en la que las estrofas formarían otras tantas series a través
de las cuales circula, palabra mágica tal que ningún nombre con el que se la «llama»
colma el blanco, la instancia paradójica tiene precisamente este ser singular, esta
«objetividad» que corresponde a la pregunta como tal, y le corresponde sin responderla
jamás.
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